Suicidio y sociedad. Eros y Tánatos en la sociedad de consumo.

Últimamente estamos leyendo sobre el suicidio. Compartimos un texto que fue publicado en la revista Enkintza Zuzena. Como es habitual —pero parece necesario recordar—, no hace falta compartir la totalidad de lo dicho en un artículo para que le demos cabida en nuestra web. Creemos necesario que se hable sobre esta realidad, que se compartan perspectivas y reflexiones, de manera que podamos imaginar y organizar estrategias colectivas contra la devastación.

No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Albert Camus

El suicidio es el único acto fallido que no falla jamás, que siempre tiene éxito. Lacan

El suicidio es una solución permanente a un problema temporal. Mark Gold

Más de 800.000 personas se suicidan al año en el mundo según la organización Mundial de la Salud (O.M.S). En 2015 se convirtió en la segunda causa de muerte de personas de entre 15 y 29 años, aunque se puede producir a cualquier edad y en cualquier región del mundo.

El suicidio es ya la primera causa de muerte no natural en España, por encima incluso de los accidentes de tráfico. Muchas son las situaciones sociales que empujan al suicidio de un modo desesperante e innecesario, ya que nuestra organización social impuesta es abusiva, injusta y “sutilmente” autoritaria, donde se fomenta, por encima de todo, la competencia, el individualismo egoísta y el amor al dinero. Sometimiento económico, alienación, descomposición moral, cosificación. Esto se traduce en personas cada vez más aisladas, neuróticas, depresivas, monótonas, sin metas vitales propias, como seres prefabricados en serie para la producción y el consumo, y que muchas veces, al ser marginados de esa rueda tienen sentimientos de total inutilidad y de pesimismo respecto al futuro. Es lo que Ronald Laing definiría como “jaque mate social”, es decir, una insostenible situación social a la que ha sido conducido un individuo cuando se le limitan las opciones hasta la extenuación. Para Laing, en estos casos, solo quedaría la locura o la muerte. El suicidio sería como una patología social que indicaría la degradación social existente en nuestro mundo globalizado e hipercapitalizado.

Según el I.N.E (Instituto Nacional de Estadística) cada día se suicidan más de 10 personas en España. La tasa media nacional de suicidios se sitúa en torno a 8,35 suicidios por cada 100.000 habitantes. Soria (18,2 suicidios por cada 100.000 habitantes) y Segovia (10,67 suicidios por cada 100.000 habitantes) son las provincias con mayor tasa de suicidios, seguramente por su baja densidad de población. Entre Córdoba, Granada y Jaén existen tres pueblos (Alcalá la Real, Priego e Iznájar) con la más alta tasa (26,6) de suicidios de España. Según estudios del INE, desde el inicio de la crisis el suicidio subió de 2007 a 2009, descendió en 2010 y a partir de entonces comenzó a aumentar cada año. De 2007 a 2014 el número de suicidios ha crecido en 647 personas, un 20% más desde el inicio de la crisis económica. En el año 2013 se suicidaron 3.870 personas, y en el 2014 fueron 3.910 personas[1] (2.938 hombres y 972 mujeres), lo que supone 10 personas al día, convirtiéndose así en la primera causa de muerte no natural y superando a los accidentes de tráfico en más del doble de muertes. Aunque habría que tener en cuenta que estos datos podrían estar sesgados, ya que muchas muertes que podrían ser suicidios se conciben como accidentes, ya que el suicidio por un lado es un tabú social y se tiene miedo a el “efecto Werther”[2] o de contagio social, según la OMS, que da recomendaciones como que no aparezcan los suicidas en portada, no dar demasiados detalles y no presentar al fallecido de forma sensacionalista como una persona saludable o exitosa que inspirara compasión. Las instituciones del Estado[3] lo tienen en cuenta para no difundir en exceso estos sucesos.

