Terminar con el silencio en torno al abuso de la terapia psicodélica; de Will Hall

Dado que de un tiempo a esta parte en ciertos circuitos alternativos (por poner una palabra), de corte new age, las “ceremonias” con plantas psicoactivas son algo que cada vez está más presente, y ya que en ocasiones los efectos de dichas drogas generan un sufrimiento difícilmente abordable que puede llevar a quien las consume a acabar encerrado en una planta de psiquiatría, desde Primera Vocal hemos decidido traducir y publicar este texto donde el que el autor, además de denunciar abusos sexuales cometidos por “terapeutas de plantas psicodélicas” a sus pacientes (y a él mismo), advierte del peligro que en muchas ocasiones acarrera ingesta de determinadas sustancias psicoactivas.

Publicado originalmente el 25 de septiembre de 2021 en Mad in America.

El último e influyente libro de Michael Pollan sobre la medicina psicodélica, Cómo cambiar tu mente, supone un momento decisivo para dar una tregua a la guerra contra las drogas. Y la despenalización de las sustancias psicodélicas, incluidos el MDMA y las setas de psilocibina, es, en general, algo positivo. Pero el relato de Pollan es demasiado entusiasta y poco crítico, y hay al menos un peligro que él y otros promotores de las sustancias psicodélicas pasan por alto. La nueva moda sobre los tratamientos psiquiátricos milagrosos y la nueva ola de remedios para los trastornos mentales obvia el riesgo del abuso terapéutico.

El abuso terapéutico -incluidas las relaciones sexuales de terapeutas y medicos con sus pacientes- forma parte de una historia que se remonta a los primeros tiempos del LSD, pero uno no lo sabría leyendo el relato de Pollan o escuchando a los proselitistas de la sustancias psicodélicas de hoy. Pollan parece no entender que los psicodélicos, a pesar de todos sus extraños poderes, siguen siendo drogas, y por lo tanto tenemos que estar alerta de sus peligros, no sólo vender sus beneficios. Si acabamos con la guerra contra las drogas medicalizando las sustancias psicodélicas, nos arriesgamos a desencadenar otra ola de marketing farmacéutico y especulación comercial en una sociedad que cada vez se parece más a la distopía de Aldous Huxley sobre el consumo de pastillas de Un mundo feliz.

Aunque trabajo con personas interesadas en los psicodélicos y plants spirits (Nota de PV: no hemos conseguido una traducción para esta expresión, básicamente son plantas psicoactivas) en mi propia práctica terapéutica, y en ocasiones he comprobado que tomar sustancias psicodélicas puede ser útil, no pensaba escribir públicamente sobre nada de esto hasta que leí Cómo cambiar tu mente. Para mi sorpresa, descubrí que mi antiguo terapeuta de San Francisco, especializado en psicodélicos, Aharon Grossbard, -y probablemente mi propia historia-, aparecían de forma encubierta en el libro de Pollan. Y como la versión que leí es tan diferente de lo que realmente sucedió, y Grossbard y su esposa Francoise Bourzat son hoy en día los principales maestros de la terapia psicodélica a nivel internacional, decidí compartir mi propia experiencia de maltrato. (Puede leers un relato más detallado de mi trabajo con Grossbard y Bourzat aquí).

Antecedentes

Años de consumo generalizado en la clandestinidad demuestran que las sustancias psicodélicas son relativamente seguras en cuanto a drogas se refiere, y mucho más seguras que los medicamentos psiquiátricos como las benzodiacepinas o los antidepresivos ISRS. Y no hay duda de que, incluso en la tan incomprendida escena «rave», el MDMA, la psilocibina, el LSD y otras drogas no se utilizan sólo para evadirse y como drogas recreativas; muchos consumidores también afirman haber aliviado sus sentimientos de ansiedad, depresión y otros malestares emocionales. No hay nada nuevo ni sorprendente en esto: ha sido así durante décadas. Así que al alertar sobre el abuso de la terapia, no estoy exagerando los peligros de los psicodélicos ni insistiendo en la criminalización de las drogas: Estoy pidiendo más honestidad sobre las implicaciones de poner las sustancias psicodélicas en manos de los terapeutas.

La novedad del «renacimiento psicodélico» es que, en un momento en el que otros medicamentos han perdido popularidad, las farmacéuticas y la industria de la salud mental están entrando en el mercado clandestino en busca de dinero y poder. Y para ello están cambiando el nombre de las drogas psicodélicas por el de tratamientos psiquiátricos. Para situar a los terapeutas y a los médicos en el centro de esta nueva fiebre del oro, tienen que pasar por alto el hecho de que los psicodélicos -por muy extraños, imprevisibles, perturbadores de la mente y alteradores de la vida que puedan ser- siguen siendo las mismas drogas comercializadas clandestinamente: te intoxican, te colocan y te sedan. Como escribe Joanna Moncrieff, cualquier sustancia psicoactiva que cambie la conciencia desencadena una experiencia potente que puede parecer beneficiosa, pero el beneficio percibido surge de la respuesta subjetiva a una intoxicación por drogas, no de la cura de un trastorno. (Y hay muchas otras formas de inducir estados alterados en la conciencia y «cambiar tu mente» sin sustancias, como los ejercicios de respiración). La afirmación de que las sustancias psicodélicas tratan de algún modo los trastornos mentales es tan fantasiosa como la propaganda que dice que los antidepresivos corrigen los desequilibrios químicos o que el litio trata el trastorno bipolar.

Toda la palabrería psicodélica que oímos hoy en los medios de comunicación sobre las «redes neuronales por defecto», el «reinicio cerebral» y la «conectividad neuronal» no es más que un retorno del mismo cuento de las neuronas que nos trajo la última ola de fe en los antidepresivos ISRS. La nueva y asombrosa neuroherramienta de la psiquiatría, el Prozac (y los demás fármacos), resultaron ser sólo placebos (con enormes riesgos), un eco del temprano entusiasmo de Freud por la cocaína. Los antipsicóticos de «segunda generación» se promocionaron como más seguros que los fármacos más antiguos, pero rápidamente se toparon con la realidad de una investigación más rigurosa y con enormes acuerdos judiciales. La última tendencia de la psicoterapia, el mindfulness, tiene hoy una no tan buena reputación a la luz de una investigación más matizada y ajustada. Todos los resultados de los tratamientos médicos se rigen en parte por las expectativas y el placebo: con el tiempo, la moda alrededor de los nuevos productos psiquiátricos se desvanece, y entonces pasamos a la siguiente ola de marketing, con el consiguiente daño iatrogénico para los pacientes.

Una de las grandes ironías del interés actual por las sustancias psicodélicas es que las drogas famosas por iluminar los misterios espirituales y artísticos de la mente humana han alimentado, por contra, una floreciente industria de investigación del cerebro basada en el más burdo determinismo mecanicista. En su afán por acreditar los psicodélicos con tentadoras promesas de nuevas potencialidades, los defensores de las drogas psicodélicas de hoy en día se han volcado en el determinismo neurocientífico, como si la brecha explicativa del difícil problema de la conciencia -cómo surge la mente del cuerpo- ya estuviera resuelta. Las advertencias del psicólogo William James sobre el «materialismo médico» son hoy más acertadas que nunca (véase, por ejemplo, el estudio «Superfluous neuroscience information makes explanations of psychological phenomena more appealing«).

Lo cual, de nuevo, no quiere decir que los psicodélicos no deban estar disponibles: sí, algunos creen que son útiles, y la continua criminalización sólo añade más daño. Un sistema sanitario que funcione ofrecería asesoramiento a quien lo necesite, y tu viaje psicodélico sería tan válido para ser compartido como cualquier otra cosa. Si quieres que tu terapeuta, en lugar de un amigo querido o un guía espiritual que encontraste en Internet, sea tu consejero de viaje, esa debería ser tu elección. Pero si nos perdemos en el “neurocuento” de la conectividad cerebral, sacamos grandes conclusiones a partir de estudios de investigación que recogen una parte muy pequeña de la realidad y (lo más preocupante) consentimos el colonialismo exótico en cuanto al «chamanismo», vamos a perder de vista el hecho más importante sobre las sustancias psicodélicas que estamos a punto de comercializar en masa como tratamientos médicos: siguen siendo drogas.

