Primeros Episodios Psicóticos. Las trampas del lenguaje o de cómo confundir hipótesis con hechos; de Miguel Hernández González

Ponencia perteneciente al Simposio XXV Congreso Nacional de la AEN: Psicosis Agudas vs. Primeros Episodios Psicóticos o del riesgo de cronificar desde el diagnóstico. Las otras dos se pueden encontrar también en la web de Postpsiquiatría, pero esta nos ha parecido la más interesante. Una lectura más que recomendable: corta e intensa.

Quería antes que nada agradecer a la organización la realización de esta mesa redonda sobre el tema  y también haber tenido la cortesía de invitarme a participar, para mí es un orgullo, un honor pero sobre todo un inmenso placer compartir mesa con tan selecta compañía y espero contar con la indulgencia de la amable audiencia si, como es probable, no estoy a la altura de dicha compañía.

El tema del que voy a hablar tiene que ver con las trampas del lenguaje, tema por el que siento gran interés, en concreto me han pedido que hable de la trampa que encierra el sutil deslizamiento del ordinal “primero” asociado al concepto de psicosis.

Desde que, póstumamente, Austin explicara en su Cómo hacer cosas con palabras la teoría de los actos de habla introduciendo por primera vez la dicotomía entre el uso del lenguaje constatativo , es decir el que describe las  cosas (la silla es de color verde por ejemplo) y el uso del lenguaje performativo es decir el que es capaz de crear cosas (les declaro marido y mujer o su hijo tiene esquizofrenia, por ejemplo), la performance se ha puesto en evidencia como un acto discursivo que genera  una nueva realidad. Muchos pensadores han aplicado el concepto a lo largo y ancho de la experiencia humana o más bien del discurso que sobre la experiencia humana se hace. Incluso del discurso que crea la experiencia humana que la dicta y la organiza. Performativamente construimos el sexo, el género, el poder, la jerarquía, etc. A través de pequeños actos aparentemente inocuos se construyen revoluciones, e involuciones.

Como habrán imaginado creemos que es performativa la creación del concepto de primer episodio de psicosis, término este último más bien amplio que encierra muchas posibilidades de la experiencia humana. Se desliza asociándolo inmediatamente al concepto de esquizofrenia cuando en general el diagnóstico de esquizofrenia es un diagnóstico longitudinal que requiere, aparte de la aparición de síntomas positivos y negativos y ocasionalmente afectivos de forma continua o episódica, la existencia de mayor o menor menoscabo cognitivo que requerirá una rehabilitación psicosocial, lo que las diferencia de las psicosis agudas que remiten sin tal menoscabo independientemente de que sean únicas o recidivantes y también de los trastornos de ideas delirantes crónicas o paranoia que tampoco se deterioran. No me resisto a comentar que el término esquizofrenia tampoco es que sea muy restringido que digamos. En efecto, bajo este epígrafe se incluyen un amplio repertorio de posibilidades que van desde personas que viven en condiciones infrahumanas, casi como animales, hasta algunos grandes artistas e incluso premios Nobel.

El primer mecanismo  para que se cree un nuevo concepto es, aunque parezca obvio, simplemente afirmar su existencia. La aparición del concepto de primer episodio en un artículo o en una ponencia de un congreso genera rápidamente una adhesión al mismo por parte de algunos profesionales. El reclutamiento de algunos expertos de gran prestigio y la repentina aparición de expertos en  primeros episodios se comporta como catalizador.