Con estos datos podríamos decir que con la crisis económica se han disparado los suicidios, pero también sería algo relativo, ya que el suicidio es algo multifactorial, y detrás de cada suicidio hay historias individuales y personales, pero de su influencia no se puede dudar. Los desahucios, el binomio trabajo-paro explotador, la precariedad y pérdida de poder adquisitivo entre otros efectos de la crisis económica han agravado estas situaciones pero no siempre son las causas concretas de la conducta suicida, sino que la intensifican. Estar en paro no va ha hacer que te suicides, ni tampoco el que tengas un trabajo hace que tengas una existencia feliz y que nunca te vayas a suicidar. La crisis económica claro que ha influido en el aumento de suicidios, ya que ha habido gente que ha perdido casi todo, que la han desahuciado por la pérdida de su trabajo, etc. Pero en países donde se puede decir que no hay crisis económica y donde supuestamente existe un bienestar social superior, el número de suicidios es más alto que el de España, Italia o Grecia donde ha golpeado más fuerte las restructuraciones capitalistas. Bélgica tiene una tasa de 17,2 suicidios al día por cada 100.000 habitantes, Reino Unido de 11,8, Grecia 4,7, Italia 6,6, EE.UU 12, Francia 17,6,  por poner algún ejemplo. Existen naciones en el mundo cuya tasa supera los 20 suicidios cada 100.000 habitantes: Austria, China, Rusia, Dinamarca, Alemania, Japón. En la Unión Europea la media estaba en una tasa de 11,6.  Por ello no se le pueden atribuir al paro los suicidios, tal vez tendremos que mirar hacia la explotación laboral  (tan normalizada en nuestros tiempos) o hacia los valores sociales enfermizos de competencia y consumo que son el motor social que mueve a la masa de ciudadanos atomizados.

Según la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), el 34% de los suicidios es resultado de desahucios. Afirman que la relación que existe entre suicidio y desahucio no es visible ni aparente y es complicado, en algunos casos, relacionarlos explícitamente; es decir, no se puede hablar de una relación causa-efecto directa. Los datos del INE muestran poca coincidencia de muertes por suicidio con los ciclos económicos, aunque esta afirmación sea algo reduccionista, ya que por ejemplo, en 2010, después de unos años de crisis y recortes, se produjo la tasa más baja de suicidios en 17 años. Habría que señalar que a partir de 2011 el INE incorporó los datos de los Institutos de Medicina Legal que antes no se contabilizaban, produciéndose desde entonces un aumento medio de más de 400 casos de suicidios anuales, sin los cuales se tendrían ahora unas cifras parecidas a las de los últimos 20 años. Los desahucios son una experiencia crítica en la vida de una persona y pueden conducir a situaciones exasperantes y de impotencia que generan síntomas depresivos y que pueden llevar al suicidio a aquellas personas que tengan menos vínculos sociales y de apoyo mutuo para mitigar la situación. Suelen ser casos de personas de mediana edad (50-65 años) y que suelen estar solas, aunque existen casos de toda índole. Ser desahuciado sería un factor desencadenante pero no una causa directa, ya que por ejemplo, del 2008 al 20012 según la PAH,  se efectuaron 171.110 desahucios, y sí, hubo suicidios cuya causa directa fue el desahucio, pero no para llegar a afirmar que existe una correlación directa.

El suicidio también es la primera causa de muerte entre los jóvenes en España. Existen más casos de suicidio entre los jóvenes que entre personas de mayor edad. Los factores de riesgo más comunes suelen ser el acoso escolar, haber sufrido abusos sexuales, una identidad sexual no asumida por la presión social o el consumo de alcohol y drogas reiterado (posiblemente esto sea más una consecuencia de un problema más profundo que un factor de riesgo). Resulta sorprendente que gente con toda su vida por delante y con posibilidades de poder reaccionar y dar un vuelco a su situación, en vez de reconducir su vida aboque por quitársela. Las situaciones tienen que ser duras, y de difícil comprensión para las que no las sufren y padecen.

El suicidio, según las estadísticas, se da más en hombres que en mujeres. Existen más suicidios consumados en hombres que en mujeres (2.938 hombres y 972 mujeres en 2014), aunque las mujeres protagonizan más tentativas. El caso de los hombres se podría explicarse por una mayor impulsividad biológica por el factor hormonal y por otros factores psicológicos como expresar menos sus emociones o tener menos redes de apoyo exterior que suelen dar una mayor fortaleza psicológica y resistencia[4]. También aumentan estas filas los hombres que cometen un asesinato machista y que acaban suicidándose por el reproche social y penal que se les viene encima, entre otros motivos. Por otro lado, existe un mayor diagnóstico de depresión en mujeres que en hombres, pero como hemos comentado anteriormente hay más suicidios en ellos. Aspecto que nos da que pensar al intentar correlacionar depresión y suicidio como causa-efecto.

