Pfizer, la ética perdida y los reguladores invisibles

Post Publicado en el blog Médico Crítico, de Diagonal.

Pfizer_todo por la pasta_primera vocal

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Esta noticia parte de una aparecida unos días antes en la que “Pfizer admite que despidió a 30 directivos por pagos irregulares a médicos españoles“… se han escrito bastantes cosas, pero hay dos que nos parecen imprescindibles:
Este texto de Joan-Ramón Laporte titulado “Despidos en Pfizer” y este otro de Abel Novoa en NoGracias bajo el nombre de “Ni Pfizer ni Farmaindustria tienen credibilidad: la fiscalía debe investigar“. En ambos textos existe un hilo argumental coincidente bien representado en este párrafo del texto de Laporte:

“Los ciudadanos de este país no merecen, no hemos merecido los sucesivos gobernos que se han limitado a leer en los periódicos las estafas, expolios, robos y otras actividades delictivas cometidas por las compañías farmacéuticas. Estos gobiernos no han reclamado compensaciones por daños, no han aplicado sanciones, y hacen ver que no se enteran de que tienen un sistema de salud lleno de ladrones”

Y complementado con este fragmento del texto de NoGracias:
“Para que la auto-regulación de Farmaindustria fuese creíble, la Unidad de Supervisión Deontológica o la Comisión Deontológica de la Industria Farmacéutica órganos responsables del control del cumplimiento del Código, deberían abrir un expediente para conocer el exacto alcance de las irregularidades y garantizar a la sociedad española que la empresa ha tomado todas las medidas necesarias.
Pero eso no va a pasar.
Pero lo que sí parece necesario es que la fiscalía abra una investigación a una empresa que reconoce que sus empleados han cometido un delito de soborno.”

Desde hace tiempo, a pesar de existir el marco jurídico que regula la relación entre profesionales sanitarios e industria farmacéutica (imprescindible este post publicado en postpsiquiatría: “Límites legales en la relación entre el proefsional sanitario privado y público y la industria farmacéutica“) se ha dejado la labor de control y supervisión a la propia industria farmacéutica, que supo jugar su baza diseñando un Código de Buenas Prácticas que esgrimir como innovación en el autocontrol cada vez que alguien les acusaba de algo.

Lo cierto es que este asunto nos sitúa ante un dilema discursivo que parece no tener salida y donde se dirimen los posibles enfoques con los que abordar el problema:

Grupos de Ayuda Mutua domesticados por el estado; de Fernando Martínez–Pereda y firmado colectivamente por la Xarxa GAM / Red de Grupos de Apoyo Mutuo formada por personas psiquiatrizadas

gruspo-de-apoyo-mutuo-y-domesticacion_primera-vocalDesde Primera Vocal apostamos clara e inequívocamente por las estrategias colectivas de afrontamiento del sufrimiento psíquico. De todas ellas, los Grupos de Apoyo Mutuo son la herramienta más efectiva, horizontal y radical que conocemos. Representan la antítesis del canibalismo social en el que nos encontramos inmersos: generan comunidad, humanizan la locura (actualmente mercantilizada a la vez que condenada socialmente) y rompen con el ritmo mohoso de las instituciones por las que hemos transitado desde que fuimos diagnosticados. En otras palabras: generan una cultura de resistencia, segregan salud.

Hablar y escuchar entre iguales no es una camino sencillo. De hecho nos han educado para todo lo contrario. Sin embargo, dentro del estado español cada vez son más las iniciativas que apuntan en un sentido de horizontalidad y respeto, de espacios colectivos libremente habitados. Y como era de esperar, han comenzado a darse algunos movimientos de fagocitación. Nadie debería escandalizarse, vivimos en mitad de un mercado, todo es susceptible de ser comprado y vendido. La industria farmacéutica necesita limpiarse la cara, las instituciones públicas siembre buscan nuevos maquillajes y los bancos… los bancos anhelan desesperadamente que la ciudadanía no despierte una buena mañana y decida quemarlos todos. Los GAM´s han vivido a la sombra durante años, pero ahora, a la par que se reconoce su funcionalidad, parecen ponerse de moda. Y por tanto se desatan controversias…

¿Hasta qué punto aprovechar determinadas infraestructuras para potenciarlos?, ¿cómo salvaguardar su potencialidad transformadora? Este debate no es nuevo, pero es inevitable. Es tan viejo como el pecado: ¿es posible desmontar la casa del amo con las herramientas del amo? Nosotros no somos nadie para emitir un dictamen cerrado al respecto. Creemos, eso sí, que hay determinadas líneas rojas que no vamos a traspasar bajo ningún concepto. La colaboración con la industria farmacéutica es la más importante de todas ellas. Nos da asco y miedo a partes iguales. Las empresas que fabrican psicofármacos han demostrado una y otra vez que el sufrimiento psíquico es un negocio, que las personas no importan al lado de los beneficios. Por eso trabajamos para que se disuelvan y entreguen las armas de una vez para siempre.

