El enemigo está entre nosotros: cómo la desigualdad erosiona nuestra salud mental; de Kate Pickett

La desigualdad crea las divisiones sociales y políticas que nos aíslan a los unos de los otros.

Cuando se les pregunta a las personas qué es lo más importante para su felicidad y bienestar, tienden a hablar de la importancia de sus relaciones con familiares, amigos y compañeros de trabajo. Otorgan más importancia a su mundo íntimo y a sus relaciones personales que a sus posesiones materiales, ingresos o riqueza.

La mayor parte de la gente no se para a pensar que los elementos estructurales más amplios relacionados con la política y la economía tengan algo que ver con su salud emocional y bienestar en general, pero lo tienen.  Es sabido desde hace mucho tiempo que la desigualdad crea una amplia gama de problemas sociales y de salud que incluye desde una menor esperanza de vida y una mayor mortalidad infantil, hasta un bajo nivel educativo, menor movilidad dentro de la escala social y un incremento en los niveles de violencia. Las diferencias en estas áreas entre sociedades más o menos igualitarias son considerables y nos afecta a todos.

En nuestro libro Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva de 2009 (Edición en español publicada por Turner, título original: The Spirit Level: Why Equality is Better for Everyone) presentamos la hipótesis de que esto ocurría porque la desigualdad aumenta el concepto de clase y estatus social en nuestras mentes, haciendo que las comparaciones a nivel social nos afecten significativamente y que esto cree aún más distancias sociales y psicológicas entre las personas.

En nuestro nuevo libro Igualdad: cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo (Edición en español publicada por Capitán Swing, título original: The Inner level: How More Equal Societies Reduce Streess, Restore Sanity and Improve Everyone’s Well-Being) recopilamos evidencias sólidas que muestran que no estábamos equivocados: la desigualdad corroe el corazón de nuestro mundo más personal e inmediato y la desigualdad afecta a la gran mayoría de la población, de tal forma que se convierte en el enemigo entre nosotros. Lo que se interpone entre nosotros y los demás son las mismas cosas que hacen que estemos incómodos unos con otros, que nos preocupe cómo nos ven los demás y que seamos tímidos o nos sintamos mal en su compañía: todas nuestras ansiedades sociales.

En el caso de algunas personas, estas ansiedades se vuelven tan graves que el contacto social se convierte en un auténtico calvario y se retiran de la vida social. Los hay que siguen participando en la vida social, pero se ven acosados por la preocupación constante de no tener una conversación fluida o de parecer aburridos, estúpidos o poco atractivos. Lamentablemente, hay una tendencia en todos nosotros a pensar que estas ansiedades son nuestras propias debilidades psicológicas personales y que tenemos que ocultarlas a los demás o buscar terapia o tratamiento para intentar superarlas por nosotros mismos.

Pero una reciente encuesta de la Fundación para la Salud Mental reveló que el 74% de los adultos en Reino Unido estaban tan estresados en algún momento del pasado año que se sintieron abrumados e incapaces de hacer frente a la situación. Un tercio tenía pensamientos suicidas y el 16% se había autolesionado alguna vez en su vida. Las cifras eran mucho más elevadas en el caso de los jóvenes. En Estados Unidos, las tasas de mortalidad están aumentando, sobre todo entre hombres y mujeres blancos de mediana edad, debido a la «desesperación”: muertes por adicción a las drogas y al alcohol, suicidio y accidentes de tráfico. Una epidemia de angustia parece atenazar a algunas de las naciones más ricas del mundo.

La desigualdad socioeconómica es importante porque refuerza la creencia de que algunas personas valen mucho más que otras. Los que están en la cima parecen enormemente importantes y los que están en la base son vistos como si no tuviesen ningún valor. En las sociedades más desiguales llegamos a juzgarnos más por el estatus y nos preocupamos más por cómo nos juzgan los demás. Las investigaciones realizadas en 28 países europeos muestran que la desigualdad aumenta la ansiedad por el estatus en todos los niveles de ingresos, desde el diez por ciento más pobre hasta el diez por ciento más rico. Los pobres son los más afectados, pero incluso el diez por ciento más rico de la población está más preocupado por el estatus en las sociedades desiguales.

Otro estudio sobre la forma en que las personas experimentan el bajo estatus social tanto en países ricos como en países pobres reveló que, a pesar de las enormes diferencias a nivel de posesiones materiales, las personas que viven en la pobreza relativa tenían un fuerte sentimiento de vergüenza y autodesprecio, y se sentían fracasados: estar en la parte inferior de la escala social se siente de la misma forma independientemente de si se vive en el Reino Unido, Noruega, Uganda o Pakistán. El simple aumento del nivel de vida material no es por tanto suficiente para producir un verdadero bienestar o calidad de vida frente a la desigualdad.

Aunque parezca que la inmensa mayoría de la población se ve afectada por la desigualdad, la realidad es que respondemos de diferentes maneras a las preocupaciones que genera el cómo nos ven y juzgan los demás. Como mostramos en nuestro libro Desigualdad, una forma es sentirse agobiado y oprimido por la falta de confianza en uno mismo, tener sentimientos de inferioridad y baja autoestima. Todo ello conduce a altos niveles de depresión y ansiedad en las sociedades más desiguales.