Tampoco el suicidio es un problema de salud mental como tal, es más un problema de salud existencial, de vacío, estrés, de no poder dirigir sus vidas y de entregárselas a la política profesional, de ser seres vendidos a la máquina productivista tecno-industrial y a su amo el dios dinero. No tienes que ser un enfermo mental para matarte, es más, la mayoría de la gente que se suicida no está legalmente “loca”, ahí es donde surge la paradoja. La sociedad-mercado que nos oferta y condiciona a ser meras piezas de la máquina capitalista, va moldeando nuestras emociones, instintos, conductas, sentimientos a su imagen y semejanza para transformarnos en seres ultradependientes del Estado y el capital, lo cual eso sí que es verdaderamente enfermizo o diabólico. Cuando se nos margina o excluye y entramos a formar parte de los marginados del Sistema se rompen nuestros esquemas personales y sociales que dan paso a una sensación de decepción, tristeza, infravaloración o depresión, ya que todas las ilusiones inculcadas de triunfo y bienestar por la sociedad de consumo se ven abocadas al fracaso y con ellas al derrumbe existencial y vital.

La depresión se ha relacionado siempre con el suicidio, pero esta afirmación está lejos de la realidad, ya que se ha exagerado bastante o se ha manipulado en gran medida. La depresión es uno de los principales problemas de salud por su alta prevalencia y por sus consecuencias incapacitantes que afectan al sistema productivo. También habría que decir que la depresión tiene unos criterios diagnósticos muy amplios, demasiados falsos positivos, por ello existe un sobrediagnóstico de la depresión[5], ya que esta ha crecido de manera alarmante desde que se empezaron a comercializar los antidepresivos. Hay más gente con depresión ahora que en el pasado, podemos justificarlo diciendo que la sociedad es más frenética y alienante, que es verdad, pero también es verdad el poder de la industria farmacéutica y su influencia en la psiquiatría y en los Estados para fomentar los tratamientos farmacológicos a diestro y siniestro. La depresión afecta en España al 4-5% de la población[6], y se da más en mujeres que en hombres (16,5% vs 8,9%).  En el año 2013 se registraron un total de 1.868.173 personas que sufrieron depresión en este país. Según datos recogidos en la ‘Estrategia de Salud Mental del Sistema Nacional de Salud’, España es el país europeo con la tasa más alta de síntomas depresivos en población de edad avanzada. Según la OMS, la depresión es una de las tres primeras causas de discapacidad en el mundo, pero que en 2030 se convertirá en la primera causa. Para Miquel Roca, presidente de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental, el desempleo y el no poder pagar una hipoteca son los factores que más se relacionan con los cuadros de depresión[7]. La falta de medios para llevar una vida digna gracias a la explotación de los desposeídos por la clase dirigente y sus hordas de empresarios capitalistas sin escrúpulos está claro que genera tristeza y abatimiento, frustración e impotencia, sobre todo miedo. Una vez robada toda esa vitalidad y energía se ve un futuro negro abocado a una mayor explotación pagada con migajas. Tristeza, desidia, desolación cuando ves que tu vida está marcada, absorbida por la mediocridad impuesta, que solo eres un engranaje más, sustituible, que ha sido condicionado para ser así y que si te sales o te echan del camino tu vida tiene poco sentido, pues nunca has sido guía de tu propio ser. Nuestra vida efímera, irrepetible y única no es obstáculo para acabar con ella. En ese momento el dolor es más fuerte que la propia existencia, algo que por un lado es difícil de entender pero totalmente respetable: asombra y duele. La depresión sería como una especie de mecanismo psicológico que nos está diciendo que algo funciona mal en nuestra vida. El diagnóstico se fija en los síntomas pero nunca en las causas, y menos si estás son derivadas del propio sistema que sustenta su profesión y su modo de vida. La depresión tendría dos caras para el Capital: como una fuente de ingresos multimillonarios con la venta de sus “milagrosos” medicamentos contra la depresión, y por otro la de numerosas bajas laborales que repercuten en la productividad y en los ingresos de las empresas que lo sufren.

