¿Qué es la salud mental?; de Franco Rotelli

 

 

Texto publicado originalmente en 2006 // Rotelli falleció el 16 de marzo de este mismo 2023 en Trieste, Italia.

Puede que la salud mental sea lo contrario de la locura. Por lo que a mí respecta, no concibo que ser loco signifique otra cosa que tomarse a uno mismo mucho o demasiado (o del todo) en serio. Si es lo contrario, entonces, la salud mental no puede sino identificarse con el ejercicio de la vacuidad, de lo insignificante: en síntesis, la máxima realización de la mala fe y de someterse la obtusa chatura de la inercia.

Por suerte, entre estos dos extremos hay una razonable dosis de angustia que casi todos llevamos dentro y una razonable dosis de estupidez y de mentiras que impide que la primera derrumbe nuestro inestable equilibrio. Un equilibrio hasta qué punto deseable, hasta qué punto mediado, establecido por un un contrato social que, medido en mercancías y productos, constituye nuestra formación mercantil que todo lo anula y que decide entre inclusión y exclusión.

La verdadera pregunta, entonces, es cuándo y por qué la producción de sentires (y un hacer compartido asociado a estos) es posible, creíble, está dedicada a un fin que no sea la mercancía.

El socialismo real nos ha enseñado que lejos de las mercancías está el engaño, la iliberalidad, la institucionalización de un poder abstracto hecho de ideología que se convierte en concreta y omnipresente violencia: el Estado.

Cabría imaginar que la salud mental esté allí donde un sujeto puede existir con otros, donde puede expresarse a través del lenguaje, hablar de sí mismo con diferencias aceptables, constituirse por elementos parcialmente singulares y parcialmente comunes. Constituirse y ser constituido en ese punto en el que inclusión y exclusión se tensan y se ponen en riesgo una a la otra, en ese límite donde otros puedan sujetarte, donde tú mismo puedas sujetarte y sea posible encontrar juntos un común sentir, una praxis común, un proyecto entrelazado.

Si es verdad que sólo el lenguaje nos puede salvar, si es verdad que en la locura hay, no sé si una elección, pero cierta complacencia, un mimo continuo, una seducción sufrida, un coqueteo con los bucles, una identidad extrema con-tal-de-que-haya-una, el otro se hace más decisivo aún para tu futuro. Y si sólo el otro puede salvarte de ti mismo, puede mantenerte de este lado, puede quizás empujarte al otro lado o dejarte, abandonado y náufrago, desconectado, entonces esto es lo único de lo que es útil hablar.

Mucho más no sé. Sé además que, cuando se cruza el límite, el contrato social estipula que alguien debe, por profesión y servicio, por cometido estatal, ocuparse de ti de alguna forma. Y hemos visto lo que puede pasar ahí y vemos cada día lo que pasa y lo que se corre el peligro de que pase: cómo en ese lugar se puede cimentar la exclusión, cómo se puede juzgar tu no-salud y objetivar la enfermedad (siendo necesario también ser conscientes de que quizá sea mejor estar “enfermos” que endemoniados u otra cosa parecida, albergando la duda razonable de que tal vez es mejor que de ti se ocupe un llamado médico en lugar de un llamado exorcista y que quizá sea mejor un hospital que el exilio a las afueras del pueblo).

Se tratará de entender mejor si a partir de ahí es posible volver a tejer los hilos de la inclusión o solo aumentar la carga de una una exclusión demasiadas veces irreversible e irrevocable, sustentada por profesiones y servicios especializados.

Si está claro que salud y enfermedad coexisten a menudo en el cuerpo y en el alma, si cuesta determinar dónde empieza una, la salud, y dónde se aferra la otra, la enfermedad, resulta difícil escapar a la sensación de que las palabras no nos sirven de nada para hablar de lo que realmente ocurre. La inadecuación de la palabra tiene que ver con su naturaleza racionalizadora, que justamente no se adecua a las peculiaridades de lo irracional. Utilizar el lenguaje para entrar en la locura es como utilizar una cinta métrica para medir un líquido. Pero, ¿es entonces el lenguaje adecuado para hablar de lo que es la salud de la mente?, ¿de qué ingredientes se nutre una mente con salud?, ¿y salud a los ojos de quién? ¿Los de otros que me observan y me juzgan o los míos, que me dirijo en el sueño y en la vigilia para hacer frente a las amenazas guerreras que a diario me arrinconan y así tratar de mantenerme con salud?

