Desigualdad y ética

Vídeo basado en una serie de artículos publicados desde la universidad norteamericana de Berkeley sobre la relación entre las clases sociales más altas y la disminución proporcional del comportamiento ético.

El dinero pudre. O dicho de otra manera más higiénica: la posesión de capital modifica las estructuras cognitivas a través de las cuales el individuo se relaciona con el mundo. El dinero te vuelve un cabrón. Y el planeta sigue dando vueltas. Y la locura, la culpa y la rabia campan a sus anchas. Tal y como funcionan las cosas y si la premisa que estos tipos plantean es válida, la vida que conocemos no podría ser de otra manera.

Dos apuntes: los subtítulos no son lo mejor del mundo, y si alguien puede y quiere leer en inglés, recomendamos pasar también por aquí.

A propósito de un caso de paranoia («El hombre al que Dios le dijo: me das asco»). Función de las alucinaciones y del delirio; J. Fabio Rivas Guerrero

Sacamos de los archivos de la AEN un viejo artículo sobre un caso de psicosis. Son finales de los ochenta y el lector observará que el registro y el estilo del texto tiene bastante poco que ver con los artículos modernos (un rasgo más que apunta a esa evidencia innegable que es el peso de las modas en el desarrollo de la teoría psiquiátrica). En él hay bastante terminología especializada (sobre todo de lingüística, pero nada que no se pueda superar con una conexión a la red), conceptos lacanianos y un uso del Test de Apercepción Temática de Murray (1938), con su correspondientes láminas.

Sin embargo, el espesor y la pereza que le acompaña se esfuman cuando uno puede apreciar el intento sincero de relacionar la paranoia del paciente con su vida, con su familia. No queremos entrar aquí a valorar el texto como documento clínico. Evidentemente, nos faltan elementos para emitir juicio alguno. Lo que sí apreciamos es el esfuerzo por componer un relato y explicar una psicopatología. Es cierto que no se incluyen referencias específicas para un tratamiento saludable, pero nos tomamos el documento como un texto histórico. En especial nos referimos a las conclusiones, donde se explica que la sintomatología clínica (el paciente recibe órdenes de un dios que le odia) es una apertura que no hay que contener, sino facilitar para que el paciente pueda recobrar su salud y reconducir su vida.

A veces hay que bucear en escritos clínicos de hace ya más de cuarto de siglo para encontrar prácticas psiquiátricas que contemplen la esperanza. Así de jodidos están los tiempos que corren.

A propósito de un caso de paranoia («El hombre al que Dios le dijo: me das asco»). Función de las alucinaciones y del delirio.pdf

Concepto actual de locura y las nuevas formas de tratamiento, de Enrique González Duro

Texto íntegro de la conferencia de clausura del Primer Encuentro Estatal sobre “Perspectivas Críticas en Psicología y Psiquiatría”. Málaga, Octubre 2001. Publicado en la revista El rayo que no cesa nº 4 (2002)

Hubo un tiempo demasiado lejano —o no tan lejano— en que un grupo de jóvenes psiquiatras, los que militábamos en la llamada corriente antipsiquiátrica, reivindicábamos de un modo un tanto provocador el uso de la noción y la palabra locura. Una palabra de amplio uso popular, ambigua y de múltiples acepciones, que se aplicaba sin ningún rigor, pero con la mayor naturalidad. Definir la locura era casi imposible, pero tampoco era necesario, porque no se trataba de un concepto científico-técnico sobre el que únicamente el “sabio” especialista podría pontificar. Era una concepción enteramente popular, que todo el mundo conocía, entendía y podía oponerse, precisamente por su ambigüedad y fácil revocabilidad.

Ciertamente, llamar loco a alguien porque incordiaba a los demás, podía resultarle fastidioso o denigratorio, pero nunca le significaba un calificativo definitorio y mucho menos definitivo, justamente por no estar avalado por un diagnóstico psiquiátrico. En cambio, diagnosticarse de demente, de esquizofrénico, de psicópata o simplemente de histérico le suponía casi automáticamente un estigma social negativo y el correspondiente tratamiento correctivo.

Con el diagnóstico psiquiátrico, el loco era reconvertido en enfermo mental y sometido a tratamiento, incluso en contra de su voluntad. Ya que, la psiquiatría de entonces era omnipotente frente al loco o enfermo mental, cuyo discurso se negaba por incoherente y cuya palabra sólo servía para verificar un diagnóstico. Era muy fácil diagnosticarle, tratarle y curarle, lo que a menudo suponía corregir su conducta, reeducarlo y domesticarlo. Lo curioso es que muchos enfermos curados de este modo debían pasar larguísimos años en el manicomio.

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