Politizar la tristeza; del Colectivo Situaciones

Publicado originalmente en Chto delat? Nº 16 “Potentialities beyond Political Sadness”, Marzo 2007.

A más de cinco años de los sucesos insurreccionales de aquel diciembre argentino del 2001, constatamos hasta qué punto fueron variando las interpretaciones y estados anímicos en torno a aquel acontecimiento. La tristeza fue el sentimiento que acompañó, para muchos de nosotros, una fase de este sinuoso devenir. Este texto rescata un momento de la elaboración de “esa tristeza” con la intención de ir más allá de las nociones de “victoria y derrota” propias del ciclo anterior de politización, centrado en la toma del poder del estado, y a la vez compartir un procedimiento que nos permitió “volver público” lo que era un sentimiento íntimo de personas y grupos.

La tristeza llegó luego del acontecimiento: a la fiesta política –de lenguajes, de imágenes, de movimientos– le siguió una dinámica reactiva, dispersiva. Y, junto con ella, lo que entonces se vivió como una disminución de las capacidades de apertura e innovación que aquel acontecimiento había puesto en juego. A la experiencia de invención social (que implica siempre también la invención del tiempo) le sucedió un momento de normalización, y se declaró el “final de fiesta”. Según Spinoza, la tristeza consiste en un estar separados respecto de nuestras potencias. Entre nosotros la tristeza política tomó muchas veces la forma de impotencia y melancolía ante la creciente distancia entre aquel experimento social y la imaginación política capaz de desarrollarlo.

Soledad; texto adaptado de la entrevista con Zygmund Bauman en el documental «La teoría sueca del amor. El triunfo del estado de bienestar»

 

Es falso que la felicidad signifique una vida sin problemas. La vida feliz implica superar las dificultades, los desafíos, controlar los retos del destino. Es exactamente esta alegría de luchar contra los problemas, de enfrentarse a ellos y superarlos lo que se pierde cuando el confort crece.

Tienes de todo. Tienes suficientes provisiones para mantenerte lejos del hambre, la miseria y la pobreza. Pero hay una cosa que no tienes, una cosa que el Estado o las políticas dirigidas desde arriba no pueden proporcionar: el estar con otras personas, ser uno en compañía. Eso lo tienes que conseguir por tu cuenta.

Las personas, cada vez más independientes1 y privadas de las habilidades de socialización, están perdiendo su capacidad para negociar la convivencia con sus iguales. El proceso de negociar y renegociar, volver a discutir, volver a aceptar, recrear… es muy agotador, requiere mucho esfuerzo, mucha atención. Y el aislamiento te quita la capacidad de hacer precisamente eso.

Ahora estamos dividiendo nuestras vidas entre dos mundos diferentes: online y offline. Conectando y desconectando. La vida online está en gran medida libre de riesgos. Los riesgos de la vida. Es tan fácil hacer amigos de Internet, de la red. Nunca estás realmente sintiendo tu soledad. Si no te gustan las actitudes representadas por otros usuarios simplemente dejas de comunicarte con ellos. Cuando no estás conectado lo que inevitablemente ves es la realidad de la diversidad de la raza humana. Las personas son diversas: transeúntes, extraños… Tendrás que enfrentarte a la necesidad de dialogar, de entablar una conversación. Tienes que enfrentar el hecho de que las personas son diferentes y hay muchas maneras de ser humano. Cuando se inicia un diálogo nunca se sabe cómo va a terminar. Tal vez, en lugar de demostrar que eres sabio y todos los demás son estúpidos se demostrará que otros son sabios y tú eres el estúpido.

La independencia te quita la capacidad de hacer precisamente eso. Cuando más independiente seas, menos serás capaz de detener tu independencia y reemplazarla por una agradable interdependencia. Así que al final de la independencia no está la felicidad, sino un vacío, una pérdida de sentido vital y un aburrimiento inimaginable.

1. El término «independencia» en este contexto hace referencia a la vida desarrollada con una necesidad mínima de dependencia e interrelación con otras personas.

