Reseña de “El quinto principio. Experiencias de lo innombrable”, de Paul Williams

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El quinto principio. Experiencias de lo innombrable es un breve libro que analiza los desoladores primeros años de vida del propio autor, el psicoanalista británico Paul Williams. 120 páginas descarnadas que no son ni una autobiografía ni un caso de estudio. De hecho no dispongo en mi bagaje lector ninguna obra con la que pueda establecer una analogía. Se trata, al menos para mí, de un texto único.

Paul Williams recorre su infancia analizando las circunstancias extremas en las que se crió. Compagina sus recuerdos (sorprendentemente precisos) con una serie de reflexiones que cumplen una doble función: contextualizan esa historia individual a la vez que la enlazan con un pensamiento mucho más amplio que afronta el sufrimiento psíquico humano. Y esa es la gran aportación de El quinto principio, algo inherente a esas obras que calificamos “clásicos”: establece una unión íntima y fértil entre una narración concreta y cuestiones que afectan a la propia condición humana. [Porque no nos engañemos, la locura forma parte innegable de dicha condición].

Jorge Tizón, director de la colección donde ha salido el título y prologuista de la obra señala que: “Publicamos, pues, este libro para ayudar a pensar en la propia experiencia a adultos diagnosticados de psicosis o esquizofrenia”. Esa es la función de las narraciones en primera persona, y en especial de aquellas narraciones protagonizadas por sujetos que han conseguido sobreponerse al dolor (quien lea el libro podrá comprobar la descomunal distancia que separa el punto partida vital del protagonista de la escritura de una obra tan deslumbrante como esta). Sin embargo, este libro va más allá. Se centra en los primeros años de la existencia, ofreciendo una radiografía precisa de los mecanismos que se fueron instalando poco a poco en la cabeza del autor. Este ejercicio de introspección y memoria no es habitual que encare unas edades tan tempranas, y de ahí la riqueza que desprenden las páginas del libro. Se lanzan puentes transitables entre las “desconexiones” de los adultos y los conceptos e ideas con las que fueron alimentados dichos adultos en sus infancias. Por eso, el que la historia que se cuente sea terriblemente extrema no hace que no nos resulte familiar y no podamos aprender de ella (“La mente en cuestión, en la medida en la que se asemeja a otras mentes, hablará al lector de manera tal que le resulte familiar, aunque algunas de las cosas sobre las que se escribe puedan parecerle extrañas”, tal y como se indica en el prefacio). Y eso inquieta… remueve al lector, le incomoda, le arrastra por un lodazal de miseria humana.

No se trata de una lectura sencilla. Es dura. Tanto por el uso de un lenguaje poético (¿cómo abordar si no esas “experiencias de lo innombrable” a las que hace referencia el subtítulo del libro?), como por las propias cosas que se cuentan. No hay nada que se pueda parecer a una linealidad aséptica. Los ocho primeros capítulos te zarandean (Recuerdos, Equivocado, Escuela, Maldad, Mentiras, Hambre, Drogas y Asesinato), pero el noveno, El quinto principio, coloca todo en su lugar. Es entonces cuando toda la lectura previa, incluidos excursos casi oníricos, cobra aún si cabe más sentido.

Este libro es una lectura obligada para padres (sí, así dicho, en el sentido más amplio de la palabra), profesionales del ámbito de la salud mental, profesionales que trabajen con menores, personas diagnosticadas y supervivientes varios. Y su autor es un tipo al que sin duda alguna deberíamos expresar una enorme gratitud.

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