Esto es lo que se siente cuando desarrollas esquizofrenia aguda, de Daniel Smith

esto es lo que se siente_primera vocal.pngReproducimos un texto publicado en la revista/web Vice, una publicación de masas que lo mismo puede ofrecer materiales escritos y audiovisuales de interés que toneladas de mierda llenas de frivolidad y cálculo mercantil. El capitalismo espectacular es así, pero eso es otra historia…

La cuestión es que no es habitual encontrar narraciones en primera persona de un primer brote psicótico, así aprovechamos para traer el texto a primeravocal.org y de paso plantear un par de cuestiones. La primera sería la del diagnóstico: la persona que escribe habla de “esquizofrenia aguda”, cuando al menos por estas tierras el término “esquizofrenia” se reserva para cuadros donde hay una situación prologada en el tiempo que se caracteriza por un “menoscabo cognitivo” (cómo se valora este menoscabo es también otra historia) y su narración está centrada en una experiencia psicótica bastante concreta… no queremos entretenernos mucho en ello, pero simplemente nos parece curioso la laxitud diagnóstica entre países separados por tan poco espacio geográfico y aprovechamos para plantearnos (una vez más) el rigor objetivo de la excelsa disciplina psiquiátrica. La segunda es la de recalcar la validez de este tipo de textos, aunque se pueda discrepar con algunas cuestiones (por ejemplo la poca relevancia que se le da al consumo de hachís en relación con el episodio). Algunas de las descripciones son muy precisas y tienen un valor notable a la hora de comunicar una experiencia que es por definición profundamente subjetiva. Por otro lado, hay algo en lo que sí necesitamos detenernos, y es en los consejos que el autor proporciona hacia el final del texto… Nos parece peligroso plantear la necesidad y el beneficio de compartir colectivamente tu “psicopatología”. No dudamos de que a él le fuera bien, pero al menos en el estado español conocemos otras muchas historias que no han acabado igual. Quizás sea por una cuestión cultural, o tengan un peso específico las décadas de dictadura e ignorancia institucionalizada, pero la cuestión es que la salud mental es un tabú en nuestra sociedad y una poderosa fuente de estigmatización (tanto en el plano estrictamente familiar, como en el laboral y en muchos otros). La gente, en lo referente a la salud mental, es básicamente estúpida. Cualquier persona afectada o sus amigos, pareja o seres queridos son conscientes de ello. La percepción social de la psicosis o la esquizofrenia es la tipos peligrosos que acuchillamos a diestro y siniestro cuando nuestras voces nos lo mandan. Y dicha percepción no se vincula a la educación o a una determinada situación social, sino que está generalizada.

Un ejemplo que guarda relación con la entrada anterior puede arrojar algo de luz al respecto. Hace pocos días, el copiloto Andreas Lubitz estrelló un avión lleno de pasajeros contra los Andes. Cuando los medios anunciaron que al parecer se trataba de un acto voluntario, en el espacio de trabajo de quien esto escribe (y en el de media Europa) comenzó a hablarse sin parar del tema. Mi compañera de trabajo, persona extremadamente culta y de izquierdas, dijo: “Eso ha sido un brote psicótico”. Le dije que sinceramente no lo creía, y ella respondió: “Entonces se trataba un esquizofrénico sin medicar”. Evidentemente, la conversación se acabó ahí. Esta es una parte significativa de la realidad española cuando se habla de salud mental, así que no siempre es buena idea eso de compartirlo en el puesto de trabajo. De hecho y ciñéndonos a nuestras vidas, nunca lo ha sido.

Pd: Esta campaña inglesa contra el estigma, que ya tiene unos años, sería algo bastante complicado de ver en la televisión ibérica, donde presentadores y tertulianos no pierden la oportunidad de verter amarillismo e infamia cuando se produce cualquier suceso vinculado con la locura.

El invierno del año pasado empecé a no reconocerme a mí mismo.

El primer cambio se produjo en el sueño. En el transcurso de aproximadamente quince días, empecé a notar que cada vez me costaba más conciliar el sueño. A mis 24 años, y teniendo en cuenta que siempre tenía a mano algo de hachís, nunca antes había tenido problemas en ese sentido. Era muy extraño. Un día, de repente, me metí en la cama y no era capaz de desconectar el cerebro. De mis pensamientos surgían zarcillos que se enredaban con los de otros pensamientos formando un enorme e intricado muro, como si se tratara de una hiedra. Algunas noches me tapaba la cabeza con el edredón, me agarraba fuertemente la cara con las manos y me susurraba a mí mismo, “Cállate. De. Una. Puta. Vez”.