Y, vistos como drogas -sustancias tóxicas que te colocan y te sedan-, debería estar claro que, entre sus peligros, los psicodélicos también suponen un mayor riesgo de abuso terapéutico.

Abuso terapéutico.

En la desigual relación de poder entre el terapeuta y el paciente ya hay un gran peligro de que se abuse de la autoridad. Esto es porque no se aplican las reglas de consentimiento habituales: un paciente no puede dar su «consentimiento» a un terapeuta para tener sexo, explotación económica, intimidad física, negligencia, control emocional u otros malos tratos. El terapeuta, que escucha desde alturas poderosas y distantes los dolorosos secretos de su vulnerable y dependiente paciente, tiene demasiado poder, y las consecuencias para los pacientes son demasiado graves como para entender a cada una de las dos partes como iguales. Y por eso protegemos a los pacientes de los terapeutas del mismo modo que protegemos a los niños de los adultos, especialmente de la violación más extrema de la confianza del terapeuta, el sexo con los pacientes. Incluso cuando el maltrato no incluye el contacto sexual, el daño de la traición emocional puede ser igual de devastador. Los terapeutas tienen especial obligación debida de proteger a sus pacientes de esa traición.

Cuando se añaden los psicodélicos, los riesgos se magnifican. Las drogas afectan al juicio, pueden aumentar la idealización, pueden fomentar las conductas de riesgos, pueden bajar las defensas, pueden intensificar la sugestionabilidad, pueden llevar a la disociación… todas las drogas. ¿Te imaginas que los terapeutas dieran a sus pacientes alcohol para que pudieran hablar con más soltura, rayas de cocaína para que confiaran en sí mismos o cannabis para que se relajaran? Reconocerás fácilmente que, aunque algunos pacientes se beneficiaran, también se les llevaría a un estado más exaltado y fácil de explotar. A pesar de sus muchas cualidades únicas y a menudo positivas, esto sigue siendo cierto en el caso de los psicodélicos. Y la influencia se magnifica cuando el terapeuta es proveedor de la droga y experto en ella, cuando la droga tiene un aura cultural de poderes curativos esotéricos, los medios de comunicación hacen propaganda de curas milagrosas y los científicos la aplauden y la llaman «tratamiento médico». Añádase que los terapeutas especializados en drogas psicodélicas suelen ser también usuarios y verdaderos creyentes de estas sustancias. Los peligros son evidentes.

Empiezas a ver el panorama con más claridad: las sustancias psicodélicas presentan algunos de los mismos riesgos que cualquier droga. A menos que nombremos estos riesgos, y estemos especialmente atentos a ellos, los psicodélicos en manos de los terapeutas, aunque sin duda ayudarán a algunas personas, también es probable que acaben haciendo daño. Y como muestra la historia del abuso de la terapia psicodélica, ya lo han hecho.

Puede que quieras convencerte, como los defensores y emprendedores de la psicodelia quieren que creas, de que las drogas psicodélicas legales para uso médico serán de algún modo inmunes al abuso porque la consulta de un terapeuta es un entorno controlado, supervisado y es segura. No estoy de acuerdo. A mí me hicieron daño un psicoterapeuta titulado y un asesor acreditado. Desafiar el abuso puede ser más difícil, no menos, cuando lo hace alguien con licencia o título.

A diferencia de los entornos sociales y clandestinos, con su ética implícita de responsabilidad personal, responsabilidad por la propia imagen y «precaución con el comprador», los medicamentos vendidos como tratamientos médicos y administrados por expertos despojan a las personas de la precaución protectora. Uno se maravilla con los relatos de los medios de comunicación, deposita su esperanza en una cura mágica, confía en un médico o terapeuta para que se haga cargo, y deja de lado su propio juicio, todo ello porque supuestamente tienen un conocimiento experto que tú no tienes. Y luego, si tu terapeuta o médico te maltrata y tratas de que se escuche tu voz y se conozca tu experiencia, tienen todo el poder de su profesión respaldándoles. Y apelar a las autoridades que dan las licencias profesionales para que te protejan y responsabilicen a los terapeutas es una buena idea, pero funciona tan mal como apelar a la policía y al sistema judicial para que responsabilicen y juzguen a los agresores, como descubrí en mi propia experiencia. La medicalización psicodélica corre el riesgo de invertir aún más poder en este grupo de personas que forman parte de determinadas instituciones.

El poder de diagnosticar a los pacientes da una gran ventaja a los terapeutas cuando se les cuestiona: etiquetar a alguien con problemas emocionales puede desacreditar su juicio de manera muy eficaz. Es muy difícil que un paciente cuestione el maltrato si el terapeuta le culpa del problema y le dice, directa o sutilmente, «estás loco». En primer lugar, acudiste al terapeuta porque dudabas de ti mismo, eras vulnerable y necesitabas ayuda externa. Ellos son los expertos y tú dependías de ellos. Cuando esa confianza se utiliza en tu contra, a menudo es muy difícil mantenerse firme. Los testigos que podrían apoyarte son más propensos a dudar de tu versión de la historia.

Esto tiene una versión new age que los supervivientes de las sectas conocen bien, una especie de «mirada clínica espiritual» en la que el maestro señala algún presunto estado no iluminado de quienes le desafían para desacreditar las críticas y redirigir el problema hacia ellos. La persona que intenta hablar es tachada de tener el corazón cerrado, de ser incapaz, de rendirse, de tener bloqueos del ego… o simplemente de «ser negativa». Una vez utilizada, esta táctica puede afianzarse, reforzando toda una cultura de aceptación de la autoridad abusiva: Los seguidores del popular maestro budista Chögyam Trungpa defendieron su mala conducta durante años con esta táctica, e incluso después de que Trungpa fuera desenmascarado públicamente continuaron haciéndolo durante muchos años más para defender a otros abusadores de su entorno. Tiene un término: DARVO (por sus siglas en inglés). Defiéndete, ataca al acusador y convierte a la víctima en el agresor. Tú no eres el que ha hecho nada malo, eres la víctima de uno de los «locos» que te acusan injustamente.

También es peligroso basar la seguridad de los medicamentos en el encasillamiento del diagnóstico psiquiátrico de una persona. Las personas necesitan que se comprendan sus necesidades específicas: los diagnósticos son claramente imprecisos y ofrecen poca información sobre la experiencia actual. Todo el mundo merece una elección informada sobre los riesgos que tienen las drogas, junto con protecciones individuales a medida: Las sustancias psicodélicas son impredecibles y suponen un peligro para todos los que las toman. Pollan no hace más que aumentar esta confusión con su precepto que separa a los psicodélicos aptos de los no aptos: «nadie con antecedentes familiares o predisposición a la enfermedad mental debería tomarlos nunca». Esta exclusión simplista es un hecho reciente: la historia de la investigación sobre psicodélicos y psicosis muestra un panorama más complejo.

Aunque el uso clandestino de psicodélicos no ha empeorado los resultados de la salud mental, los psicodélicos pueden despertar fuertes experiencias que pueden ser inmanejables. Muchas personas, con o sin diagnóstico, necesitan pautas especiales (en cuanto a la dosis, la frecuencia y el apoyo), o podrían ser más inteligentes y alejarse de ellos por completo (y explorar alternativas como los ejercicios de respiración, la meditación en silencio, el ayuno, o estar en contacto con la naturaleza). Basar quién es idóneo para la terapia psicodélica en un diagnóstico supone que los peligros sólo se aplican a «esas» personas, cuando las respuestas a las drogas son diversas para cada uno. Las experiencias pasadas pueden ser señales útiles, y las dosis más grandes suponen mayores riesgos, pero el diagnóstico psiquiátrico en sí mismo no permite predecir cómo afectarán los psicodélicos a alguien.

Algunos diagnósticos psiquiátricos se consideran contraindicados para la terapia psicodélica, y aunque parece que esto protegería a los clientes, en realidad puede servir fácilmente para encubrir el maltrato. Si algo va mal, el terapeuta puede hacer el diagnóstico a posteriori, y señalar el diagnóstico del paciente de manera retroactive como excusa. Ser capaz de «descubrir» un diagnóstico permite fácilmente culpar al paciente, y no al comportamiento del terapeuta o a los riesgos de las drogas. La única culpa se convierte en no saber que la persona estaba loca de antemano, y ahora que el problema ha sido «descubierto», el terapeuta puede eximirse a sí mismo y al tratamiento por cualquier cosa que haya sucedido (a menudo entregando a las personas problemáticas al estigma de la psiquiatría, las pastillas y la coerción), y pasar al siguiente paciente.

Los psiquiatras ya hacen de forma rutinaria algo similar cuando, por ejemplo, se culpa de una reacción maníaca a un «bipolar» en vez de a un efecto secundario de un antidepresivo, o se culpa de la violencia a un «delirio paranoide» en vez de a la respuesta a un tratamiento forzado. El presidente de mi antigua escuela de terapia tuvo relaciones sexuales con una paciente y luego culpó a su diagnóstico después de que ella lo denunciara; el patrón no está tan alejado de las parejas abusivas que se justifican etiquetando a sus ex como borderline o narcisistas. La mejor forma de proteger a las personas vulnerables es comprendiendo las necesidades individuales, y no basándose en etiquetas diagnósticas estigmatizantes y engañosas.

Como alguien que ha consumido psicodélicos y ha observado como otros los tomaban, he visto cómo estas drogas suelen desencadenar emociones abrumadoras. Cuando nos sentimos abrumados, a veces utilizamos la compartimentación, la disociación y el autoengaño como formas de afrontarlo. El estado de «subidón» puede llegar a ser mucho más deseable que el antiguo yo, así que te olvidas de las cosas para mantenerte arriba. Cualquiera que haya evitado tomar una decisión dolorosa olvidándose de ella conoce esta dinámica psicológica humana básica. Llevado al extremo, la negación puede convertirse en la defensa de los maltratadores a través del vínculo traumático («Síndrome de Estocolmo»), o la «fase de la luna de miel» que permite la violencia en la pareja. «Derivación espiritual» es otro nombre para esto, y los terapeutas suelen hacer hincapié en las sesiones de «integración» sin drogas para protegerse del rechazo.

Ya sea con psicodélicos o con cualquier otra droga, se llama «colocarse» por una razón: salimos de un estado para estar en otro. La nueva perspectiva puede ser esclarecedora, pero la evasión puede llegar tan fácilmente como la percepción: la «expansión» de la conciencia puede basarse en la disociación, no en la conciencia. Los psicodélicos pueden aumentar la sugestionabilidad, la tendencia a aceptar las creencias de los demás que se manifiesta con más fuerza en los estados hipnóticos de trance y en las condiciones de presión social para el consentimiento. Está claro que las drogas psicodélicas pueden hacer que algunas personas sean más dependientes de la influencia externa y más reticentes a considerar que subestimaron cuidar su seguridad.

Mientras que la investigación sobre la MDMA ha reconocido el papel de la droga en situaciones de abuso sexual (mucho menos que el alcohol, por ejemplo, pero aún así es un peligro), la investigación que explora el mayor riesgo de violaciones éticas en la terapia psicodélica sólo se está llevando a cabo ahora, con la publicación, por ejemplo, de «A Qualitative Exploration of Relational Ethical Challenges and Practices in Psychedelic Healing» (Una exploración cualitativa de los desafíos éticos relacionales y las prácticas en la curación psicodélica) por Brennan et. al. en el próximo número del Journal of Humanistic Psychology. El estudio examina la falta de límites profesionales en el mundo de la psicodelia; en menos de un día tras el anuncio del artículo en un foro, los autores recibieron un correo electrónico de un lector que decía haber sido agredido sexualmente por su terapeuta psicodélico.

Abuso terapéutico y psicodélicos

Desde las primeras investigaciones, era imposible considerar las sustancias psicodélicas como algo más que drogas. Al igual que otras drogas, los psicodélicos afectan a las personas de manera diferente; no hay un «tratamiento» para todos. El primer viaje del descubridor del LSD, Albert Hofmann, no fue en absoluto esclarecedor: Estaba convencido de que se había envenenado con una anfetamina y, presa del pánico, llevó a un médico a su casa. Sólo más tarde, Hofmann y otros reformularon la droga en un sentido más positivo y curativo. (La famosa epifanía de Aldous Huxley bajo la influencia de la mescalina se produjo cuando ya llevaba años dedicado a la filosofía oriental).

Como escribe el historiador Steven Novak, «los investigadores del LSD en la década de 1950 comprendieron la naturaleza subjetiva de las respuestas a la droga y cómo a menudo los resultados no hacían más que reflejar las personalidades de los sujetos….» Esta maleabilidad es cierta hasta tal punto que la psiquiatría estadounidense ha redefinido repetidamente los psicodélicos hasta convertirlos en su opuesto: primero como una sustancia que imita la psicosis, útil para la investigación de la esquizofrenia en el laboratorio, luego como un tratamiento psicoterapéutico curativo, después como un arma de control mental, luego como una droga de recreación y evasión, y ahora de nuevo como un tratamiento curativo.

La respuesta a las drogas psicodélicas es tan subjetiva que los investigadores pueden inducir los efectos de las drogas psicodélicas a través de la hipnosis o utilizando sólo elementos del entorno, sin que la persona tome ninguna droga (un hecho ya bien conocido en el mundo de las drogas como «efecto de contacto«). Esta capacidad de sugestión, resumida en la idea de «set and setting», socava cualquier afirmación simplista de que los psicodélicos son en sí mismos tratamientos para los trastornos mentales, y señala cómo las sustancias psicodélicas en manos de los terapeutas plantean nuevos peligros de mayor influencia sobre los pacientes.

Una de las primeras alarmas sobre los riesgos de la terapia psicodélica la lanzó el destacado investigador de la UCLA Sidney Cohen en los años 50, cuando el LSD se utilizaba legalmente en psiquiatría. Al principio, Cohen era un entusiasta del LSD, cuyos informes contribuyeron a que los medios de comunicación empezasen a hablar de forma positiva sobre los beneficios de los psicodélicos para las estrellas de Hollywood y la élite. Pero Cohen se volvió más cauto cuando vio que los terapeutas del sur de California se enamoraban del poder del LSD, obteniéndolo del fabricante Sandoz con la pretensión de ser investigadores y luego haciendo un mal uso del mismo con los pacientes. Cohen tuvo conocimiento de casos de abuso terapéutico, y quedó claro que se producían más daños a los clientes de los que se hacían públicos, ocultos tras lo que Novak llamaba un «velo de silencio» entre psiquiatras y terapeutas.

En un debate con el ávido proselitista del LSD Timothy Leary, Cohen advirtió que las drogas psicodélicas «aumentan la credulidad de uno». Para Cohen, el estado psicodélico era un «estado completamente acrítico» capaz de «abrumar a ciertas personalidades crédulas…. se pierde la capacidad discriminatoria y crítica», escribió. «Se pierde la capacidad de observarse a sí mismo, de evaluar la validez de las propias ideas y de las rápidas fantasías que florecen…» ¿Y cuál era su opinión sobre los profesionales de la salud mental que se sienten atraídos por el uso de estas drogas con los clientes? Cohen dijo que entre los terapeutas psicodélicos «hay una proporción excesivamente grande de individuos psicópatas«.

El relato habitual sobre por qué se ilegalizaron el LSD y otros psicodélicos es más o menos así: Las curas prometedoras y las nuevas visiones de la mente humana fueron clausuradas por una cultura de la ley y el orden demasiado asustada por las payasadas de Leary y la escena hippie como para probar algo nuevo. Sin embargo, Novak cuestiona esa historia y señala las advertencias de seguridad anteriores a la llegada de los psicodélicos a la contracultura: «Antes de que Timothy Leary, que tomó por primera vez LSD en 1961, se catapultara a la escena nacional al ser despedido de Harvard en 1963, Sidney Cohen había dado la alarma de que se estaba abusando del LSD y haciendo daño a la gente». En Cómo cambiar tu mente, Pollan repite la amnesia histórica habitual: su lista de razones por las que los psicodélicos se hicieron ilegales contempla la rigidez cultural, las provocadoras maniobras mediáticas de Leary y la nueva guerra contra las drogas de Richard Nixon. No menciona las advertencias sobre el abuso de la terapia y el daño a los pacientes.

