Más allá de la terapia individual; de David Harper

Presentamos una traducción realizada por un espontáneo colaborador (desde aquí nuestro más sincero agradecimiento) de un texto de 2016 que creeemos de suma importancia a la hora de analizar la situación actual en la que nos encontramos, y que queríamos compartir desde hacía tiempo.

El malestar psicológico se ha reconocido cada vez más como un importante problema social y sanitario. La encuesta de salud en Reino Unido en 2014 informaba de que el 26% de los adultos refería haber sido diagnosticado de “al menos un problema o enfermedad mental” en su vida (Bridges, 2015). Los últimos veinte años se ha visto un aumento significativo en la oferta de intervenciones en salud mental, principalmente medicación y terapia psicológica individual. Sin embargo, dichas intervenciones son principalmente reactivas (más que preventivas) y se focalizan a nivel individual  (más que a nivel familiar, comunitario o social).

En este artículo argumentaré que la psicología aplicada podría basarse en tradiciones como las de la medicina de salud pública y la psicología comunitaria para desarrollar intervenciones preventivas proactivas, informar en el debate público y atender a las causas distales del malestar emocional.

El aumento de las intervenciones individualizadas de salud mental

Las décadas recientes han presenciado un aumento año a año de intervenciones de salud mental de carácter individual: medicación psiquiátrica y terapia psicológica. La medicación psiquiátrica aún es la intervención por defecto en salud mental. La comisión de salud señaló en 2007 que el 92% de los usuarios de sus servicios habían tomado medicación. El gasto en antidepresivos aumentó de cerca de 50 millones de libras en 1991 a casi 400 millones en 2002. Esto no puede deberse simplemente a un aumento en la población (la población de Inglaterra aumentó sólo un 2% entre 1991 y 2001) o de la inflación (del 7,5% en 1991 bajando de forma estable hasta el 1,3% en 2002). Esta tendencia ha continuado. Ilyas y Moncrieff (2012) informaron de que en 1998 hubo 15.000 prescripciones de antidepresivos, pero que en 2010 superaban las 40.000 (durante este periodo la población aumentó sólo en un 5,5%) y señalan que la cantidad total gastada en todos los fármacos psiquiátricos ajustada a la inflación aumentó de cerca de 544 millones de libras en 1998 a 881 en 2010. También ha habido un rápido aumento en la prescripción de otros fármacos, como el metilfenidato para los niños (conocido comercialmente como Ritalin), que han aumentado de 6.000 en 1994 (Timimi, 2004) a 922.000 en 2014 (lo que supone 153 veces más en sólo veinte años) con un coste de cerca de 34 millones de libras al año. Es importante señalar que estas cifras sólo hacen referencia a las prescripciones comunitarias (las realizadas por médicos de atención primaria a pacientes externos) y no cubren las medicaciones prescritas en el ámbito hospitalario.

¿Nos sentimos realmente felices como ciudadanos de vivir en una sociedad donde hay una confianza creciente en la medicación con sus consiguientes efectos secundarios? ¿Cuáles podrían ser las causas de tal aumento y qué alternativas habría?

Apuesta ganadora, ¿para quién?; de J. Agustín Franco Martínez

Desde Primera Vocal nunca hemos publicado textos que apunten a la relación entre el juego y el sufrimiento psíquico. Se trata de una cuestión de triste actualidad a la que queremos ir dando cabida con artículos y reflexiones que nos ayuden a pensar el tema con cierta profundidad. Esperamos revertir este vacío en nuestro archivo de materiales y comenzamos con un breve y contundente artículo de opinión.

En cada cita con las urnas se difunde sin descanso el mensaje liberal contra los impuestos, un mensaje infantiloide que transmite la idea de un estado confiscador, que quita sin dar a cambio una justa contraprestación.

Curiosamente nada se dice de los impuestos encubiertos que impone el sector empresarial sin ninguna discusión ni debate democrático, y que además no tienen una finalidad pública. Y no nos referimos ahora a los impuestos que evade hacia paraísos fiscales.

Hablamos, por supuesto, de dos impuestos que todos sufrimos a diario y en silencio. Uno masivo y más conocido. El impuesto de marketing por las actividades de propaganda y publicidad para acercar física y emocionalmente los productos a los consumidores. Y el otro selectivo y algo más desconocido. El impuesto del juego por los costes en salud pública, principalmente, de las adicciones que genera. Un impuesto que además se retroalimenta con el anterior, volviéndose así ambos invisibles. Por lo que tenemos la trampa perfecta: la apuesta ganadora. ¿Para quién?

Propaganda y juegos de azar se solapan y complementan volviendo invisible desde las virtuales y/o vistosas casas de apuestas cada dos pasos o cada dos clicks, al lado de los colegios y de los barrios humildes, hasta el drama de la ludopatía, estigma social y externalidad económica por la que no pagan las empresas responsables.

Contaminar la salud psíquica de la población debería ser punible tanto o más como la contaminación del aire o los ríos. Quien contamina paga, reza la máxima de un país avanzado y garante del estado de bienestar.

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