Al final conseguía conciliar el sueño, pero despertaba con una sensación extraña, como si hubiera olvidado hacer o decirle a alguien algo. También había perdido algo del apetito voraz que solía tener entonces. Por lo general, poco después de abrir los ojos solía bajar de estampía a servirme un tazón de cereales del tamaño de una cúpula geodésica. En cambio, ahora todas las mañanas me levantaba con una regusto enfermizo arrastrándose por mi garganta. No le di mayor importancia y decidí que quizá era momento de dejar de fumar chocolate por una temporada. Seguramente era eso. Nada de qué preocuparse.

Continué yendo al trabajo con normalidad (trabajo en un negocio de vinos), tratando de descartar de mi mente los cambios que estaba experimentando por la noche. Pasaba el día sin problema, quizá con los ojos algo decaídos. A decir verdad, cuando pienso en ello ahora, reconozco que había empezado a tener problemas para entablar conversaciones sencillas.

En la solitaria cabina de nuestras vidas: a propósito de Andreas Lubitz; de Franco Berardi (Bifo)

Parece ser que el joven piloto Andreas Lubitz, quien se arrojó junto con un avión lleno de pasajeros contra una montaña rocosa, escondió a su compañía, Lufthansa, el certificado médico que diagnosticaba su patología depresiva. Fue algo incorrecto, sin duda, pero totalmente comprensible: al turbocapitalismo no le gustan los trabajadores que se dan de baja temporal por razones de salud, y mucho menos por depresión.

¿Deprimido yo? ¡Ni lo menciones! Me siento bien: soy perfectamente eficiente, feliz, dinámico, enérgico y, sobre todo, competitivo. Voy a correr todas las mañanas, y siempre estoy disponible para trabajar horas extras. Es la filosofía de las aerolineas low-cost, ¿sabes? Y es también la filosofía del mercado perfectamente desregulado, en el que a todos se nos pide incesantemente dar lo mejor de nosotros mismos para sobrevivir.

Después del asesinato masivo y suicida, se exhortó a las compañías aéreas a realizar chequeos psicológicos más rigurosos a sus trabajadores. Los pilotos no deberían ser maníacos, ni depresivos, ni melancólicos, ni sufrir ataques de pánico. ¿Y qué decir de los conductores de autobuses o los policías, los mineros o los maestros de escuela? Muy pronto, todos estaremos sujetos a monitoreos psicológicos con el fin de detectar y expulsar del mercado laboral a quienes sufran depresión.

Muy buena idea, de verdad, pero sucede que la mayoría absoluta de la población actual debería darse de baja. Es sencillo señalar a quienes oficialmente son etiquetados como psicópatas; sin embargo, ¿qué hay de todas esas personas que sufren de infelicidad e intentan mantener la calma, pero que podrían perder el control en situaciones peligrosas? Es difícil distinguir entre la infelicidad y una depresión inminentemente agresiva, sobre todo cuando la masa de gente desesperada crece y crece. La incidencia de las psicopatologías ha ido en aumento en las últimas décadas y, según la Organización Mundial de la Salud, la tasa de suicidios se ha incrementado en una 60% en los últimos 40 años, de forma particularmente peligrosa entre los jóvenes. ¿En los últimos 40 años? ¿Y por qué precisamente en ese lapso? ¿Qué es lo que en las últimas 4 décadas ha ido empujando a la gente a arrojarse a los brazos de la dama de negro? Confieso que veo una relación entre esta increíble oleada de propensión al suicidio y el triunfo de la coerción neoliberal por competir. Confieso que veo una relación entre la generalización de la fragilidad psíquica y la soledad de una generación que solamente se encuentra a través de la pantalla. Por cada persona que logra suicidarse, hay otras 20 que intentan matarse sin poder consumar el hecho. Es por esto que deberíamos reconocer que hay una especie de epidemia del suicidio extendiéndose por el planeta tierra.

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