Texto adaptado (y aparecido originalmente en la revista Ekintza Zuzena) de la entrevista con Zygmund Bauman en el documental La teoría sueca del amor. El triunfo del estado de bienestar, de Erik Gandini, 2015. En él, el director explora el estilo de vida sueco con sentido del humor, reflexionando sobre como una vida segura y fácil puede convertirse en una existencia vacía y solitaria.

 

 

Politizar el malestar; de Juan Dorado

Esta columna apareció el

Dudo mucho que el éxito de la película Joker fuese el mismo si se titulara Arthur Fleck, el nombre del triste protagonista al que su madre en la ficción llama Happy. Aunque me parece inteligente como estrategia comercial, que conste. Ese título que hace alusión al gran villano de la saga de Batman ha conseguido seguramente atraer a las salas a multitud de seguidores del cine de superhéroes en todo el mundo. Pero lo que se han encontrado tiene muy poco que ver con una batalla épica del Bien contra el Mal y sí mucho que ver con el abandono al que esta sociedad de “libre” mercado somete a los enfermos mentales. En la película vemos a Arthur de un sitio a otro, movilizado por la urgencia de lograr algunos ingresos con los que sobrevivir en medio de una ciudad sórdida y fría donde tanto tienes, tanto vales. Asistimos al colapso afectivo de un desgraciado que ve cómo en la televisión aparece un popular millonario que hace campaña electoral despreciando a los “perdedores”, los losers de una constante guerra de clases en la que los únicos que parecen tener conciencia de que están librando una guerra forman parte de la élite del dinero. Por eso ganan, justamente por eso no han dejado nunca de ganar. En un determinado momento, una trabajadora social negra —un detalle que nos señala la racialización del empleo público en los Estados Unidos— informa a Arthur de que, debido a los recortes en los servicios sociales, van a cerrar esa oficina y ya no podrá entregarle gratuitamente sus medicamentos. Y apostilla que a los que gobiernan les importan una mierda tanto él, un enfermo pobre, como ella, una trabajadora que atiende a los excluidos del banquete de los triunfadores. Con esta escena paro de desmenuzar la trama de una película que, en mi opinión, merece ser vista, pero, sobre todo, sentida.

Nosotros, usted y yo, quizá no estemos tan enfermos como Arthur Fleck, pero sí es muy probable, en cambio, que estemos igual de “movilizados” que él, yendo de acá para allá en busca del sustento. En mi caso concreto, tuve que alejarme de familia y amigos y atravesar un océano. Y eso duele. Nunca deja de doler a pesar de todo lo bueno que he encontrado en mi tierra de acogida. Duele porque yo no escogí irme. Duele porque acaba de suceder algo tan maravilloso como el nacimiento de un nuevo sobrino, pero sé que, si todo va como se espera, no lo podré tener en mis brazos hasta que el niño esté a punto de cumplir un año. Hace daño no poder olerlo porque los bebés desprenden un intenso olor a vida.

El teórico italiano Franco “Bifo” Berardi nos advierte de que el capitalismo tardío convertido en “capitalismo absoluto” —y terminal, añado—, este sistema que se empeña en proclamar que no hay alternativa, ha volcado la lógica militar de la movilización total en el campo de las necesidades materiales: “el trabajo, la producción y el intercambio se han transformado en un campo de batalla cuya única regla es la competencia. Toda nuestra vida precaria está sometida a este imperativo: la competencia. Todas nuestras energías colectivas se alinean hacia la consecución de un único objetivo: luchar contra los demás para sobrevivir”. A nuestra manera de entender y vivir esta fase apocalíptica del capital, cuando nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de este particular modo de producción económica, el crítico cultural inglés Mark Fisher la llamaba “realismo capitalista”. Hemos naturalizado hasta tal punto esta comprensión de que la vida es una guerra que despreciamos cualquier verdadero cambio social, económico y político como irreal o utópico, como una fantasía improductiva y desechable.

Uso de cookies

primeravocal.org utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies