87 horas

Francesco Mastrogiovanni falleció a los 58 años de edad tras pasar del 31 de julio al 4 de agosto de 2009 sujeto con correas a una cama del centro psiquiátrico del hospital Vallo della Lucania, en la provincia de Salerno (Italia). Mastrogiovanni, profesor y libertario, había ingresado de forma involuntaria, tras lo cual fue sedado mediante psicofármacos y atado con contenciones mecánicas hasta que murió tras una larga agonía.

La cineasta Constanza Quatriglio, con el consentimiento de los familiares y amigos de Francesco, creó un documental, 87 horas, el cual fue proyectado en el Senado italiano y difundido por la televisión estatal italiana RAI Tre. En él se recogen imágenes de nueve cámaras de seguridad que fueron testigos de la más absurda y cruel de las barbaries.

Os ofrecemos un fragmento significativo de dicho documental, cuyos subtítulos han sido realizados por la Asociación Murciana de Salud Mental (AMuSM-AEN). Sin duda se trata de uno de los materiales más duros que hemos recopilado en esta página web. De hecho, el adjetivo “duro” se queda lejos del significado real que tienen estas imágenes. Queremos avisar de ello, y animamos a que el visionado se haga en compañía y en espacios de seguridad.

Difundimos este vídeo a menos de un mes de que un paciente psiquiátrico ingresado en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica (UHP) del Complejo Hospitalario de A Coruña falleciera mientras se encontraba contenido mecánicamente. A día de hoy (22 de marzo de 2017), todavía esperamos una explicación por parte de las autoridades e instituciones pertinentes. Nos preguntamos abiertamente cuánto vale la vida de las personas diagnosticadas en mitad de esta devastación. Queremos conocer datos, exigimos transparencia: ¿cuántas contenciones se hacen en los dispositivos de salud mental de este país?, ¿cuál es su duración?, ¿en qué condiciones de recursos humanos y materiales se producen?, y, hoy especialmente, ¿cuántas personas mueren por el camino?

¿Qué más hace falta para que pare esta práctica que vulnera los derechos humanos y pone en riesgo la salud de los pacientes? ¿Acaso no hay una contradicción aberrante entre el hecho de atar y cuidar que debe ser superada?

Nos gustaría pedir a todo el mundo que entra en nuestra web que nos ayuden a difundir este vídeo. En él se guarda el más doloroso testimonio de los efectos secundarios de la psiquiatría más deshumanizada (y desgraciadamente, hegemónica). Como se dice en 87 horas, es el cuerpo muerto de Francesco Mastrogiovanni el que nos cuenta la verdad acerca del trato que recibió en el lugar donde debería haber sido cuidado. Hay que agradecer a su familia y compañeros la lucha emprendida y la generosidad mostrada a la hora de pelear porque sucesos de este tipo no puedan volver a sucederse.

Cualquier noción ética, por rudimentaria o ajena a la salud mental que sea, clama por la abolición de las contenciones como medida de tratamiento, el resto son excusas… y en el peor de los casos, complicidad.

Francesco tuvo razón 87 veces. Hay anarquistas que se marchan, que los matan. Otros no pueden hacer otra cosa que apretar los dientes y decidir no dejar de caminar.

Otros enlaces de interés.

Libertad y constricción – Entrevista a Luigi Manconi (Libertà e costrizione – Intervista a Luigi Manconi)
Contenciones y tratamiento sanitario obligatorio – Entrevista a Peppe Dell’Acqua
Giuseppe Mancoletti, compañero de habitación de Francesco
87 ore. Dirigido por Constanza Quatriglio.

La psiquiatría y las correas. (O la costumbre de atar a la gente en psiquiatría)

La historia de la atención psiquiátrica está llena de ejemplos de tratos crueles e inhumanos tales como el uso de descargas eléctricas, la inmovilización de personas mediante correas o camisas de fuerza o la extirpación de ciertas partes del cerebro. Estas costumbres, fácilmente identificables como tortura, pueden parecer al sentido común algo del pasado, y sin embargo no distan tanto de algunas de las prácticas de la psiquiatría moderna (aunque ahora se utilice anestesia para algunos de los procedimientos).

Por ejemplo, atar a las personas, generalmente a la cama, para limitar su movimiento, es algo que sigue realizándose en las unidades de hospitalización psiquiátrica, bajo los pretendidos términos neutros de contención, restricción o sujeción mecánica. Incluso ha llegado a utilizarse el de “inmovilización terapéutica” para referirse de forma aséptica a un acto tan degradante como atar con correas a alguien que está sufriendo psíquicamente. No olvidemos que es precisamente ese sufrimiento el que ha llevado a la persona a los servicios de salud mental, quizá con la esperanza de ser tratada de forma humana y ayudada en su malestar.

Esta intervención consiste en atar a las personas con correas, generalmente por sus muñecas, tobillos y tórax. Así pueden estar inmovilizadas durante horas o días, dependiendo del lugar y de las manos de los profesionales en los que haya tenido la suerte de caer. Y utilizamos la palabra “suerte” de forma deliberada, ya que en el estado español no existen normas ni leyes claras sobre por qué, cuándo y cómo es aceptable tratar de esta manera a los pacientes en los servicios de salud. Los profesionales sanitarios suelen defenderse diciendo que se ata a la gente solo como último recurso, cuando otras medidas han fracasado; sin embargo, la variabilidad en su uso entre unas regiones y otras, o incluso entre unas unidades y otras dentro de la misma región, deja claro que no es una cuestión objetiva, sino propia de cada lugar donde se aplica. Es más, en otros países de nuestro entorno, como Reino Unido o Islandia, su uso en las unidades de hospitalización está prohibido. ¿Acaso la gente con problemas de salud mental es distinta en estos países? Obviamente no. Nosotras pensamos que lo que es distinto es el número de profesionales que trabajan en los dispositivos, su formación y/o el tipo de atención que prestan.

Una cierta verdad, de Abel García Roure

Una cierta verdad es un documental del 2008 que se centra en cinco pacientes psiquiátricos del hospital Parc Taulí (Sabadell) durante un periodo cercano a dos años.

Habíamos pensado ofrecer a nuestros lectores una reseña más o menos profunda y estructurada, pero no es posible. Sus dos horas y cuarto de duración te dejan seco. De manera que lo que sigue a continuación es todo lo que podemos redactar sobre un teclado antes de que se esfumen los efectos secundarios del visionado, son tan solo los jirones que han quedado entre nuestros dedos: reflexiones, pensamientos y sensaciones que se han clavado en el pecho.

No dejéis de ver la película. Su director y guionista firma uno de los mejores trabajos documentales de la historia cinematográfica de este estado de la conciencia que llamamos España. Deja hablar a quien tiene que dejar hablar, gestiona el fluir de las imágenes para acompañar al espectador hasta determinadas escenas que sencillamente le atraviesan de parte a parte. Demuestra más sensibilidad que todos los burócratas que diseñan las propias estrategias de sensibilización en salud mental en este país.

Empecemos…

– La gente sufre. El dolor psíquico es una realidad incontestable.

– Los hospitales son espacios diseñados para el desencanto. Que propician la agresión y alimentan la vulnerabilidad. Los hospitales son espacios fríos, siniestros y jodidamente feos. A veces incluso ruinosos. Es difícil concebir el cuidado en un espacio de esta naturaleza.

– La psiquiatría no sabe nada de la locura.

– La psiquiatría se mueve en el terreno de los lugares comunes. Chapotea en su jerga y sus diagnósticos, en su verdad acotada. Pero la vida y sus dolores se encuentran en otra parte. Esa brecha es la espina dorsal que atraviesa la narración presentada en el documental.

– Los psiquiatras son esencialmente trileros. La mayoría de ellos, charlatanes embaucadores que carecen de cualquier conocimiento válido para afrontar el sufrimiento de la gente que acaba en sus manos. La psiquiatra de mediana edad y acento argentino que sale es una parodia de la propia profesión y su soberbia, mientras que el psiquiatra joven y voluntarioso que acude al domicilio de uno de los pacientes es el prototipo de doctor esforzado y voluntarioso, probablemente bienintencionado y seguro de su utilidad social… y que sin embargo, es tan solo un sujeto ignorante que vive en el delirio de su propia disciplina. Solo así podemos entender que llegue a afirmar cosas como que “La medicación sirve para unir células nerviosas […] Conecta las neuronas”, hablando del Risperdal (un conocido antipsicótico cuya patente caducó y Janssen ha sustituido por nuevos y más caros psicofármacos que son prácticamente iguales) que debería, a su juicio, tomar el paciente.

Subscribe to RSS Feed

Uso de cookies

primeravocal.org utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

ACEPTAR