Los riesgos de la militancia; de Ruymán Rodríguez

Al autor de este artículo, a quien no conocemos, solo le queremos decir “gracias”. De corazón, por su responsabilidad y generosidad a la hora de reflexionar y compartir experiencias.

Nos permitimos hacer spoiler y copiaros las líneas finales: Si empiezas a ver que la cosa se tuerce, que no puedes más, no te recomiendo que te rindas a la primera, pero sí que busques otras alternativas que no impliquen tu inmolación. Y si llega el momento de tirar la toalla, deja atrás los remordimientos, la culpa y los reproches. Para, respira, tómate un tiempo para sanar, para recuperarte, para lamer tus heridas y busca apoyo. Y si no lo encuentras es que quizás la guerra revolucionaria que creías librar era sólo la acción solitaria de un francotirador. Replantéate tus prioridades, tu lugar en la militancia y después, con la cabeza llena de ideas nuevas y los pulmones cargados de aire limpio, vuelve a la carga. Más fuerte, mejor armada, más solidaria, más independiente y más sabía. Vuelve, con una nueva piel más resistente, pero que también, recuérdalo siempre, puede desgarrarse.

Este texto fue originalmente publicado en Solidaridad Obrera.

Pequeña advertencia: si se quiere leer el artículo conservando su unidad narrativa recomiendo leer las notas al pie una vez concluida la lectura. Puede que parezca que un texto de estas características no requiere tal cantidad de notas, pero más allá de dar a conocer algunos nombres y circunstancias que muchas podemos ignorar, considero que si hablamos de los “riesgos de la militancia” es necesario trazar una línea temporal y demostrar que la militancia, desgraciadamente, siempre ha conllevado una importante porción de peligro: para la salud física y mental y para la propia vida. Averiguar qué porción de peligro es tolerable es algo que requiere una respuesta honesta por parte de todas. Y debemos dilucidarlo más temprano que tarde.

“Ofreced flores a los rebeldes caídos
con la mirada puesta hacia la aurora,
y al valiente que lucha y labora,
y a los proféticos poetas que mueren”
(Pietro Gori, Himno del 1º de Mayo, finales del s.XIX).

Cuando hablamos de los riesgos de la militancia todas entendemos que hablamos de represión, multas, juicios y encarcelamiento, pues este, desde luego, es su aspecto más conocido y evidente. Hasta hace bien poco también hemos incluido en el paquete las consecuencias psicológicas y anímicas: la depresión, el aislamiento, la carencia de cuidados. Pero yo mismo, hasta hace pocos meses, había ignorado por completo las consecuencias de la militancia en la salud física.

Desde muy joven había leído cómo Tomás González Morago1 había muerto en la cárcel después de haber contraído cólera y cómo el cuerpo de Bakunin2, aquejado de escorbuto, se había deformado a causa de sus años de encarcelamiento. Conocía igualmente el terrible estado en el que quedaron la mayoría de detenidos en el proceso de Montjuïc3, los problemas de salud que desarrolló Fermín Salvochea4 también a causa del encierro y la ceguera que terminó padeciendo Ricardo Flores Magón5 por la misma causa. Pero todo estaba relacionado con el encarcelamiento y la tortura. Partiendo de las heridas de guerra que sufrían los ilegalistas en sus escaramuzas con la policía y también de las secuelas que provocaban los atentados del terrorismo empresarial y parapolicial (el cenetista Ángel Pestaña las arrastró hasta su muerte6), uno siempre piensa que nos jugamos la salud sólo en acontecimientos espectaculares. No se nos escapa que si nuestra actividad molesta a organismos demasiado poderosos nos pueden “desaparecer”, como ha pasado desde la época de Camillo Berneri7 o la de Giuseppe Pinelli8 hasta la trágica muerte de Santiago Maldonado9. Sabemos que en determinadas manifestaciones también se puede poner en riesgo nuestra integridad por culpa de la violencia policial o incluso militar, como lo demostraban las manifestaciones de 1º de Mayo a finales de siglo XIX y principios de siglo XX10, como ocurrió en la contracumbre de 2001 en Génova donde los carabineros asesinaron a Carlo Giuliani11 o cómo ha pasado con las heridas y mutilaciones sufridas por algunos manifestantes en las protestas surgidas en los últimos 10 años en el Estado español, sobre todo a raíz del 15M12. Pero todo en general está relacionado con la capacidad que tiene la maquinaria del Estado para aplastarnos. Son agresiones evidentes, en acontecimientos visibles y que desgraciadamente se han asimilado como una consecuencia posible de la protesta pública.

