Materiales sobre cárcel y salud mental

Un compañero nos ha facilitado las dos guías que adjuntamos sobre salud mental y cárcel.

La primera de ellas es una especie de manual con tintes de autoayuda editado por el ministerio del interior español el año pasado, en el 2011. Recomendamos echarle un vistazo para que cada cual saque sus propias conclusiones. Desde luego, nosotros creemos que la relación entre dolor psíquico, encierro y orden social es ligeramente más compleja y jodida que la que se apunta en las actividades descritas dentro de sus páginas.

Guía Promoción Salud Mental Medio Penitenciario

La segunda tiene un mayor interés para entender el ordenamiento interno de los centros penitenciarios en lo que respecta a la salud mental, así como para poder comparar lo que es el modelo ideal planteado sobre el papel y la terrible realidad a la que se enfrenta la gente privada de libertad. En un sentido crítico y práctico, el documento titulado Aspectos ético-legales de la salud mental en prisión que viene en la guía es un referente para emprender un necesario análisis de cómo se gestiona la salud mental en los talegos -ahí queda el reto planteado-.

Guía atención primaria salud mental prisión

Por nuestra parte, y como apunte, nos gustaría señalar que el despliegue del aparato psiquiátrico en un espacio en el que las personas están privadas de libertad (las palabras que siguen podrían aplicarse también a los centros de menores cerrados, y en cierta medida a muchas residencias donde se aparca a un número considerable de ciudadanos que no cumplen con el patrón de normalidad impuesto – y que pueden ser desde ancianos a autistas, pasando por gente con deficiencias mentales diagnosticadas-) no es sino la quintaesencia de cuanto sucede fuera de los muros, y por tanto, un lugar privilegiado para ver sin filtros ni maquillajes (a no ser que sean tan burdos como la primera de las guías comentadas) el ejercicio del poder a través del diagnóstico (cuando lo hay) y la medicación.

Si uno contempla la cantidad de reclusos que ingieren psicofármacos, en seguida puede realizar al menos dos razonamientos más o menos extremos: el primero sería el más automático, y consistiría en pensar que la realidad carcelaria es tan jodida que las drogas (legales en este caso) son necesarias para soportarla; el segundo se ceñiría a los hechos concretos, y debería concluir que una cárcel entonces no es una cárcel (un espacio de reclusión), sino un psiquiátrico, dado que su población está inmersa en un océano de patologías mentales. Si se aceptara este último, cualquier resquicio ético debería argumentar que las cárceles deberían dejar de serlo y mutar en centros terapéuticos (sin entrar a valorar la falta de libertad que existe en estos). Si aplicamos el sentido común y tratamos de conjugarlo con los conocimientos reales y empíricos que tenemos de cómo es el día a día en la cárcel, es posible dar con un razonamiento más pegado a lo real… en efecto, la vida en la cárcel es una mierda y las posibilidades de sufrir psíquicamente son mayores (al igual que tiene más papeletas para que se le vaya la cabeza alguien en situación de precariedad económica y emocional, que una persona acomodada y rodeada por cierto tejido social), pero también existe una suerte de hibridación entre la imposición de la ley, el encierro, y la medicina, en este caso la psiquiatría. De esta manera, el diagnóstico psiquiátrico y la posterior medicación (aunque como ya hemos insinuado, el primero no siempre se da) funcionan no tanto como un remedio terapéutico (pues insistimos en que habría que admitir entonces que más que cárceles, el Estado tiene centro psiquiátricos encubiertos), sino como medida de contención de la población reclusa; y por tanto, y a la vista de todos los tratados humanitarios internacionales, de una forma de tortura. Al fin y al cabo, en esta segunda guía podemos leer que una de las características que definen al Trastorno de personalidad antisocial o disocial es la “irresponsabilidad consistente y falta de consideración de las reglas y normas”… ante lo cual nos preguntamos: ¿es una enfermedad desafiar una norma o una regla si la consideramos injusta?, ¿quién define un concepto tan escurridizo como la irresponsabilidad?, ¿lo es realizar una huelga de hambre para llevar a cabo una reivindicación o destrozar la celda como protesta frente a una agresión?, ¿eran unos “locos” todos los compañeros que han luchado en las cárceles para conquistar mejoras y visibilizar sus condiciones de encierro?… es más, ¿es posible que exista una medicación para esta “enfermedad” que no sea otra que proporcionar drogas y anular la voluntad y autonomía de quienes no se doblegan?

 


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