El abuso de las terapias siguió persiguiendo las sustancias psicodélicas, incluyendo la criminalización, décadas después, de una nueva droga en la escena: El MDMA. En los años 80, el psiquiatra Richard «Rick» Ingrasci era muy conocido entre los investigadores y terapeutas psicodélicos como fundador de la revista líder New Age Journal y presentador habitual del circuito de giras de conferencias holísticas. También fue un promotor del MDMA: publicó estudios de investigación, administró psicodélicos a sus pacientes y defendió los psicodélicos de forma destacada en apariciones en los medios de comunicación mayoritarios, como en el Evening News de la CBS y en el Show de Phil Donahue. Ingrasci trabajó junto a los mejores terapeutas e investigadores psicodélicos de manera muy cercana, y en 1985 incluso testificó ante el Congreso de los Estados Unidos que el MDMA tenía un «bajo potencial de abuso» y debía seguir siendo legal.

Cuatro años después de su testimonio en el Congreso de que el MDMA era seguro, la foto de Ingrasci apareció en la portada del periódico Boston Globe con el titular «Terapeuta acusado de abusar sexualmente de sus clientes». Se enfrentaba a las acusaciones de haber violado al menos a tres pacientes después de darles MDMA y otros psicodélicos. Una serie de informes del Globe relataron la violencia de la que le acusaron múltiples mujeres: a una le dijo que podía curar su cáncer y que la relación sexual que mantenían era curativa; otra paciente intentó suicidarse. Ingrasci perdió su licencia, llegó a un acuerdo con sus antiguos pacientes y abandonó la zona.

Sin embargo, buscando en las voluminosas publicaciones históricas, estudios, wikis e informes del mundo de la investigación psicodélica, no pude encontrar ninguna juicio o repudio a Ingrasci por parte de sus colegas. Ni una palabra. Ni un ajuste de cuentas, ni una declaración de apoyo a las víctimas de Ingrasci, ni gratitud porque los abusos saliesen a la luz, ni un «qué significa esto para nosotros». Tampoco hubo ningún intento de erradicar más abusos bajo la lógica premisa de que Ingrasci era sólo la punta del iceberg. Ingrasci estaba en el centro de la escena de la terapia e investigación psicodélica, conocía a todo el mundo, era conocido por todo el mundo. Y cuando perdió su licencia médica por abusos, en lugar de saltar las alarmas, fue como si volviera a descender ese mismo «velo de silencio» señalado por Novak.

El principal grupo de defensa de las sustancias psicodélicas, la Asociación Multidisciplinar de Estudios Psicodélicos (MAPS), cita a Ingrasci en su sección de noticias de la web y en los archivos del MDMA como médico, sin mencionar que perdió su licencia ni el motivo de ello (y mucho menos un enlace a la portada del Boston Globe). Erowid, una de las principales fuentes de Internet sobre psicodélicos, incluye la investigación de Ingrasci, pero también omite la historia del abuso. Ingrasci aparece en antologías de psicodélicos, y en la biografía que aparece en la página web del centro de retiro Hollyhock sólo dice que es médico, como si su licencia de médico estuviera todavía en vigor: Lo describe sólo como «un emprendedor social con una rica experiencia en psiquiatría y medicina holística».

Otro destacado investigador, amigo y colega de Ingrasci muy conocido entre las celebridades de la psicodelia, fue Francesco DiLeo, que también se enfrentó a un escándalo público cuando fue demandado por una paciente que alegó que había abusado sexualmente de ella: DiLeo le dijo que necesitaba contacto sexual en «cumplimiento de sus deseos edípicos». (Misteriosamente, la autorizada historia de Passie sobre las primeras terapias con MDMA omite los detalles de las acusaciones contra Ingrasci, diciendo sólo que «El caso de Francesco DiLeo sirve para ilustrar ambos»). John Perry (cuyo innovador trabajo junguiano sobre la psicosis y de demás temas admiro), era un destacado psiquiatra del norte de California: el Instituto Jung le expulsó y perdió su licencia médica después de que se produjeran acusaciones de haber tenido sexo con algunos pacientes, algunos de los cuales llegaron a interrumpir los actos públicos de Perry.

Es imporante tener en cuenta a lo que un superviviente de abuso sexual se enfrenta al denunciar: el tormento personal, la vergüenza pública y el rechazo generalizado de su experiencia. Los estudios demuestran repetidamente que los abusos sexuales no se denuncian en la sociedad, y hablar de ello con tu terapeuta puede ser aún más difícil. El abuso sexual es la expresión más extrema del abuso de poder; otras violaciones no llegan a ser consideradas como criminales pero siguen perjudicando a los pacientes, como invalidar sus experiencias, utilizarlos emocionalmente, abandonarlos, traicionar su confianza y explotarlos económicamente. Por lo tanto, es probable que Ingrasci y DiLeo hayan perjudicado a más personas que las que se atrevieron a denunciar los delitos, y también es probable que existan muchos más incidentes de maltrato entre otros terapeutas especializados en psicodélicos.

El escándalo de Ingrasci fue minimizado por los líderes de los psicodélicos, pero tuvo sus efectos: Una de las víctimas de Ingrasci se convirtió en una defensora que trabajó por una mayor concienciación del abuso terapéutico. Fue cofundadora de TELL, la Línea de Enlace para la Explotación de Terapeutas, un importante recurso que lleva décadas ayudando silenciosamente a los supervivientes de abusos. A finales de los años 80, TELL y otros grupos de defensa fueron vitales para dar a conocer al público el problema de los terapeutas que mantenían relaciones sexuales con los pacientes. El New York Times informó de cómo se impulsaron nuevas normativas cuando el escándalo de Ingrasci saltó a los titulares, ampliando las jurisdicciones que penalizaban las relaciones sexuales entre terapeutas y clients, lo que condujo a una mayor seguridad de los pacientes. Pero, de nuevo, no pude encontrar ningún apoyo a estas nuevos mecanismos de protección o discusión de sus implicaciones en los círculos de liderazgo psicodélico de aquel momento. El escándalo de abuso de múltiples pacientes de Ingrasci en la portada del Boston Globe tuvo un gran impacto, pero no en la comunidad psicodélica.

Con una excepción: Las acusaciones contra Ingrasci hicieron que investigadores posteriores del MDMA establecieran el protocolo de investigación de dos terapeutas, una mujer y un hombre, para protegerse de cruzar la línea del abuso. La nueva norma, relatada en el relato de Passie, se convirtió en una norma muy tenida en cuenta que continúa en la investigación de la terapia con MDMA en la actualidad. Pero aunque directrices como el estudio MAPS Canada y A Manual for MDMA-Assisted Psychotherapy in the Treatment of Posttraumatic Stress Disorder adoptan este protocolo de dos terapeutas, no explican por qué está en vigor, dónde se originó el protocolo o el riesgo contra el que pretendía protegerse. No se avisa a los clientes de que van a ver a dos terapeutas porque estar a solas con un terapeuta se considera un riesgo demasiado grande de ser agredido sexualmente.

Richard Yensen es otro líder prominente en la investigación psicodélica desde hace décadas y es colega de los mismos hierofantes psicodélicos que se remontan a la década de 1980, además de ser amigo de Ingrasci y DiLeo. Como informó Olivia Goldhillen Quartz, Yensen se enfrenta ahora a recientes acusaciones de abuso sexual desde 2019, no sólo como terapeuta psicodélico sino como terapeuta en un ensayo clínico de investigación psicodélica oficial en Canadá. Esta es una destacable acusación de la seguridad de la terapia psicodélica. MAPS, que dirigió el ensayo, tuvo todas las oportunidades para crear las condiciones ideales para la investigación, dado lo mucho que estaba en juego y el enorme escrutinio del proceso de aprobación del MDMA. Se trataba de un destacado estudio de gran repercussion mediática, con un tremendo poder y dinero puesto en juego para su éxito, y MAPS tenía incentivos y capacidad para nombrar solo a los mejores terapeutas cualificados bajo estrictas condiciones y salvaguardias para este papel. Que un terapeuta no tenga sexo con su paciente es un estándar bajo que cumplir.