Lo que nunca pensé es que la actividad militante cotidiana, lejos de acontecimientos y eventos llamativos, dedicada a una labor rutinaria, discreta, pudiera poner en riesgo la salud del militante. No estaba preparado para ello y es tristemente una lección que he aprendido, como casi todo lo que he aprendido en esta vida, demasiado tarde.

Carta a una amiga (V.)

En esta ocasión os presentamos uno de los materiales más singulares que hemos publicado en la web durante todos sus años de existencia. Se trata de una carta que mandó una persona a una amiga cuando esta atravesaba un muy mal momento en términos de sufrimiento psíquico. De alguna manera es la cara B de lo que solemos publicar sobre salud mental. No se trata de un material crítico con la psiquiatría, ni de una vindicación de los de derechos humanos de las personas diagnosticadas, tampoco es un estudio que avisa de la injerencia de las farmacéuticas en la salud pública o una denuncia del uso abusivo que se hace de los psicofármacos. Es solo un breve correo electrónico lleno de afecto que fue escrito hace muchos años y que trata sobre la comunicación. O mejor dicho, sobre su deterioro y ausencia.

Con frecuencia dejamos de lado los otros efectos de nuestro dolor, no los exploramos como merecen… en parte por incapacidad propia y en parte por el tabú que sigue permeando todo lo que tiene que ver con la locura. Creemos que es necesario plantearse qué cosas pueden ser cambiadas para que todo vaya mejor. Para acotar el sufrimiento (el propio, pero también el ajeno) y desplegar redes que puedan atenuarlo y plantear respuestas a determinadas situación de desbordamiento. Reconocer al otro desde un primer momento es la mejor manera de no romperse del todo. De mantener cierta lógica del cuidado en mitad de la tormenta.

Es evidente que el documento que reproducimos se ofrece sin contexto, y que es estúpido realizar conjeturas sobre la relación que se plantea entre amigas. Animamos a todos los lectores a matar al tertuliano que todas llevamos dentro y centrarnos en la pista esencial que plantean estos párrafos: lo importante es que la gente sufre, y en mitad de nuestra locura tendemos a olvidarnos de ello.

Te escribo esta carta desde el amor y el cariño que te profeso. Con todo y con eso habrá cosas que quizá te sepan amargas…

Te acuerdas cuando te dio una de las primeras crisis cuando aún vivías en XXXX? Recuerdo que te dije, sinceramente y asumiendo la responsabilidad que conllevaba, que te vinieras a XXXX conmigo, que yo te cuidaría día y noche, que te podía ayudar, que sería tu bastón para lo que necesitaras… No sé si fue una osadía por mi parte y quizá no te hubiese ayudado a curarte tanto como yo pretendía, eso ya no lo sabremos; pero, repito, mi decisión era clara, firme y llena de amor.

Después de esa crisis vinieron otras…Y buenos tiempos también, como cuando nos vinimos a vivir juntas a XXXX… Y luego algunas crisis más. Imagino que para ti son un infierno, para los demás es duro y difícil. Te recuerdo la propuesta esa que te hice cuando vivías en XXXX porque en ese momento V. seguía con un hilillo que, aunque fino y frágil, te ataba a la realidad; a esa realidad que, nos guste más o menos a veces, es la única que hay y es en la que podemos tener amigos, amantes, conciertos, comidas ricas, paseos tranquilos, trabajo, ideas, impulsos… y todo lo que es la vida.

Coerción y violencia en salud mental; de Cristina L. D.

Relato presentado en la mesa espejo de las jornadas sobre Coerción y violencia en salud mental, organizadas por la Revolución Delirante, Valladolid, día 14 de octubre del 2016.

Buenas tardes, me llamo Cristina y me considero una superviviente del sistema de salud mental.

Me gustaría dar las gracias a la organización por haberme facilitado la participación en esta mesa.

Es la primera vez que hablo en público, delante de tantas personas, y además tiene el añadido de que la mayoría sois profesionales, así que, efectivamente, me siento nerviosa y expuesta. Como preveía que esto me iba a pasar, ya que tengo bastante miedo escénico, me he permitido el escribir mi presentación. Disculpad pero a día de hoy necesito esta muleta en la que apoyarme.

También soy bastante emocional así que espero que no se me corte demasiado la voz al leer. Estoy hablando de aspectos dolorosos de mi vida y seguramente me emocione en algunos momentos.

Me gustaría aclarar que esto de lo que voy a hablar es mi experiencia. Hablo de lo que yo he vivido y de cómo lo he vivido.

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