Las contenciones mecánicas en psiquiatría y los agujeros negros que se tragan a las personas

Los hechos: Ibrahim es una persona que murió el día dos de diciembre de 2014 en la unidad de psiquiatría del hospital Gregorio Marañón. Pasó la noche amarrado a una cama con correas. Parece ser que había protagonizado un incidente con algún miembro del personal.

Eso es todo cuanto sabemos. Nada más.

Hemos intentado obtener más información, pero un enorme agujero negro se traga a muchas de las personas que mueren en las plantas de psiquiatría de este país. Solo sabemos su nombre y que era una persona migrante.

Con este texto queremos llamar la atención sobre la absoluta opacidad que existe en todo lo que respecta a las agresiones y muertes que tienen lugar en los contextos psiquiátricos. A no ser que exista algún tipo de contacto con la familia de la persona agredida o fallecida, carecemos de medios por los cuales acceder a la información que sería necesaria para que las organizaciones defensoras de los derechos humanos pudieran emitir un juicio objetivo sobre lo sucedido. De esta manera no hay defensa legal posible. O dicho en otras palabras: las personas con diagnóstico de salud mental nos encontramos en una situación de absoluta vulnerabilidad desde el mismo momento en que es emitido dicho diagnóstico. Y llegados a este punto, dentro de nuestra particular locura, no podemos dejar de preguntarnos a nosotros mismos: ¿cuánto vale nuestra vida una vez que cruzamos la puerta de un ingreso?

Curar con lo último: el palmitato de paliperidona; de Miguel A. Valverde Eizaguirre

Este es un artículo que fue escrito hace unos cuantos años, pero que conviene sin duda releer. El Xeplion ya se convirtió en una realidad impuesta en las consultas de la sanidad pública; en 2016 se trató del tercer fármaco que más dinero generó en este estado de la conciencia que llaman España. “¿Y no te parece mucho más cómodo venir y pincharte?”, fue el mantra repetido una y mil veces por un personal sanitario que por lo general no lee publicaciones sobre los propios fármacos que receta y se ciñe al guión que le es presentado en cada momento (el cual, desde luego, no es redactado con la intención de buscar el mayor beneficio de los pacientes, sino simple y llanamente el mayor beneficio posible). Nos parece importante destacar esta realidad: no es la investigación científica (supuestamente neutral y objetiva, carente de conflictos de intereses y sesgos) la que lleva la batuta de la prescripción de psicofármacos, sino el marketing. Exactamente igual que el resto de las esferas de la vida. Hay una inversión que rentabilizar, unas consignas que repetir por todos los medios posibles hasta que se piense que son verdad. La salud mental es parte del mercado, esa es una primera premisa que hay que tener clara para poder acometer una crítica real del estado de cosas existente.

Para quien quiera actualizarse tras la lectura que proponemos, le recomendamos leer un excelente artículo de Mad in America (Locura, comunidad y derechos humanos) para el mundo hispanoablante donde se aborda el proceso de exaltación propagandística y mercantil  producto heredero del Xeplion: Trevicta. La idea es clara: menos pinchazos y más tiempo drogados. El mayor beneficio que los comerciales presentan en los centros de salud mental es el ahorro de tiempo (dejamos al lector que realice sus propios juicios al respecto). Como psiquiatrizados, somos perfectamente conscientes de que supone no solo más ingresos a Janssen (la farmacéutica de marras en este caso, una de las más influyentes en estas latitudes), sino también un obstáculo tanto a la discontinuación de su toma como a cualquier alteración del tratamiento (sea por voluntad del paciente o del psiquiatra, ¿cómo retirar o reducir la dosis de algo que te pinchan canda 90 días?). Un fármaco que se te clava y es todavía más difícil de arrancar que los demás.

Como siempre, os dejamos el resumen y el enlace al texto completo:

Cada nuevo fármaco que se comercializa viene acompañado de numerosos mensajes acerca de sus virtudes clínicas. Esto también ha ocurrido con el palmitato de paliperidona (PalPal). El objeto de este artículo es analizar las pruebas reales sobre su eficacia. Para ello se analizan los datos más relevantes de los estudios que avalan al fármaco, y se señalan los sesgos de los mismos. Con ello se puede concluir que el PalPal tiene casi todo por demostrar en relación a la utilidad que se le atribuye.

Curar con lo último

Mi consulta de salud mental es un tenderete

A veces hacemos entradas sesudas, traducciones, reflexiones que buscan actualizar nuestra crítica en este u aquel contexto. Este no es el caso. Aquí solo compartiremos una sensación muy concreta que muchas personas que pasan por el sistema de salud mental quizás hayan experimentado y a la que nosotras creemos que no se le da la importancia debida: la abrumadora presencia de merchandising farmacéutico en las consultas.

La gente de No Gracias se dedica con mayor profundidad a estos temas, en sus entradas hay análisis imprescindibles sobre la incidencia de los mercados en la salud pública y recomendamos su web a nuestras lectoras y lectores. Pero como ya se ha señalado, lo que queremos hacer es otra cosa mucho más simple. Trasmitiros y poner en común la sensación que uno tiene cuando está en una consulta psiquiátrica rodeado de publicidad de psicofármacos. Ese algo cutre y destartalado que caracteriza a la inmensa mayoría de los servicios públicos de salud mental (y que por lo que hemos comprobado quienes llevamos Primera Vocal, se da a lo largo y ancho de la geografía estatal), la provisionalidad de un espacio en donde nadie ha pensado en la persona que acude. Nadie.

En una de las últimas visitas a una consulta psiquiátrica pude quedarme a solas unos minutos. Escruté el pequeño cubículo. Ordenador de sobremesa HP, impresora, folios, una chaqueta doblada, el bolso colgado (un gesto de confianza) y un cuadro con un desportillado marco de pan de oro que reflejaba una calle de algún pueblo pintada por una mano advenediza. Todo lo demás que pude ver tenía que ver de alguna u otra manera con la industria farmacéutica. No se trata de ninguna novedad dentro de mi propia historia con el sistema de salud mental, pero esta vez me chocó más que de costumbre: la persiana ladeada y sujetada con una pinza metálica, las manos de pintura superpuestas haciendo del gotelé una geografía amenazadora e imposible a la vez, la ventana de aluminio cercada por cicatrices cubiertas de aguaplast… sumado a toda esa basura que hace de un supuesto espacio de seguridad y confidencialidad un mercadillo.

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