Iatrogenia y prevención cuaternaria en salud mental, de Alberto Ortiz Lobo y Vicente Ibáñez Rojo

Como en otras ocasiones, comenzamos por parte de las conclusiones para animar a leer el artículo entero:

Desafortunadamente, la capacidad terapéutica del sistema de atención a la salud mental es limitada y antes de diagnosticar y prescribir algún tratamiento es preciso reconsiderar con actitud crítica los beneficios que se pueden proporcionar y los daños que se pueden infligir. Prevenir estos daños es el objetivo de la prevención cuaternaria.

Desde el sistema de atención (considerando y desechando necesidades propias) se debe responder de forma honesta la pregunta: ante el problema humano que se presenta ¿se van a obtener mejores resultados considerándolo una enfermedad (o una subenfermedad o una preenfermedad) que si no fuera tratado como tal? y actuar en consecuencia. Desde esta perspectiva, hay que evitar someterse a tener que ofertar una solución inmediata y para todo y trabajar la tolerancia (de profesionales y usuarios) a la incertidumbre. Esto significa, por ejemplo, considerar la fórmula de “esperar y ver” antes de prescribir y reivindicar la indicación de no-tratamiento que puede impedir los efectos negativos de intervenciones innecesarias o excesivas.

[…] Se debe considerar que la prevención primaria no es inocua y su lugar de aplicación no es la consulta sanitaria individual, sino que tiene un enfoque comunitario y social. Con las etiquetas diagnósticas se corre el peligro de alejarse del paciente y cosificarlo, y siempre será menos dañino para él considerar sus síntomas en el contexto de su historia personal, familiar, social, académica y laboral, dándoles un sentido psicosocial y no exclusivamente biológico. En los tratamientos, habría que contar con el paciente, hacerle partícipe de la elección, y no olvidar que la alianza terapéutica es el factor más importante asociado a un buen pronóstico clínico. Antes de indicar un tratamiento, hay que considerar que la templanza es mejor virtud que el “furor curandis” y tener en cuenta que la indicación de no-tratamiento es una intervención más del repertorio asistencial y de enorme valor, porque es el máximo exponente de la prevención cuaternaria.

Iatrogenia y prevención cuaternaria

Compasión para las Voces. Un relato de coraje y esperanza.

Un  corto animado sobre la escucha de voces centrado en el concepto de “compasión”. Es más que posible que en inglés dicha palabra no tenga las connotaciones que puede acarrear en castellano (sobre todo asociadas a la omnipresente moral cristiana de la cultura en la que nos encontramos inmersos), razón por la cual es tan proclive a chirriar en nuestros oídos. Hay que enmarcar el término en la propuesta de Paul Gilbert, profesor británico de psicología clínica a quien se cita al final del vídeo. Resumiendo mucho, y teniendo en cuenta lo limitado de nuestro conocimiento al respecto, para él la compasión es una forma de organización de la mente más que un sentimiento, y se encontraría situada antagónicamente frente a la crueldad. Según este planteamiento, es posible pasar de ser cruel con uno mismo a ser compasivo, y esto nada tendría que ver con las burdas estrategias para alcanzar autoestima que venden los libros de autoayuda ni con el sentir lástima de sí mismo.

En todo caso —y sin meternos en la compleja mezcla de budismo, evolucionismo y neurociencia del señor Gilbert—, este pequeño relato propone abordar el fenómeno de las alucinaciones auditivas no en clave de misterio o fuerza ajena que determina nuestras existencias (tal y como hace la psiquiatría biologicista cuando apela a los genes), sino como una experiencia humana más… una que, en cierta medida, se le ha ido de las manos a la persona que vive con ella. Podría hablarse de aceptación frente a resignación, de búsqueda de soluciones frente a victimismo. Son solo 5 minutos y se podrían matizar muchas cosas (entre otras el papel beatífico y salvador del terapeuta), pero entendemos que el mensaje que los autores del vídeo quieren dar queda bastante claro.

Se necesita otro pensar. Y se necesita ya.

se-necesita-otro-pensar_primera-vocalPensar es peligroso, pero eso no es lo relevante. Ponerse en situación de peligro abre la puerta al pensamiento. Eso sí que es lo decisivo.

Amar y pensar. El odio de querer vivir. Santiago López Petit.

La psiquiatría y la psicología son disciplinas del fracaso. Lo son en lo que atañe a la comprensión y reducción del sufrimiento psíquico. La afirmación es dura, pero tampoco hay que alarmarse más de la cuenta. Sucede con otras profesiones y sucede en otros ámbitos de la vida. En todo caso, lo cierto es que la gente sufre. De hecho, puede decirse que, atendiendo a pulcros criterios estadísticos, la gente sufre cada vez más. La situación ha llegado a ser tan familiar que la hemos normalizado. La capacidad de adaptación del ser humano, en ocasiones, es tan asombrosa como siniestra. Los diagnósticos y tratamientos farmacológicos se incrementan a un ritmo vertiginoso. La precariedad define la salud mental de niños y adultos en las sociedades occidentales que conocemos. Cada vez hay más locos, pero como digo, esa locura casi ha sido incorporada a la cotidianidad. Todas las mañanas, al arrancar cada jornada, una parte significativa de nuestras ciudades engulle su ración de psicofármacos antes de salir a la calle. Por las noches el gesto se repite, una miríada de píldoras aterriza en las lenguas de los ciudadanos que buscan conciliar el sueño. El malestar convive con nosotros y ha acabado por parecernos algo completamente normal.

Sé que hay un millón de matices que pueden y quizás deben hacerse a las palabras precedentes, pero en términos generales no considero que estén demasiado desencaminadas. Si atendemos a los criterios que sostiene el propio modelo biomédico imperante[1], el panorama es desolador. Es decir, si, siguiendo la consigna de los voceros del biologicismo, nos limitamos a aplicar el paradigma médico al estudio y tratamiento de las llamadas “enfermedades mentales”, se nos presenta una realidad tan cruda como evidente: los resultados de psiquiatras y psicólogos clínicos, evaluados bajo la misma lógica médica desde la que operan, muestran que su rendimiento solo puede ser considerado como nefasto. La enfermedad mental está fuera de control desde una perspectiva epidemiológica, y, a su vez, las numerosas promesas que se nos hicieron (recordemos, por ejemplo, el eterno e inminente descubrimiento de pruebas objetivas de diagnóstico) han caído en saco roto.

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