Pero cuando el MAPS designó a los terapeutas para llevar a cabo el ensayo, se produjo el peor de los casos -abuso del terapeuta y sexo con una paciente-. ¿Por qué? Al parecer, el problema seguía vigente: Yensen formaba parte de la misma cultura de la terapia psicodélica cuya historia se remonta a los días de abusos de los colegas Ingrasci y DiLeo.

En una conferencia pública que dio Yensen hace unos años sugirió claramente que el abuso de la terapia sigue siendo un secreto a voces ampliamente tolerado entre los líderes del campo de la psicodelia.

En un vídeo de la conferencia, Yensen dice de forma casual que sabía de «un gran número de terapeutas» que tenían relaciones sexuales con «múltiples pacientes» en la década de 1980. No dice si denunció a alguno de ellos, ni si alguno sigue trabajando en la actualidad. Y no dice si él o sus colegas han intentado hacer algo al respecto. Sin embargo, relata otro estudio de investigación realizado hace años en el que tuvo la tentación de mantener relaciones sexuales con su paciente pero no lo hizo, a quien describió como una «joven encantadora». Dijo que se detuvo no porque se diera cuenta de que tenía que protegerla, sino porque el director del departamento pasó por allí y los vio juntos. De lo contrario, admitió, «no creo que hubiera podido manejarlo».

Que Yensen describa todo esto tan abiertamente, en una conferencia pública grabada en vídeo, sugiere varias cosas: Sus colegas aceptaban que se estaban produciendo abusos de forma generalizada; Yensen considera que él mismo no tiene ninguna responsabilidad; y aparentemente comparte la actitud de la profesión de utilizar el diagnóstico para culpar a los clientes de estos problemas. En la conferencia, Yensen describió a la mujer que estuvo a punto de violar como «sexualizada», un lenguaje propio de la terapia para diagnosticar sutilmente que la situación se debía a algo interno del cliente, no al terapeuta.

Que es también lo que hizo Yensen para defenderse de la acusación de que abusó sexualmente de la paciente de MAPS en el juicio por MDMA de Canadá. Después de ser desenmascarado, Yensen siguió sin reconocer ningún error y, en cambio, utilizó su poder de diagnóstico para desacreditar a la clienta a la que supuestamente violó. Según la CBC de Canadá,

«En una demanda civil presentada en B.C. en La Corte Suprema en 2018, Buisson alega que fue agredida sexualmente en repetidas ocasiones por Yensen, con el conocimiento de Dryer, mientras estaba en tratamiento con la pareja. Yensen no niega haber tenido relaciones sexuales con ella [la paciente], pero en su respuesta a la demanda de ella, le acusa de haberlas iniciado, describiéndola como ‘una manipuladora hábil’.»

«Manipuladora hábil» es una frase en clave: Yensen suena como si estuviera sugiriendo sutilmente que la paciente tiene «trastorno límite de la personalidad», que es una etiqueta notoriamente descalificadora utilizada para silenciar a los supervivientes de abuso desde los días en que se llamaba «histeria». Como en «eres una histérica, estás loca». Los terapeutas que lean sobre las acusaciones de Yensen -y que tengan que enfrentarse a sus propios retos- pueden simpatizar con la manipulación culpabilizadora de una de las pacientes «locas», de esas de las que les enseñan a temer y evitar. Si toda una cultura profesional va a racionalizar sistemáticamente el abuso terapéutico, así es como lo harán: patologizando a las víctimas. (Eso es justo lo que hizo el presidente de mi escuela de formación, después de tener relaciones sexuales con su paciente, perdió su licencia, y continuó enseñando y ejerciendo en la escuela con el apoyo de sus colegas).

Y otro ejemplo: La conferencia psicodélica Horizons, un evento histórico que presenta a los líderes de la terapia y la investigación psicodélicas, en 2018 tuvo que expulsar a un prominente investigador y miembro de la junta directiva, el Dr. Neil Goldsmith,  debido a testimonios verosímiles acerca de comportamientos sexuales inapropiados. Comparecieron muchas mujeres, pero incluso después de un diálogo restaurativo, Goldsmith parece que no quiso hacer frente a sus acciones ni asumir ninguna responsabilidad por el daño causado. La junta directiva de Horizons también anunció que «no respondería a ninguna pregunta sobre la naturaleza de las denuncias que se hicieron, ni sobre nuestro proceso de toma de decisiones… Esta es nuestra declaración final sobre este asunto».

Después de que salieran a la luz las acusaciones de abuso de Yensen en el ensayo de investigación de MAPS en Canadá, MAPS se vio obligada a tratar el caso públicamente y a abordar finalmente el abuso en la terapia como un problema más vasto. Admitieron que en su obligada divulgación de todos los riesgos asociados al MDMA no habían informado a la FDA (La Administración de Alimentos y Medicamentos, por sus siglas en inglés) sobre el abuso en la terapia: Se mantuvo fuera del consentimiento informado requerido para los ensayos de medicamentos. Simplemente se habían olvidado de incluir esa información, omitiendo cualquier advertencia sobre un riesgo potencial del MDMA tan grave que había metido a los principales investigadores de la MDMA en problemas desde el principio y había reformado los protocolos de investigación del MDMA.

Goldhill escribe:

«Sin embargo, ni la FDA ni los pacientes fueron advertidos de ese riesgo antes del ensayo. En todos los ensayos clínicos, los sujetos deben firmar «documentos de consentimiento informado», que exponen los riesgos que aceptan al participar. Quartz ha leído el documento de consentimiento informado que se entregó a los participantes en el ensayo de MAPS en Vancouver, en el que se enumeran posibles riesgos como la sequedad de boca, la fatiga, la sensación de frío, la ansiedad y el entumecimiento. No menciona que el MDMA puede aumentar la excitación sexual, ni advierte del historial de terapeutas que abusan de los pacientes».

El protocolo de terapia de MDMA de MAPS también presenta otros problemas. Además de no incluir ninguna mención al abuso en la terapia o a los orígenes del protocolo de dos terapeutas, prohíbe el contacto sexual entre el terapeuta y el paciente pero, curiosamente, también dice que «si el participante quiere tocar a uno de los terapeutas, el terapeuta permite y/o proporciona el contacto», y que «negar el contacto afectuoso cuando está indicado puede ser contra-terapéutico y, especialmente en una terapia que implica estados no ordinarios de conciencia, puede incluso ser percibido por el participante como maltrato por negligencia».

La distinción entre contacto «sexual» y «afectivo» nunca se define. ¿Los abrazos prolongados de cuerpo entero, acurrucarse, acurrucarse “haciendo la cuchara” o besar a un paciente cuentan como algo enriquecedor, o son considerados como algo sexual? ¿Quién traza esa línea? ¿Y por qué negar las peticiones de contacto del paciente significa de repente que el terapeuta se arriesga a sufrir «maltrato por negligencia»? Los terapeutas mantienen habitualmente los límites con los pacientes que pueden ser vulnerables y estar desorientados debido a su angustia. El aumento de la vulnerabilidad y la disminución de las defensas podrían hacer que el MDMA fuera útil en la terapia, pero no si los terapeutas reciben instrucciones explícitas de dejar de lado las precauciones habituales y también se les da el beneficio de la duda para definir lo que es «sexual» o «enriquecedor».

Si los investigadores de la terapia quieren introducir el contacto íntimo en la psicoterapia, deberían someterlo a un escrutinio directo, no añadirlo discretamente en los protocolos sobre el MDMA. Estas vagas recomendaciones debilitan los límites de la protección y son alarmantes al aparecer en un documento que da forma a las normas de la terapia psicodélica en su conjunto, especialmente después de que un destacado terapeuta elegido para un ensayo clínico de gran repercusión acabara enfrentándose a acusaciones de abuso de su paciente.

