Mi consulta de salud mental es un tenderete

A veces hacemos entradas sesudas, traducciones, reflexiones que buscan actualizar nuestra crítica en este u aquel contexto. Este no es el caso. Aquí solo compartiremos una sensación muy concreta que muchas personas que pasan por el sistema de salud mental quizás hayan experimentado y a la que nosotras creemos que no se le da la importancia debida: la abrumadora presencia de merchandising farmacéutico en las consultas.

La gente de No Gracias se dedica con mayor profundidad a estos temas, en sus entradas hay análisis imprescindibles sobre la incidencia de los mercados en la salud pública y recomendamos su web a nuestras lectoras y lectores. Pero como ya se ha señalado, lo que queremos hacer es otra cosa mucho más simple. Trasmitiros y poner en común la sensación que uno tiene cuando está en una consulta psiquiátrica rodeado de publicidad de psicofármacos. Ese algo cutre y destartalado que caracteriza a la inmensa mayoría de los servicios públicos de salud mental (y que por lo que hemos comprobado quienes llevamos Primera Vocal, se da a lo largo y ancho de la geografía estatal), la provisionalidad de un espacio en donde nadie ha pensado en la persona que acude. Nadie.

En una de las últimas visitas a una consulta psiquiátrica pude quedarme a solas unos minutos. Escruté el pequeño cubículo. Ordenador de sobremesa HP, impresora, folios, una chaqueta doblada, el bolso colgado (un gesto de confianza) y un cuadro con un desportillado marco de pan de oro que reflejaba una calle de algún pueblo pintada por una mano advenediza. Todo lo demás que pude ver tenía que ver de alguna u otra manera con la industria farmacéutica. No se trata de ninguna novedad dentro de mi propia historia con el sistema de salud mental, pero esta vez me chocó más que de costumbre: la persiana ladeada y sujetada con una pinza metálica, las manos de pintura superpuestas haciendo del gotelé una geografía amenazadora e imposible a la vez, la ventana de aluminio cercada por cicatrices cubiertas de aguaplast… sumado a toda esa basura que hace de un supuesto espacio de seguridad y confidencialidad un mercadillo.

Bendito sea el cuadro de la calle de algún pueblo (castellano, me atrevería a decir). El ratón, la alfombrilla del ratón, el calendario plastificado bajo el teclado, las cubetas de los bolis, los bolis, los subrayadores, el calendario plegado con espiral, las notas adhesivas, los pósters (todos con sello de alguna farma), los libros de la mesa (eran tres, y pude ver logos en dos de ellos, el tercero estaba escorado)… Otro tanto en las estanterías, donde había hasta varias tazas. Cachivaches y baratijas que rodean y asedian al usuario (“paciente”, nunca mejor dicho: Dicho de un sujeto: Que recibe o padece la acción del agente).

La cuestión es que entendemos la lógica mercantil (a la vez que la despreciamos y creemos que entorpece cuando no boicotea directamente la asistencia pública) por la cual las empresas farmacéuticas de cada sector financian investigaciones y patrocinan eventos. Es despreciable, pero es racional en términos financieros, en réditos puros y duros. Pero lo demás, esta exhibición de sus logos en chucherías que atestan el quiosco donde acudimos para recibir una supuesta atención especializada, ¿qué sentido tiene? ¿No pueden los psiquiatras pagarse el material de oficina?, ¿no puede pagárselo el ministerio de Sanidad?, ¿es necesario que te apunten una cita o la referencia de algún trabajador social en un post-it que lleva el nombre del fármaco aquel que casi te arruina la vida?

Si ya no por criterios éticos, que son los que sin duda deberían de primar, las autoridades sanitarias deberían prohibir este tipo de obsequios por una cuestión estética.  Aparte de que no tiene ningún sentido adecuar así un espacio supuestamente terapéutico (dejémoslo en asistencial). Los psiquiatras pueden llevarse toda esa morralla a sus casas, y usar material neutro en los despachos, como cualquier oficinista de estas latitudes. Ni siquiera son cosas caras, básicamente es mierda pintada de colores que agrede visualmente, que resta seriedad al señor o la señora que tienes delante, a la institución que te atiende y a su ya maltrecha disciplina. Lo único que se puede pensar cuando un médico no es capaz de escribir con un bolígrafo transparente de toda la vida es que habitamos un escenario donde no se trata ya tanto de que los mercados tengan influencia en la salud pública, sino que la consulta es en sí misma un puesto más dentro de esos mercados. ¿Qué confianza puede tramarse en esas condiciones?

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