No tienes “síndrome de la cabaña”, es que no quieres volver a la vida de mierda; de Isaac Rosa

Artículo publicado en eldiario.es el 02/06/2020.

Llevas semanas diciéndole a todo el mundo que tienes el “síndrome de la cabaña”, que no tienes ganas de salir de casa, que aunque desescalen tu provincia tú te quedas todavía en fase 1. Hace dos meses te morías por salir, se te caía encima la casa, y ahora que ya no hay horarios ni límites te pasas dos o tres días sin pisar la calle. Lo cuentas como un chiste, bromeas con el perezón que te da vestirte de persona tras tantas semanas. Otras veces argumentas en serio: el miedo al contagio, la irresponsabilidad de la gente, el desánimo tras tanto miedo y dolor.

En tele, radio y periódicos hablan del “síndrome de la cabaña”, entrevistan a terapeutas que dan consejos para superarlo, dan voz a ciudadanos que dicen sentirse como tú, sin ganas de desconfinarse, seguros en el hogar. Hay famosos que confiesan sufrir el mismo síndrome, y en las redes sociales abundan los testimonios, lo mismo entre tu familia y amigos. No se hable más, está claro lo que te pasa: tienes el “síndrome de la cabaña”. De manual. Diagnosticado. Ya se te pasará.

Pues no. No tienes el “síndrome de la cabaña”. No existe tal cosa, ninguna patología tipificada bajo ese nombre. Es un invento, una tontada simpática, pura psicología de suplemento dominical, el enésimo intento por patologizar todo lo que nos pasa, para a continuación venderte consejos, terapias o pastillas. Como el síndrome postvacacional, el bajonazo ese que te da todos los años cuando tienes que volver al curro y que también merece cada septiembre reportajes y consejos psicológicos.

Así que deja de usar como excusa la cabaña, no es eso lo que te pasa. Y me da que tampoco es el miedo al coronavirus, o no solo eso. Igual es que el confinamiento no ha estado tan mal. Sí, lo has vivido con angustia e impotencia, has echado de menos a tu gente querida, has sentido incertidumbre por el futuro, y ni convivencia familiar ni la soledad son fáciles. Pero ahora que puedes salir, te das cuenta de que no se estaba tan mal en casa, ¿verdad? Lamentas todo lo que querías hacer y no pudiste; pero también piensas en todo lo que debías hacer e incumpliste, y no pasó nada. Te perdiste citas, celebraciones, viajes, encuentros familiares y amistosos que no se compensaban con vídeollamadas. Pero también te perdiste todo aquello que en la vida anterior al coronavirus te impedía precisamente disfrutar de toda esa vida familiar y amistosa.

Grietas que permiten que entre la luz; de Rai Waddingham

Cracks that let the light in. © Olivia Twist for Wellcome Collection.

Texto publicado el 16 de marzo de 2020 en Wellcome Collection.

Hemos creído interesante traducir este breve texto porque las interpretaciones que las propias personas dan a las voces que escuchan son sin duda las que más nos interesan. Es ese proceso, y no tanto el contenido concreto de cada relato, el que queremos fomentar. Su puesta en común en un entorno que se ajeno tanto al hacer clínico como a la curiosidad académica. Gente que habla de sus voces con naturalidad, compartamos o no recorridos biográficos, enfoques y posicionamientos vitales. Experiencias humanas inusuales que hay que dejar de silenciar sistemáticamente para romper los prejuicios, la ignorancia institucionalizada y tratar de inaugurar nuevas formas de abordarlas cuando sea dañinas.

Rai Waddingham escucha voces. Los médicos probaron una variedad de medicamentos con ella y laetiquetaron con diagnósticos diferentes, pero finalmente ella optó por tener una mayor comprensión de sus voces y de las razones por las que están ahí. Son, básicamente, parte de lo que ella es.

Escucho voces. No mi voz interna, la consciencia o los ecos persistentes de conversaciones lejanas. No, realmente escucho voces; no puedo callarlas. Yo no las creé, y forman parte de mi mundo, me guste o no.

Es como si fuéramos pasajeros de un tren, unidos por el destino sin que haya una parada a la vista. ¿Alguna vez te has quedado atrapado en un vagón de tren donde hay un niño que llora, alguien al teléfono quejándose del trabajo y un matrimonio compartiendo secretos en el asiento detrás de ti?

Las voces que oigo no son imaginarias. Cualquiera que sea su causa, me resultan tan reales como cualquier otra voz en este mundo. Oigo voces que tú no puedes oír.

Algunas de mis voces son dulces. A«Blue» le gustan los wombats. «Tommy» se enfada cuando no utilizo las palabras de forma precisa o elijo un asiento diferente en el autobús. Le gusta la previsibilidad, mientras que yo soy molestamente fluida. Algunas tienen miedo; mi pasado y mi presente tienen muchos rincones donde los monstruos se pueden esconder.

Algunas de las voces que oigo son amenazadoras. Los “Todavía No” me dicen que haga daño a la gente. “Las Tres” hacen una continua narración de mis movimientos y de las amenazas que perciben que las otras personas pueden suponer. Algunas simplemente están ahí, presencias silenciosas que vagamente se pueden describir con el término “escucha de voces”. La comunicación es algo más que meras palabras, y estas voces silenciosas tienen su máximo impacto cuando su intensidad emocional reverbera en mi cráneo.

Hablando de ello, me he visto descrita de muchas formas: víctima; loca; poseída, mentirosa, superviviente, asesinaen potencia; objeto de curiosidad; incluso como unicornio —bonita idea, pero en última instancia una ficción. A pesar de que oír voces es relativamente común, experimentado por una de cada doce personas en algún momento de su vida, poca gente reconocerá por mi descripción a un amigo, a una persona querida o a un colega.

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