Miquel Roca dice que en España el impacto económico de la depresión supone más de 10.000 millones de dólares anuales, más o menos como el 1% del PIB. Según los datos obtenidos por la Agencia Española del medicamento, desde el año 2000 al 2013 las prescripciones por antidepresivos han aumentado un 200%, y según los especialistas, este aumento no corresponde con los casos reales[8]. Este aumento de medicación “antidepresiva” y este aumento de diagnósticos de depresión, nos da a entender, entre otras cosas, que no curan nada los llamados antidepresivos. En 1950 se desarrollaron la “iproniazid” y la “imipramina”, que más tarde darían lugar al nacimiento de las dos drogas para la depresión más utilizadas conocidas como son los inhibidores de la monamina oxidasa (IMAOs) y tricíclicos. Estos psicofármacos, según estudios del Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU, que estaban bien controlados,  no tenían una significativa eficacia al compararlos con los grupos que habían consumido placebo[9]. Únicamente a los gravemente deprimidos les iba mejor con el fármaco que con un placebo. Después llegó el Prozac (fluoxetina), en 1988, creado por la farmacéutica Lilly, un inhibidor selectivo de la receptación de serotonina (ISRS) ,pero los resultados fueron similares, incluso reducidos, por lo que los nuevos fármacos no eran más eficaces que los viejos. El Hypericum perforatum[10], muy consumido en el país de la Bayer, tenía mejores resultados que los antidepresivos en la comparación directa. Los psicofármacos antidepresivos consumidos a corto plazo y con un diagnóstico de depresión severa  funcionaban (no mucho mejor que el placebo, la hierba de San Juan también y sin efectos secundarios), pero a largo plazo los tratados con estos fármacos parecían empeorar. Según el doctor H.P. Hoheisel, el tratamiento con antidepresivos parecía estar acortando los “intervalos depresivos” entre sus pacientes, provocando una “cronificación de la enfermedad”. Sus síntomas no remitían del todo y después, cuando dejaban de tomar la medicación, su depresión volvía normalmente a hacerse mucho peor[11]. Cuanto más largo era el tratamiento, mayor sería la probabilidad de recaída. Estudios de depresión no medicada frente a depresión medicada corroboran la afirmación anterior: en Holanda, en un estudio retrospectivo de resultados de 10 años de 222 personas que habían padecido un primer episodio de depresión, descubrieron que el 76% de los no tratados con un antidepresivo se recuperaron y nunca recayeron, frente a un 50% de aquellos a los que se les había suministrado el antidepresivo[12]. El estudio de la OMS donde identificaron a 740 individuos como deprimidos y fueron los 464 no expuestos a los psicofármacos los que tuvieron mejores resultados a lo largo del tiempo. El grupo que sufrió de depresión continuada o crónica fue el que estuvo tratado con antidepresivos. Este uso generalizado que se da al fármaco podría contribuir a un aumento del número de personas depresivas “legales” con riesgo de cronificación, y con una larga lista de efectos secundarios[13] que afectan también a la socialización y a la higiene mental. El problema más preocupante, si cabe, de los antidepresivos, son las tendencias suicidas que han causado a miles de personas. Lilly, con su fluoxetina (Prozac), tras su tremenda campaña de marketing que le aportó millones de dólares, comenzó a  recibir denuncias por numerosos casos de suicidio que se habían producido de personas que habían tomado Prozac. En 1999 la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos) recibió más de 2000 informes de casos de suicidio asociados a la fluoxetina, y una cuarta parte de ellos hacían referencia explícita a la agitación y acatisia[14] producidas por el fármaco. En 2005, un metaanálisis realizado con 87.650 pacientes de todas las edades mostró en sus resultados que había el doble de intentos de suicidio en el grupo del fármaco que en el grupo placebo[15]. Demostró que el riesgo de tentativas de suicidio en pacientes menores de 60 años era 2,4 veces superior en el grupo de ISRS en comparación con el de placebo. En 2007, la FDA admitió que “los ISRS pueden causar el suicidio en todas las edades”. Hay miles de casos de personas que se han suicidado debido a los antidepresivos y un gran número de estos se suicidaron poco tiempo después de iniciar el tratamiento. Siempre se culpa a la enfermedad y nunca al medicamento, y los estudios nos muestran lo contrario. También una retirada brusca del medicamento puede ser mortal, ya que puede provocar estados de psicosis y disminuir la capacidad de razonamiento, por lo que puede inducir también al suicidio. La gente confía en sus médicos y asumen que el Estado y las compañías farmacéuticas cumplen con su misión de garantizar que los medicamentos que recetan son seguros y eficaces, pero nada más lejos de la realidad. El beneficio económico es lo que prima y psiquiatras prestigiosos al servicio de las multinacionales farmacéuticas nunca afirmarán que los antidepresivos puedan conducir al suicidio. También se han dado casos de homicidios protagonizados por personas que habían consumido antidepresivos y que tenían signos de acatisia, ese nerviosismo extremo que puede conducir también al suicidio. Los antidepresivos no curan la depresión, y tampoco la evitan; de hecho, pueden llegar a causarla[16], cuando se toman a largo plazo se convierten en agentes depresores, que es a lo que se le llama “disforia tardía”[17].

¿Qué terribles circunstancias pueden justificar o explicar que un ser humano atente contra sí mismo y se elimine de este mundo[18]?, ¿qué grado de consciencia, de lucidez o de convicción puede tener un suicida para realizar tal acto tan terrible? Solo quien haya experimentado por sí mismo ese odio aniquilador, esa especie de ruptura con la realidad circundante, puede aportar una auténtica vivencia real para hallar alguna respuesta clarificadora. Siempre se nos escaparan algunas de las motivaciones que llevan a una persona a tomar la decisión de destruirse. El suicidio incluso se podría entender como un acto de rebeldía frente a la actitud opresiva y avasalladora de la sociedad moderna y del Estado, en el que el individuo se ve agredido en todos los aspectos de su verdadera individualidad. Es un conflicto con la propia existencia vital, de insatisfacción con la vida y con el mundo, ese que nos ha despojado de la autogestión de nuestras vidas y nos ha abocado a su propia negación. Se han roto los convencimientos que otorgaban sentido a la vida. José Costero, autor del libro 13 suicidas,  afirma que “el suicidio no se explica como mero resultado de herencia, sugestión o inadaptación. Nuestra inteligencia y nuestros afectos son nuestros más seguros baluartes contra la autodestrucción”, para él el suicidio también tiene una posible valoración ética, “de una consideración del suicidio como la última posibilidad liberadora del ser humano hasta la forma de contestación radical y absoluta ante una situación determinada”. Para Costero “el suicida con su decisión responde a una incapacidad o imposibilidad de afrontarla más, asimismo, a la afirmación de su honestidad existencial, dado que aceptar su fin como única opción válida puede representar una forma de evasión, mas también puede serlo de madurez”. El suicidio es la más terrible y trágica disposición hacia la nada iniciada por una valoración extremadamente personal. Thomas Szasz habló de “suicidio autónomo” y sugiere que “la posibilidad de planificar las circunstancias de la propia muerte incentivaría a los individuos a ser prudentes en la vida y les permitiría acabar con su existencia cuando lo desearan ellos, y no el Estado ni los demás”. Según Szasz “la autoridad necesita individuos carentes de autonomía o a quienes se pueda privar fácilmente de ella (niños, ancianos, pacientes). De aquí la guerra perpetua de la autoridad contra la autonomía, contra el suicidio, contra la masturbación, contra la automedicación, contra el mismo uso correcto del lenguaje”. El suicidio es considerado para algunos como un tema de libertad individual exclusivamente, como un derecho humano fundamental. Para el psicólogo Eustace Chesser “el derecho a escoger el tiempo y manera de la propia muerte me parece que debiera ser inexpugnable… en mi opinión el derecho a morir es la primera y más grande de las libertades humanas”[19].

El suicidio tiene muchas consecuencias, pero sobre todo dolerá a los que te quieren, y lo más duro, acabará con tu existencia para toda la eternidad. Pero cada uno de nosotros somos nuestros únicos dueños, de nuestros cuerpos y de nuestras vidas, y si tomamos esa decisión, que sea bien meditada y razonada (es complicado), pero solo dejarse llevar por emociones o impulsos puede resultar traicionero. La vida es breve aunque dure un siglo y vale la pena aprovecharla al máximo. Sabemos que la muerte es segura y no tendría que ser preciso anticiparla, ya que lo único que nos espera es la nada. El suicidio no es una solución sino una disolución.

Tal vez tampoco exista esa libertad que antes nombrábamos, pues nuestra inteligencia emocional está demasiado herida para razonar con claridad. Drogados o medicados con psicofármacos o envueltos en una situación que nos supera o aplasta, nunca seremos libres, y por  ello, ante esa falta de libertad y esa destrucción personal y social, la única salida sea el autoaniquilamiento. Nunca lo sabremos hasta que estemos en esa piel.