Una segunda forma es alardeando de la propia valía y de los logros, ‘enaltecerse’ y volverse narcisista. Los síntomas psicóticos, como los delirios de grandeza, son más comunes en los países más desiguales, al igual que la esquizofrenia. Como muestra el siguiente gráfico, el narcisismo aumenta a medida que aumenta la desigualdad de ingresos, según las puntuaciones del «Inventario de Personalidad Narcisista» (NPI) obtenidas de sucesivas muestras de la población estadounidense.

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Fuentes: Desigualdad y Twenge et al, 2008

Una tercera manera de reaccionar es encontrar otras formas de superar lo que los psicólogos denominan el «miedo a la evaluación negativa» mediante las drogas, el alcohol o el juego, mediante la comida o adquisición de estatus y el consumismo exacerbado. Aquellos que viven en lugares más desiguales son más propensos a gastar dinero en coches caros y a comprar bienes de estatus. Y son más propensos a tener altos niveles de deuda personal porque intentan demostrar que no son «personas de segunda clase» poseyendo «cosas de primera clase».

La evidencia que mostramos en nuestro libro sobre el impacto de la desigualdad en el bienestar mental es sólo una parte del nuevo panorama. También discutimos dos de los mitos clave que algunos comentaristas utilizan para justificar la perpetuación y la tolerancia de la desigualdad.

En primer lugar, al examinar nuestro pasado evolutivo y nuestra historia como cazadores-recolectores igualitarios y cooperativos, disipamos la falsa idea de que los humanos son, por naturaleza, competitivos, agresivos e individualistas. La desigualdad no es inevitable y los humanos tenemos todas las aptitudes psicológicas y sociales para vivir de otra manera.

En segundo lugar, también abordamos la idea de que los niveles actuales de desigualdad reflejan una «meritocracia» justificable en la que los que tienen una capacidad natural ascienden y los incapaces languidecen en el fondo. En realidad, lo que ocurre es lo contrario: las desigualdades de resultados limitan la igualdad de oportunidades; las diferencias en los logros y en los resultados son impulsadas por la desigualdad, en lugar de ser una consecuencia de ella.

Por último, sostenemos que la desigualdad es un obstáculo importante para crear economías sostenibles que sirvan para optimizar la salud y el bienestar de las personas y del planeta.  Dado que el consumismo tiene que ver con la superación personal y la competencia por el estatus, se ve intensificado por la desigualdad. Y como la desigualdad conduce a la ruptura de la confianza, la solidaridad y la cohesión social, reduce la voluntad de las personas de actuar por el bien común. Esto se muestra en todo, desde la tendencia de las sociedades más desiguales a reciclar menos hasta las encuestas que muestran que los líderes empresariales de las sociedades más desiguales apoyan menos los acuerdos internacionales de protección del medio ambiente.  Al actuar como un enemigo entre nosotros, la desigualdad nos impide actuar juntos para crear el mundo que queremos.

Entonces, ¿qué podemos hacer? El primer paso es reconocer el problema y difundir esta información.  Hay que empoderar a las personas para que se den cuenta de que las raíces de su angustia y malestar no están en sus debilidades personales, sino en la división que genera la desigualdad y su énfasis en la superioridad y la inferioridad. Es un paso necesario para activar nuestra capacidad colectiva de luchar por el cambio.

La organización benéfica que fundamos en Reino Unido, The Equality Trust, dispone de recursos para activistas y una red de grupos locales. En Estados Unidos se puede consultar inequality.org. En el resto del mundo la Alianza para la Lucha contra la Desigualdad colabora con más de 100 socios que trabajan por un mundo más igualitario. Y este otoño estad atentos a la nueva Alianza para la Economía del Bienestar a nivel global.

Nuestro propio objetivo para el cambio es trabajar en el aumento de todos tipos de democracia económica: desde más cooperativas y empresas que sean propiedad de los empleados, hasta sindicatos más fuertes, mayor número de trabajadores en los consejos de administración de esas empresas y una transparencia salarial. Creemos que la ampliación de los derechos democráticos de los trabajadores hace que la igualdad se integre más firmemente en cualquier cultura.

Por supuesto, también nos gustaría ver una fiscalidad más progresiva y medidas contra la evasión fiscal y los paraísos fiscales. Nos gustaría que más ciudadanos cobraran un salario digno, y que se actuara sobre la provisión universal de una educación de alta calidad a lo largo de toda la vida, de una sanidad universal y de unos servicios sociales para todos. Hay muchas formas de abordar la desigualdad a nivel internacional, nacional y local, por lo que todos debemos trabajar en formas que se adapten a nuestras capacidades y valores.

La desigualdad crea las divisiones sociales y políticas que nos aíslan a unos de otros: es hora de que todos nos acerquemos, conectemos, hablemos y actuemos colectivamente. Es algo que nos concierne a todos.

 

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