Mientras tanto, el libro de Michael Pollan “Cómo cambiar tu mente” no habla de ninguna de las historias de abuso de la terapia con LSD u otros psicodélicos. Pollan dedica una atención limitada al MDMA, a pesar del impacto del escándalo Ingrasci, y hace una distinction entre el MDMA y otras drogas, a pesar de que los líderes de la terapia psicodélica suelen utilizar todas estas drogas con los pacientes, a menudo combinadas. Pollan describe el MDMA sólo en términos positivos, como «una droga famosa por su capacidad de romper las barreras entre las personas y fomentar la empatía», como si esto fuera siempre algo bueno. A veces esas barreras están ahí por un motivo.

Mi experiencia con el abuso en la terapia psicodélica

No conocía nada de esta historia cuando hice terapia psicodélica en los años 90 con un psicoterapeuta licenciado en el San Francisco underground, Aharon Grossbard, y estuve en talleres y formaciones con Grossbard y su mujer, Françoise Bourzat. Yo no buscaba sustancias psicodélicas, pero Grossbard los fomentaba como tratamiento. Me dijo que las drogas eran seguras: no mencionó los riesgos, no advirtió que todas las drogas tienen inconvenientes y no alertó sobre el abuso en la terapia. Como resultado, fui repetidamente maltratado,me maltrataron repetidamente, cruzando los límites profesionales y con acercamientos físicos no permitidos. Más tarde hablé con otros pacientes que me dijeron que yo no era el único.

Mi experiencia tiene lecciones de advertencia para con la medicina psicodélica en general, porque Grossbard y Bourzat son hoy líderes en el campo, enseñando en el influyente Instituto de Estudios Integrales de California y en programas de formación de terapeutas a nivel internacional. Establecieron un estándar de funcionamiento para la terapia psicodélica en su conjunto, en el que ise incluye la importancia de admitir los errores y apoyar a los supervivientes cuando acuden. Un relato más detallado de mi experiencia puede encontrarse aquí; cuando envié a Grossbard y Bourzat los borradores de este ensayo y les invité a un diálogo, me contestaron que no habían hecho nada malo y contrataron a un bufete de abogados de San Francisco para que me amenazara con una demanda si se publicaba el ensayo; la disputa legal resultante retrasó su publicación un año).

Pollan entrevistó a Grossbard en Cómo cambiar tu mente bajo el seudónimo de «Andrei», y el retrato que hace Pollan no sólo es poco halagüeño, sino también inquietante. En un eco de las anteriores advertencias del investigador Sidney Cohen sobre los terapeutas especializados en psicodélicos, Pollan conoce a Grossbard pensando que podría consumir psicodélicos con él como guía, pero rápidamente decide no hacerlo. Grossbard, escribe, «me hizo querer correr en dirección contraria».

(Grossbard me confirmó que Pollan le entrevistó, y lo que dice «Andrei» es familiar a lo que yo y otros clientes hemos oído decir a «Aharon» Grossbard a lo largo de los años. Pero cuando le envié un borrador de este ensayo, su abogado respondió que «el Sr. Grossbard entiende que «Andrei» no pretende representar a una persona real, sino que es una figura ficticia». Sin embargo, Pollan es un galardonado periodista de no ficción; presenta a Andrei en Cómo cambiar tu mente escribiendo que «todas las personas que vas a conocer son individuos reales, no composiciones ni ficciones»).

Incluso después de todos estos años, Grossbard seguía siendo incapaz de reconocer que pudo haber maltratado a los pacientes. Pollan escribe:

«No juego al juego de la psicoterapia», me dijo [Grossbard], tan indiferente como un charcutero que corta y envuelve un sandwich tras un mostrador…. “Yo abrazo.  Les toco…  eso no se hace.” Se encoge de hombros como si dijera, ¿y qué?».

Grossbard sí le dice a Pollan que fue cuestionado por un paciente que dijo que lo maltrataba, pero Grossbard no dice que haya hecho nada malo, sólo que eso lo llevó a decidir «no trabajar más con locos». Pollan ve a través de Grossbard: «Le dije a Andrei que estaría en contacto. Pronto descubrí que el underground psicodélico estaba poblado de muchos personajes muy intensos, pero no del tipo al que yo sentía que podía confiar mi mente -o cualquier otra parte de mí.»

Al leer el retrato que hace Pollan de Grossbard como temerariamente seguro de sí mismo, seguí escuchando cosas que me resultaban familiares: Pollan le pregunta a Grossbard, ¿qué pasa si un paciente cree que está teniendo un ataque al corazón, y no es sólo su imaginación bajo la influencia de las drogas, sino real? Grossbard vuelve a encogerse de hombros y dice: «Lo entierras con todos los demás muertos». Me he encontrado con ese mismo «¿y qué?» muchas veces, mientras Grossbard sonreía y con un roce de sus manos y un encogimiento de hombros desestimaba mis esfuerzos para que escuchara lo negligente que estaba siendo como mi terapeuta.

Y la entrevista de Grossbard con Pollan reavivó preocupaciones más profundas. Estoy convencido de que los psicodélicos -potentes drogas de sugestión, potentes drogas disociativas- contribuyeron a aumentar mi vulnerabilidad como paciente de Grossbard. El MDMA es una famosa droga del amor que disuelve las defensas y la protección emocional; la psilocibina en dosis altas puede ser tan aterradora que corres a protegerte con el primero que te ofrece seguridad como un «guía»; y todos los psicodélicos perturban al “yo” normal y producen una apertura radical a la sugestionabilidad y la persuasión. Pero los terapeutas psicodélicos también consumen estas drogas, a menudo periódicamente durante muchos años. Sospecho que los psicodélicos pueden magnificar los propios problemas de los terapeutas: colocarte puede convencerte de que la elevación espiritual te da derecho a que quienes te rodean sean tus devotos y a la libertad de desatender la protección de los pacientes.

Más adelante, Pollan reconoce que los psicodélicos conllevan este riesgo de llevar a la gente a esos estados:

«Una de las muchas paradojas de los psicodélicos es que estas drogas pueden llevarte a tener una experiencia de disolución del ego que en algunas personas conduce de manera inmediata a una inflación masiva del mismo. Habiendo sido informado de un gran secreto del Universo, el receptor de este conocimiento se siente especial, elegido para hacer grandes cosas…. Para algunas personas, el privilegio de haber tenido una experiencia mística tiende a agrandar enormemente el ego, convenciéndolas de que se les ha concedido la posesión exclusiva de una llave del Universo. Esta es una excelente receta para crear un gurú. La certeza y la condescendencia para con los simples mortales que suelen acompañar a esa llave pueden convertir a estas personas en inaguantables».

Pero esto no es sólo una receta para crear un gurú: cuando se mezcla con el desequilibrio de poder entre el terapeuta y el paciente es también una receta para el abuso en la terapia. A pesar de que Grossbard culpó públicamente a su paciente y a quienes le daba toques de atención en su entrevista, Pollan sigue sin conectar los puntos: No se menciona el abuso en la terapia como un riesgo de los psicodélicos en Cómo cambiar tu mente. Conocer a uno de los principales formadores de terapia psicodélica del mundo desconcertó tanto a Pollan que se preocupó por su propia seguridad física, pero no mencionó lo que podría suponer para la seguridad de otros pacientes.

Al igual que muchos otros supervivientes, tardé en romper el hechizo de mis lealtades conflictivas hacia Grossbard. Las epifanías de las drogas fueron en ocasiones útiles, y los terapeutas también pueden ser amables y generosos, pero las cosas pronto tomaron un giro más oscuro. Después de que Grossbard me animara a usar sustancias psicodélicas en las sesiones de terapia, mi pensamiento crítico se inclinó hacia la «rendición» y el «dejarse llevar». Grossbard me dijo que ignorara mis crecientes temores sobre su comportamiento para que pudiera «atravesar» mi ego y mi mente racional. Creí que me había tomado cariño: Me sentía especial, elegido para ocupar un lugar privilegiado junto a su obra.

Me convertí en alumno de Grossbard y de su mujer, Bourzat, fui a sus talleres y asistí a sus seminarios. De repente tenía dos gurús, con los que nunca me había inscrito, reclutado bajo la poderosa influencia de las drogas. Me uní a un círculo secreto y clandestino de pacientes que se aferraban a ellos como si fuesen una salvación, los “viajes” causados por las drogas, a veces aterradores, reforzaban la necesidad de un refugio seguro que me hizo buscar terapia desde el principio.