Y, por otro lado, la secesión del mundo que es la exclusión incorporada, la agresión interiorizada y autovalidada, ¿será la señal extrema de la locura o más bien el último resquicio de salud mental, defendido a ultranza y contra toda evidencia?  (Habría que preguntarse entonces sobre este extraño destino: si uno está realmente destinado a pasarse el tiempo defendiéndose de la «competencia»).

Pero la verdadera cuestión sigue siendo si tiene algún sentido preguntarse qué es la salud o la enfermedad mental dentro de una organización social que decide qué es una cosa y qué es la otra. El control social casi total, desde la familia hasta el sistema sanitario o social, hace que el “hacerse cargo” del supuesto trastorno mental, el juicio sobre el empeoramiento de la salud mental de un individuo, sean por lo general precoces y fulminantes. Salud mental podría ser sentirse libres de la competencia, de la necesidad de producir más y mejor, del riesgo de exclusión por inadecuación a las leyes del mercado (que pueden incluir saber pescar, cazar, tener conocimientos de literatura y de teatro, ser sonriente e ingenioso, saber cantar y bailar, derrochar iniciativa e imaginación, ser desenvuelto y sumiller, estar en forma y al día, informatizado y musculoso y, en todo caso, ser productor de cualquier mercancía de moda). Salud mental podría ser la infinita diversión de reconocernos al fin todos diferentes y no por ello desiguales (no quiero ir a buscar a la biblioteca si el hecho de que diversidad y diversión compartan la misma raíz tiene alguna razón de ser, simplemente lo pienso y me gusta).

Por el contrario, ¿qué establece en concreto esta mortífera equivalencia entre salud mental y homologación sino nuestro miedo a perdernos al no sentirnos reconocidos por nuestros homólogos? Hasta la literatura, el arte, la comida, la poesía, el teatro se han vuelto meros productos de consumo, objeto de fútiles conversaciones como las que versan de la calidad de las cremas de belleza o de un stock de ropa de marca. El pensamiento propio ya no existe como algo reconocible, es objeto de ironía en el mejor de los casos, convertida la transformación del mundo en un concepto vacío de personas e ideas. Si el único proyecto compartido es el Desarrollo (y el consumo), ahí se situará entonces el indicador de salud mental o, en el mejor de los casos, en la casita de la Toscana donde se cultiva la huerta y el guisante de olor, pero nunca donde el esfuerzo de vivir constata su riesgo y su finitud, donde descubre al hombre en su infinita miseria y sin embargo asume su carga.

La evidente obviedad de lo que estoy diciendo tiene la singularidad de no ser reconocida por el noventa por ciento de las prácticas de quienes se dedican profesionalmente a la producción de salud mental. Las ciencias ‘psy’ se desplazan a otros lugares y organizan pensamientos, modelos, prácticas y conceptos de una naturaleza completamente distinta, superponiendo un autor a otro autor en un largo monólogo sin fin, un soliloquio poderoso porque constituye corporaciones de poder-saber, porque es mercancía que se acumula y capital que se reproduce, sin verificación ninguna, gratuito, en su mayoría autorreferencial, intocable gracias a los consensos cruzados.

La psiquiatría ha sido (y es todavía en varios lugares) una suerte de instrumento del terror entendido como anulación y atribución de una identidad insoportable.

“Basagliano” será entonces el pensamiento sensato (hoy en día inencontrable), un actuar inspirado en una mínima ética, la práctica decente de las instituciones y de los institutos, una acción dotada de ese mínimo de crítica a la vacuidad científica instituida por las Sociedades especializadas cuyo sumun es la Psiquiatría Forense, la desinstitucionalización del prejuicio, la relativización de todo juicio, el respeto de ese tomarse tan en serio, derribando así quizás sus muros, por un anhelo de democracia que pueda reducir de algún modo la obligación de la mala fe como única defensa contra la locura.

Esto nos permitirá tener proyectos autónomos, tener socios en esto, cómplices aquí y allá, construir junto al otro una frase de la que no conocíamos más que algunas palabras, alguien o algo que no se canse de tu discordancia. ¿Y si fuéramos incluso capaces de construir al otro como un valor? Quizás nosotros (los psiquiatras) empezaríamos entonces a hacer nuestro trabajo. Siempre será tarde.