En cualquier caso, la discusión está ahí, es inevitable y queremos que nuestros queridos lectores puedan acceder a textos que les permitan tomar partido al respecto. Para ello arrancamos con un texto que nos ha llegado desde Barcelona. Ahí va:

Un doble peligro político que, desde el principio, en la Xarxa de Grupos de Apoyo Mutuo de personas psiquiatrizadxs y huídas de la psiquiatría, hemos advertido ha sido: ¿cómo evitar que nuestra lucha, nuestra organización, fuese absorbida o cooptada institucionalmente y, al mismo tiempo, evitar también caer en el aislamiento sectario? La primera vez que lo debatimos fue a raíz de nuestra participación en las Jornadas en Sevilla celebradas el 21 y 22 de Noviembre de 2014 que había organizado la Junta de Andalucía [nota de Primera Vocal: el encuentro no fue organizado como tal por la Junta, para más información, ver aquí] en una experiencia de grupos de apoyo con dirección y apoyo institucional, entonces vimos imprescindible acudir para compartir nuestra experiencia y escuchar lo que se hacía allí en colaboración con las instituciones de salud de la Junta. Consideramos que no podíamos encerrarnos en nuestras posiciones, que debíamos adoptar una postura flexible, permeable, de escucha, pero, al mismo tiempo, firme pues veíamos un interés por parte del Estado (las mal llamadas autonomías son Estado también) en asimilar, desactivándolo en su provecho, la contestación que suponían los GAM (Grupos de Apoyo Mutuo).

La jugada, por parte del estado y sus autonomías, es perfecta, pues por un lado asimila la contestación y su expresión simbólica y organizativa y, por otro, al mismo tiempo, dicha asimilación le permite justificar su pretensión de recortes en la salud pública, afianzando su política entregada a las farmacéuticas.

Los cursos de dinamización de GAM y otros promovidos por la Generalitat de Catalunya vienen a establecer un saber experto, al margen de la política, profesionalizado, que se pretende neutral cuando incorpora toda una concepción y complejos dispositivos de dominación naturalizados bajo la cobertura, además, de la radicalidad libertaria.

Los espacios de solidaridad fallan por la falta de empatía radical. Entrevista con Clara Valverde.

empatia radical_primera vocalPor Homera Rosetti, La Directa, 30/11/2015

“Estamos en guerra: los que tienen en poder neoliberal nos han declarado la guerra. Y la gente hace como si nada. Estamos en una situación de injusticia extrema. No es el momento de estar tranquilos”.

Entrevistamos a Clara Valverde, afectada por una enfermedad crónica, escritora y ciberactivista, que acaba de publicar un libro (De la necropolítica neoliberal a la empatía radical: Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización; Icaria Editorial, 2015) en el que denuncia cómo las políticas neoliberales buscan el exterminio de las persones excluidas y hace una llamada a la autoorganización del sufrimiento.

El neoliberalismo no necesita armas para matar. Las paradas, las precarias, las enfermas, las emigrantes, las sin techo, las no rentables, todas ellas están sufriendo en su propio cuerpo una forma de política orientada a su exterminio.

En su último libro, Clara Valverde se refiere a esta guerra que genera exclusión con el nombre de “necropolítica” (del griego necro, “muerte”). Y para hacer frente a esta situación, apuesta por la autoorganización del sufrimiento social. ¿Cómo hacerlo? Los espacios de coordinación de luchas y de apoyo mutuo a menudo hacen aguas al trabajar en los márgenes del sistema. “Fallan”, según la autora, “porque la gente no piensa que el sufrimiento que viven otros, esa situación difícil, les pasará a ellos”. “Les falta empatía radical”, afirma.

El último libro de Clara Valverde, De la necropolítica neoliberal a la empatía radical: Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización (Icaria Editorial, 2015) se acaba de presentar. En sus páginas se explica que la línea divisoria entre las personas “incluidas” y las “excluidas” es cada vez más fina. La autora lo sabe muy bien. Fue profesora de enfermería durante décadas y activista desde muy joven. Ahora está demasiado enferma para continuar dando clases. Desde su cama, en los pequeños ratos en el que el cuerpo se lo permite, escribe y es ciberactivista. Es la presidenta de la Liga SFC/SSC (Síndrome de Fatiga Crónica/Síndromes de Sensibilización Central). “Somos radicales porque vivimos una realidad radical”, dice. Por eso apuesta por la radicalización de la empatía como forma de supervivencia y de lucha.         

HR: Desde la exclusión, ¿se ve el mundo más claro? Explícanos alguna cosa que solo se ve desde aquí.

CV: Se ve la gran negación en la que vive la mayoría de la gente. Es impresionante. Estamos en guerra: los que tienen el poder neoliberal nos han declarado la guerra. Y la gente hace como si nada. Hay gente que no tienen techo, comida, ayuda. Aquí mismo, delante nuestro. Pero casi nadie lo ve. Casi nadie se inquieta. Veo que la gente está demasiado tranquila. No son tiempos para la tranquilidad. Estamos en una situación de injusticia extrema. No es el momento de estar tranquilos.

HR: En el libro hablas de formas de violencia discreta. ¿Nos das algunos ejemplos?

CV: El paternalismo, el pensamiento “positivo”, la manipulación y perversión de la participación ciudadana son algunos ejemplos. La tolerancia es otro tipo de violencia discreta. Si yo “tolero” a alguien, es que tengo poder sobre esa persona. La aguanto. La desprecio. Se dice que hay que tolerar las diferencias. No, lo que hay que hacer es analizarlas, hablarlas, ver a quién sirven, mirar bien a qué se deben.

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