La relación derivó en violaciones cada vez peores de los límites profesionales: quedarme en casa de Grossbard y Bourzat, hacer trabajos de jardinería y cuidar de sus hijos, salir a cenar y a un concierto, escuchar los chistes sexuales ofensivos de Grossbard, que me recibiera desnudo en su cocina una noche para decirme que no hiciera ruido. Me cogía la mano en las sesiones. Nos abrazamos y nos acurrucamos en el suelo de la oficina. Él y Bourzat me dijeron que me querían y que nunca me dejarían y que nunca más estaría solo. Era maravilloso, hasta que dejó de serlo.

Durante una sesión de terapia conversacional en su despacho, en la que no se utilizaron psicodélicos, Grossbard me tocaba de forma que yo percibía como sexuale incluso después de que me quejara: Me abrazó de frente, con mis piernas rodeando su cintura, sentado en su regazo con mis genitales sobre los suyos. Los tocamientos no me parecían correctos (desde luego no los sentía «nutritivos»). Así que le dije: «Esto parece ser sexual». Me rechazó diciendo con firmeza: «No, no lo es», y continuó. (La ley de California define el contacto sexual entre el terapeuta y los clientes como el contacto con ropa de las nalgas con la ingle. Yo nunca, ni entonces ni antes, había consentido ningún abrazo de este tipo con Grossbard). Echando la vista atrás, me pregunto si me estaban preparando para un contacto más íntimo.

Grossbard hizo todo esto presumiblemente porque estaba convencido de que sus poderes espirituales de curación le daban derecho a no atenerse a las reglas como terapeuta, exactamente de lo que presumía en su entrevista con Pollan.

Tras tomar psicodélicos dos veces más después de esto, quedó claro que mis problemas emocionales no se iban a resolver con un curso de terapia que incluyera drogarse, sentir que has descubierto un conocimiento secreto y visitar a un terapeuta que se acurruca contigo y te dice que te quiere. Parecía que Grossbard no tenía nada más que ofrecer.

Empeoré, llegando a un punto de crisis en el que los estados espirituales inducidos por los psicodélicos no pudieron tapar. Mi angustia persistió y me convertí en una molestia para Grossbard. Caí en desgracia: menos atención, menos invitaciones y ya no me sentía especial. Me dejaron de lado. Con ese mismo encogimiento de hombros que Pollan había encontrado tan inquietante, Grossbard me dijo que mi espiral descendente era sólo un fracaso personal mío. Para superar mi crisis tenía que rendirme, dejarme llevar y tener una fe incuestionable en los psicodélicos, y en él. Me remitió a otro médico, un estudiante devoto que me recomendó drogas aún más potentes.

La traición de Grossbard fue devastadora. Sin el apoyo íntimo del que había dependido tan profundamente, me derrumbé, dejé la escuela y mis programas de formación y destruí mi vida. Me sumí en una crisis emocional extrema e ingresé voluntariamente en una residencia de salud mental donde estuve debilitado durante meses. Ni Grossbard ni Bourzat se pusieron en contacto conmigo para ayudarme.

Eso fue hace más de 15 años. Entonces se publicó el libro de Michael Pollan. Para dar sentido a lo que me ocurrió, conocí a otras personas dañadas por los psicodélicos, también a gente que decía haber sido perjudicada por personas formadas por Grossbard y Bourzat, y tuve más conversaciones con la mujer del ensayo MAPS de Canadá que estaba estudiando los patrones de maltrato en el mundo de los psicodélicos. Después de hablar con más de 10 antiguos pacientes y colegas de Grossbard y Bourzat, llegué a la conclusión de que yo no era el único perjudicaado, y de que sus colegas terapeutas de San Francisco habían permitido, aparentemente, este comportamiento durante décadas.

Grossbard había sido multado por la Junta de Ciencias del Comportamiento de California por conducta no profesional en el año 2015. Pero también hay una demanda del 2000 contra Grossbard y Bourzat que no estuvo disponible hasta que un amigo la recuperó de los tribunales de San Francisco. La demanda alega agresión sexual, fraude, negligencia profesional y otras 12 vulneraciones por parte de un cliente de Grossbard y Bourzat que dijo que Bourzat tuvo sexo con él. La demanda apunta a patrones que me resultan inquietantemente familiares. Tanto Grossbard como Bourzat negaron todas las acusaciones de la demanda. Puedes leer la demanda aquí.

En la demanda, su ex paciente alega que Grossbard y Bourzat le administraron psicodélicos sin proporcionarle información sobre los riesgos de tomarlos. Alega que Bourzat inició una relación sexual de cuatro años «que no se limitó a besos, abrazos y caricias» y al contacto con partes íntimas del cuerpo, incluyendo «órganos sexuales, ingle y nalgas… Bourzat le dijo [al demandante] que sus besos eran terapéuticos. Bourzat animaba y permitía que [el demandante] la besara, así como que lo besara a él… En al menos una ocasión Bourzat le dijo a [demandante] que su amor lo curaría y que era afortunado de tenerla como terapeuta. Bourzat le dijo [al demandante] que nunca le abandonaría….» El demandante dijo que se encargaba de cuidar a los niños y de la jardinería y que se quedaba en la casa de Grossbard y Bourzat. En la demanda también se afirma que el cliente sufrió «humillación, sufrimiento mental y graves trastornos emocionales» como resultado de los seis años de tratamiento por parte de Bourzat y Grossbard.

Hablé con un antiguo colega de Grossbard y Bourzat que dijo que conocía personalmente al demandante: me dijeron que la demanda se resolvió después de que Grossbard y Bourzat hicieran un gran pago en efectivo. Dijeron que las acusaciones eran de hecho ciertas, que Bourzat tuvo relaciones sexuales con el cliente, y que incluso Bourzat les había pedido que presionaran al cliente para que retirara la demanda. El colega también me dijo que Bourzat tuvo contacto sexual con otros dos pacientes. Y otros tres antiguos colegas de Grossbard y Bourzat corroboraron este relato: Me dijeron lo mismo, que las acusaciones de la demanda eran ciertas, que Bourzat tuvo relaciones sexuales con el paciente que presentó la demanda, y también con dos pacientes más.

Bourzat dijo a sus pacientes y estudiantes que era una terapeuta acreditada, lo que suponía legitimidad y responsabilidad en su trabajo. Bourzat había obtenido un certificado en la terapia Hakomi -una escuela de San Francisco estrechamente vinculada a los psicodélicos a la que Grossbard y Bourzat animaban a todos sus estudiantes a inscribirse (el manual de tratamiento del MDMA de MAPS incluye a Hakomi junto a métodos como la Respiración Holotrópica). Pero tanto la presidenta del Instituto Hakomi como su antiguo director me dijeron que hace décadas, antes de que yo la conociera, Bourzat fue descubierta cometiendo lo que describieron como «múltiples violaciones éticas», y su certificación terapéutica fue revocada incondicionalmente sin posibilidad de restitución.

Lo más importante es que la pérdida de la certificación de Bourzat por violaciones éticas nunca se dio a conocer, porque el Instituto Hakomi nunca se molestó en informar al público sobre ello. Otras instituciones de supervisión de credenciales publican abiertamente los detalles de las medidas disciplinarias, pero los pacientes, los empleadores y los miembros de la comunidad (y periodistas como Pollan, que respaldó públicamente el libro de Bourzat) no pudieron enterarse de que Bourzat estaba falseando su imagen. Se limitó a ignorar la decisión del Instituto y continuó presentándose a sí misma en público como terapeuta certificada (incluso en su libro y en su sitio web, Amazon, Barnes and Noble, la página de la facultad del Instituto de Estudios Integrales de California y otros lugares). Este año, décadas más tarde, el Instituto Hakomi amenazó con emprender acciones legales tras una denuncia, y como resultado, Bourzat dejó de describirse a sí misma como certificada en Hakomi, y ahora dice a la gente que está «formada en Hakomi».

