Nuestras cabezas en periodo de confinamiento. Resultado del cuestionario realizado y reflexiones.

Introducción

Hace unas semanas lanzamos un pequeño cuestionario anónimo con la intención de generar conocimiento -por limitado que fuese- sobre la relación entre algunos aspectos de nuestra salud mental y las condiciones de vida que se están dando bajo la pandemia del Covid-19.

El cuestionario se ha hecho sin ninguna vinculación institucional ni con centros universitarios, de investigación o sanitarios. Simplemente es una iniciativa de esta web para poder compartir los datos que se generasen con él.

Vaya por delante que se ha tratado de una serie de preguntas muy sencillas, cuyo análisis pudiésemos asumir las personas que colaboramos en esta web. Quedan pues muchísimas cuestiones y matices por cubrir. A su vez, un cuestionario es una herramienta de una fiabilidad limitada, ya que deja fuera cuestiones contextuales de todo tipo (en qué momento se responde, cómo se hace, diferencias léxicas y lingüísticas, influencias externas, etc.).

En cualquier caso, creemos que, con todas sus deficiencias (tanto las formales como las que se hayan podido originar por nuestra poca pericia), merece la pena recoger este tipo de datos y poder reflexionar sobre ellos. Vamos pues a la tarea…

Las preguntas fueron:

  • En el caso de que tomases medicación antes del confinamiento, ahora…
  • Sientes que necesitas más
  • