Movimiento de escuchadores de voces; de Darío Cavacini

Al adueñarse de esta experiencia y establecer una relación con las voces en lugar de rechazarlas, es posible ser un vencedor en lugar de una víctima y dar forma a la propia vida nuevamente
Ron Coleman

La sistematización nosográfica que realizó Emil Kraepelin en su Tratado de Psiquiatría de 1883, intentó ser una descripción minuciosa de los síntomas característicos de las enfermedades mentales. El trabajo fue planteado lo más libre posible de hipótesis subjetivas para que pudiera ser apreciado con facilidad por cualquier profesional de la salud. Esta visión se ha transformado en el modo hegemónico de conceptualizar estos fenómenos y los tratamientos necesarios que la psiquiatría biológica tradicional ha diagramado para su curación.

Desde esa perspectiva, los fenómenos de la escucha de voces son considerados como alucinaciones auditivas, síntomas característicos de las psicosis, de origen orgánico, que deben ser erradicados, principalmente, a base de psicofármacos. Se cree que lo que dicen las voces no tienen ningún sentido ni vínculo con la historia personal de quien lo está transitando, más allá de ser una muestra de una enfermedad que, en muchos casos, comienza a manifestarse de esa manera.

Aunque los psicofármacos puedan proporcionar algún grado de alivio en los momentos de mayores crisis, no llevar a cabo otras tareas terapéuticas al respecto constituye una situación iatrogénica para la persona. Cuando se suspende la medicación, reaparecen la ansiedad, la confusión y las voces, creándose un círculo que conduce a la cronificación en el uso de la medicación a largo plazo. Ésta produce efectos secundarios graves, así como dependencia, incrementando el riesgo de recaída asociada a la suspensión medicamentosa y no únicamente como consecuencia de los desencadenantes habituales de una crisis.

Salud mental y pandemia. Una mirada estructural; de Blanca Rodya

Este texto fue publicado originalmente en el número 47 de la revista libertaria Ekintza Zuzena (junio de 2021).

Tras las sucesivas olas de Coronavirus y sus respectivos paquetes de medidas preparados para imponerse a la población, los medios empiezan a hacerse eco de las voces que advierten de los efectos de la pandemia en la salud mental de la población.

Según la OMS, a medida que se prolonguen las medidas, se espera que aumenten los niveles de soledad, depresión, consumo nocivo de alcohol y drogas, autolesión y comportamiento suicida (2021) y el CIS anuncia que, desde marzo de 2020, un 7,3% de personas en el Estado Español ha tenido que recurrir a ayuda profesional debido a su estado de ánimo o situación emocional; de estos, más de un 50% ha acudido a tratamiento psicológico.

La prensa comienza a dar la voz de alerta sobre los efectos psicológicos de la pandemia, y desde los medios de comunicación mayoritarios y también desde la institución sanitaria, política y corporativa se señalan culpables, como la cronicidad de algunos síntomas tras la infección, los efectos neuropsiquiátricos del virus mismo, las consecuencias psicológicas de las restricciones sociales y la sensación de irremediabilidad y «proceso sin fin» que las personas empiezan a acusar. Pero el lenguaje de los discursos, reivindicaciones y titulares revela una cultura subyacente que no es nueva: se demandan «más psiquiatras, más psicólogos, más tratamientos» y se investigan los supuestos desequilibrios químicos que la situación está generando a nivel de sistema nervioso, retratando la hegemonía de un modelo biomédico que ha trascendido de los técnicos al lenguaje periodístico, y ahora también, a las conversaciones en la calle. Desde esta mirada, las manifestaciones de tristeza y angustia experimentadas a raíz de la crisis son problemas individuales que afectan a personas concretas y que requieren un abordaje sanitario aislado. Las cifras de prevalencia de los llamados trastornos mentales alcanzan techos preocupantes, las consultas de atención primaria se desbordan de demandas relacionadas con la ansiedad y el insomnio y las psicólogas alertan en televisión de que sus consultas se llenan de «trastornos alimentarios, fobias y obsesiones relacionadas con la limpieza y los espacios abiertos»… Nace la necesidad de acuñar nuevos términos: la «fatiga pandémica» y el «síndrome de la caverna» han irrumpido en el diccionario médico y también en el popular, y quienes las padecen necesitan ayuda profesional para sanarse.

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