Y aparentemente esta no fue la única forma en que los terapeutas protegieron a Grossbard y Bourzat. Yo mismo estaba inscrito en la formación Hakomi de San Francisco cuando mi relación con Grossbard se estaba deteriorando, y acudí a una de mis profesoras Hakomi en busca de ayuda y le hablé del maltrato sexual de Grossbard. Ella no lo denunció, ni me ayudó, ni me aconsejó qué hacer. Sólo más tarde me enteré de que esta profesora de Hakomi también era una aprendiz de psicoterapia supervisada por Grossbard (y había compartido oficina con él).

Años más tarde, en el marco de la redacción de este ensayo, le pregunté a la profesora qué había pasado: Dijo que no lo recordaba y rompió el contacto, diciendo que mis correos electrónicos eran «agresivos» (juzgue usted mismo aquí). Mi queja posterior al Instituto Hakomi fue desestimada, y cuando envié un borrador de este ensayo para que lo revisaran e invitar al diálogo, el Instituto me envió una carta amenazando con demandarme -firmada por la misma profesora de la que me había quejado originalmente. Más tarde me enteré de que, durante todo este tiempo, la profesora seguía manteniendo una relación profesional con Grossbard y Bourzat, figurando como asesora formal en la escuela que habían fundado (la lista ha sido eliminada desde entonces).

El Instituto Hakomi defiende prácticas de psicoterapia en todo el mundo y, como modalidad de tratamiento muy recomendada como parte de la terapia psicodélica, está bien situado para ganar aún más influencia global -y ganancias- a medida que la terapia psicodélica se vuelva legal. El hecho de que no pudieran reconocer que habían hecho algo poco ético en la respuesta que me dieron sugiere un peligroso precedente: no tomarse en serio las denuncias de mala práctica, intimidar a los denunciantes con amenazas legales e introducir conflictos de intereses en la resolución de las quejas. (Y he visto el resultado directo: una clienta que dice haber sido perjudicada por un terapeuta certificado por Hakomi y aprendiz de Grossbard me dijo que, después de saber cómo me respondieron, no confiaría en el Instituto por motivos éticos).

También empecé a escuchar más sobre dónde Grossbard y Bourzat podían haber aprendido algo de todo esto: de sus propios maestros. Se formaron con Pablo Sánchez, un trabajador social licenciado y terapeuta psicodélico underground, y Grossbard estudió con el maestro de Sánchez, Salvador Roquet, un psiquiatra y destacado investigador de la terapia psicodélica. Un colega cercano de Sánchez me dijo que Sánchez tenía relaciones sexuales con muchas de sus pacientes de terapia, lo cual era sabido por estudiantes y colegas. Al parecer, Roquet se consideraba a sí mismo tan importante que no veía ningún problema en someter a los pacientes con altas dosis de múltiples psicodélicos, imágenes explícitas de violencia y pornografía, privación del sueño y música caótica a todo volumen para destruir sus defensas y luego reconstruir sus personalidades (lo cual tiene similitudes con las técnicas de control mental con drogas: Roquet incluso torturó al activista estudiantil Federico Emery Ulloa con psicodélicos a petición del gobierno mexicano). El formato de las sesiones psicodélicas grupales de Grossbard y Bourzat lo aprendieron de Sánchez y Roquet.

La disertación de la escuela de Grossbard respalda con entusiasmo la terapia de Roquet y Sánchez. Grossbard escribe: «Se empuja a los participantes hasta sus límites con el fin de ayudarles a ver con mayor claridad sus miedos y bloqueos y a atravesarlos rindiéndose y permitiendo la desintegración de los patrones intelectuales y racionales con los que se relacioan con la realidad.» La rendición incuestionable está implícita mientras los pacientes pasan por una cadena de montaje para destruirlos y reconstruirlos. Cualquier desafío o crítica son sólo «bloqueos» y «patrones racionales». La palabra «consentimiento» no se encuentra en ninguna parte de la disertación de Grossbard, y mucho menos en ninguna discusión sobre el abuso en la terapia. ¿Otro alumno y colega cercano de Roquet que avaló su método? Richard Yensen, el terapeuta de MAPS que describe casualmente el abuso sexual en YouTube.

Mirando al futuro

A pesar de mi propio encontronazo con el abuso de la terapia psicodélica, creo que es bueno abandonar la guerra contra las drogas. También me anima, hasta cierto punto, que algunas personas elijan los psicodélicos como una opción más segura que las drogas psiquiátricas tradicionales, como parece que está ocurriendo con el cannabis. Pero al igual que el uso del cannabis legal está siendo tergiversado por enormes intereses comerciales, hacer que los médicos, terapeutas, compañías farmacéuticas y empresarios capitalistas estén a cargo de quien se puede tropezar con psicodélicos legales plantea nuevos peligros. El bombo publicitario y el periodismo entusiasta como el de Pollan probablemente alimentarán otro ciclo de especulación de la industria psiquiátrica, con altas expectativas de soluciones rápidas que finalmente se estrellarán contra una realidad más complicada. Y si la historia del abuso de la terapia psicodélica permanece oculta, la mala práctica de los principales maestros en el campo no se cuestiona, y los sobrevivientes se quedan sin apoyo, aún más pacientes se verán perjudicados.

La despenalización controlada por la comunidad, y no la medicalización o la legalización comercial total, es un mejor camino para acabar con la guerra contra las drogas sin entregar el poder a los cárteles profesionales y farmacéuticos. La gente debería poder cultivar y compartir plantas para uso personal, obtener permisos para fabricar sustancias como la ketamina o el LSD, o unirse a iglesias en las que los psicodélicos sean sacramentos. Del mismo modo, tomar psicodélicos de forma segura dependerá de las comunidades locales: Necesitamos una supervisión activa de la comunidad y responsabilidad desde la base, porque ni los terapeutas, los profesionales o las farmacéuticas -y mucho menos el sistema de justicia penal- van a hacerlo por nosotros (incluso con todas las promesas de regulación y alternativas al control). Eso significa manifestarse, y no quedarse callado y dejar la seguridad en manos de los expertos.

Cuando el maltrato no se reconoce en privado, el siguiente paso es hablar públicamente; de lo contrario, iremos formando parte del mismo «velo de silencio» que el historiador del LSD Novak observe en la década de 1950. Esto significa también hablar de las comunidades que han permitido el abuso, y hacer que los procesos de justicia transformadora sean una parte habitual de nuestras vidas.

Las revelaciones místicas de los psicodélicos pueden aliviar nuestro sufrimiento, pero, como señaló el psicólogo William James, no significan nada si nos dejan con miedo a tomar posiciones morales. Lo que se necesita por encima de todo es que las comunidades se den cuenta de que tenemos que cuidarnos los unos a los otros en un mundo cada vez más caótico, y eso significa que todos tenemos un interés compartido en sostenernos los unos a los otros, y a nosotros mismos. Y cuando el conflicto se hace público, hay que seguir el ejemplo de la verdad no violenta del Dr. King: sustituir el tribalismo y la política de la indignación del nosotros contra ellos por el respeto mutuo y la invitación al cambio, no la ofensa y la búsqueda de chivos expiatorios. Nadie está más allá de la redención, y una vez que los caminos de vuelta sean más claros, será más probable que los terapeutas admitan sus errores y comparezcan, los colegas podrán sentirse más libres para romper lealtades, y la terapia en su conjunto podrá crear más formas de apoyar a los pacientes que han sido dañados.

El clarividente Mundo Feliz de Aldous Huxley anticipó la desastrosa aceptación actual de las drogas farmacéuticas que alteran el estado de ánimo; también advirtió que los estados de éxtasis generados por los psicodélicos podrían convertirse fácilmente en un medicamento más en el arsenal para adaptarse a una sociedad distópica. En cambio, lo significativo de los psicodélicos es cómo inspiran nuestra necesidad primitiva de rituales de curación en comunidad y de verdadera solidaridad amorosa, lugares donde podemos liberar nuestras emociones y abrir nuestros corazones al anhelo de conexión espiritual con los demás. No con expertos, ni con profesionales, ni con sanadores que se sitúan por encima de los demás. Superar el miedo y el aislamiento entre nosotros es el camino hacia nuestra verdadera salvación. Y no hay ninguna píldora para eso.

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Nota del editor: «Este ensayo fue actualizado a partir de una versión anterior para corregir la información sobre John Weir Perry».

 

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