Actitudes éticas en la práctica psiquiátrica, de VVAA

Os dejamos con un artículo publicado hace algún tiempo por la Asociación Española de Neuropsiquiatría, concretamente en el número 23 de su Colección Estudios: Ética y praxis psiquiátrica, F. Santander (Ed.). 2000 (podéis echar un vistazo al índice aquí).

Contiene numerosos datos (como por ejemplo que 54,3 % de psiquiatras recomienden el electroshock en casos de “depresión mayor” donde aparezcan ideas suicidas) y reflexiones de interés (la presencia de la religión como elemento de coacción en determinados centros, la derivación de pacientes a la atención privada, la minusvaloración del riesgo asociado a la medicación psiquiátrica, etc.) que ayudan a ver con claridad el escenario en el que nos encontramos cuando hablamos de ética y atención psiquiátrica. Como os podéis imaginar, algunas cuestiones, 16 años después, tras una crisis estructural de la economía y sus correspondientes recortes, son todavía más graves. Los factores asociados a clase y raza han mutado con la precarización generalizada (pensemos en los desahucios y el crecimiento del paro) y los nuevos aspectos de los flujos migratorios, pero eso no desvirtúa para nada el trabajo realizado. Desgraciadamente, la ética sigue aportando una mirada imprescindible a la hora de hablar de salud mental, puesto que los dispositivos de atención son espacios donde los derechos humanos son vulnerados con una frecuencia pasmosa.

Ánimo con la lectura y no os indigestéis con tanto dato (al final del artículo se encuentra el cuestionario facilitado a los profesionales para confeccionar la investigación):

Actitudes éticas en la práctica psiquiátrica aen_pdf

Acceso a la vivienda y salud

Video producido por el equipo de investigación del proyecto europeo SOPHIE, donde se presentan los resultados de dos estudios recientes sobre el efecto de la inseguridad y la inestabilidad residencial en la salud en España.

El espectáculo debe continuar

el espectaculo_primera vocalOs dejamos un espléndido post encontrado en la red; su autora es Vybra, a quien no conocemos, pero le damos las gracias por compartir sus palabras.

Otro día más, el tic tac de un reloj que nadie escucha empieza la danza inquietante de sus agujas persiguiéndose y no olvida marcar ni un solo segundo para completar el minuto de las horas de los días de mi condena.

 

Cada mañana, los rayos de luz que entran por la ventana reflejan en la pared la sombra de las rejas que me mantienen encarcelada y, nada más abrir los ojos, se me borra la sonrisa al verlas.

Es de día. Levántate, dúchate, vístete, desayuna y siéntate… A esperar. Eso hago, esperar y moverme con la inercia robótica que otorga a mi cuerpo verme obligada a cumplir normas. Te acostumbras, ya no te rebelas, y el día a día me convierte en el fantasma errante de mi propia existencia. Obedece. Ahora terapia, más tarde sala común a hacer manualidades. A las 12:00 un poco de gimnasia y a las 13:00 la comida, pero no tardes o lo más suave que te puede ocurrir es que te la comas fría. Recoge tus cosas, hoy no toca lectura, aléjate de la ventana, siéntate erguida y no te rías que, hoy, no hay reparto de sonrisas. No te saltes la siesta y finge que estás dormida, las galletas rancias de la merienda y el sucedáneo de cacao son una maravilla y no pienses demasiado que a las 20:00 la cena pondrá fin a tu día en compañía. Recoge, de nuevo, aséate y tómate la pastilla que evita que molestes, ya que de noche los locos tienen la fea costumbre de creer posibles sus fantasías. No sueñes, duerme. Que los sueños solo están permitidos fuera de estas paredes.

Y así, día tras día. Un hoy tan igual al ayer como idéntico al mañana.

Recuerdo las razones por las que he acabado aquí, cómo olvidarlas si aún no han inventado el fármaco que haga que los seres humanos no suframos las consecuencias de nuestros actos. Un diagnóstico, un veredicto y el mundo se detuvo para mí, dejándome flotando en el abismo. Una palabra que te marca como letra escarlata en tu solapa y la vida, literalmente, se para. Incapacitada.

Y así empieza mi condena con un “Es por tu bien”, “Has perdido la razón”, “Necesitas ayuda” o cualquiera de los formatos de palabras o putas frases hechas que la persona con la que hablas elija. Te encierran. Y te rebelas. Gritas, pataleas, te niegas a someterte y, al final, claudicas por mera supervivencia.
Aprendes a ser invisible, te vuelves más inteligente y obedeces. Olvidas que odias ducharte antes de las 9, que nunca te gustaron las galletas María, que odias que te obliguen a recogerte el pelo y te reconcilias con las heridas que te han conducido al exilio de la locura. Aprendes a bajar la voz y a esconderte sutilmente en la habitación, a decir lo que esperan que digas y te tragas sin protestar cualquier medicina que te prescriban. Saltas cuando toca, lloras cuando te lo autorizan y así transcurren los días, entre terapias para devolverme la cordura y mi mente usando la locura para no perderme definitivamente.

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