Pero, ¿es necesario buscar una razón para vivir?, ¿no sería más cierto lo contrario? La vida tiene en sí misma su sentido, su fuerza imparable, sus posibilidades, acontecimientos inciertos y futuros distintos que nos hace pensar que la autodestrucción es la ultimísima salida que se nos vendría a la cabeza. Alguien dijo que un suicida consumado es un rebelde desaprovechado. Su valor queda malgastado para mejores labores. El suicidio es un arma en las manos de cada una, un instrumento de todo o nada a nuestro servicio. No simplemente podemos considerarlo como el desencadenante de una enfermedad o del final de un proceso patológico, pues no suele serlo. Siempre creemos que hay que estar “loco” para acabar con tu propia vida, lo único que realmente tienes tuyo, pero tal vez este mundo tan deshumanizado, tan alienante y masificado haga que la vida para algunas personas no merezca la pena ser vivida, sea un infierno, una agonía constante que haga parecer la muerte como única salida al sufrimiento constante. Nuestro mundo decadente no parece que vaya a despertar de ese sueño autodestructivo que los dirigentes y poderosos nos han sumergido. La locura acumulativa, la devastación de la naturaleza y las ansias de poder nos abocan al sinsentido más grande que ha padecido la humanidad. No nos puede sorprender que existan personas que, por distintas circunstancias, pretendan acabar con su agónica existencia. Pero, pese a todas las contradicciones, es necesario que podamos decidir sobre nuestra vida y nuestra muerte, pues es lo único que realmente nos pertenece. El suicidio es en sí un acto contradictorio, paradójico y extravagante: de odiar y amar.

[1]  En la década de los 80 se contabilizaban poco más de 1.500 suicidios al año.

[2] Se denomina así por el suicidio del protagonista de “Las penas del joven Werther” de Goethe, de 1774 y que indujo a numerosos jóvenes de la época a suicidarse de igual forma.

[3] Las administraciones españolas, que hacen campañas para prevenir los accidentes de tráfico, el consumo de tabaco y drogas o la violencia de género, ante los suicidios intentan que no sea visualizado como un problema a tener en cuenta.

[4] Miquel Roca, presidente de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental.

[5] Peter C. Gotszche.  Psicofarmacos que matan y denegación organizada. 2016

[6] Según la OMS, entre un 8% y un 15% de la población va a padecer depresión a lo largo de su vida.

[7] Podríamos traducirlo en falta de medios para conseguir recursos para sobrevivir (comida, ropa, etc.) y en la posibilidad de perder tu hogar por la imposibilidad de hacerse cargo del pago estratosférico impuesto por el mercado inmobiliario.

[8] No sabemos si dicen al alza o a la baja. (N.del.a)

[9] A. Smith. “Studies on the effectiveness of antidepressant drug”, Psychopharmacology Bulletin, 1969

[10] Hierba de San Juan.

[11] Robert Whitaker. Anatomía de una Epidemia. 2011

[12] E. Weel-Baumgarten, “Treatment of depressión related to recurrence”, Journal of Clinical Pharmacy and Therapeutics. 2000.

[13] Fatiga o cansancio, insomnio, náuseas, mareo, aumento del apetito y por consiguiente, aumento de peso, o al contrario, pérdida del apetito y, por consiguiente, pérdida de peso, pérdida del interés sexual o libido. Disfunción eréctil y dificultad para alcanzar el orgasmo. Visión borrosa Boca seca. Irritabilidad. Ansiedad. Pensamientos suicidas. Disfunción sexual, supresión del sueño REM, tics musculares, fatiga, embotamiento emocional, apatía, deterioro de la memoria, dificultades para resolver problemas, perdida de creatividad, deficiencias de aprendizaje o deterioro cognitivo.

[14] Acatisia es una forma grave de agitación que consiste en un nerviosismo extremo que algunos enfermos describen como un deseo de salir de su propia piel. Quienes la sufren, se comportan con un nerviosismo incontrolable y pueden experimentar rabia, alucinaciones, y ataques de disociación insoportables.

[15] Fergusson,D, Doucette S, Glass KC, et al. Association between Suicide Attemps and Selective Reuptake Inhibitors: Sistematic review of randomised controlled trials.

[16] El uso masivo de psicofármacos está tan arraigado en las sociedades consumistas gracias a la falta de apoyo comunitario entre la gente por el fuerte individualismo que impera, ya que la falta de empatía y la atomización social conllevan una mayor dependencia y confianza del Estado y de los estamentos medico-farmacéuticos. Tampoco existen muchas alternativas autogestionadas y alejadas del uso de psicofármacos, y para muchas personas acaba siendo más sencillo y práctico medicarse para aliviar su sufrimiento sin tener que recurrir a nadie más que a su psiquiatra o médico de familia. También los círculos cercanos de las personas con cualquier problemática mental suelen alejarse de esta, ya que la consideran en ciertos casos como una carga o que simplemente no quiere aguantar sus lamentaciones o llantos.

[17] Peter C. Gotszche.  Psicofármacos que matan y denegación organizada. 2016

[18] El único existente.

[19] ¿Por qué el suicidio?. Eustace Cheeser. Arrow Books. 1968.

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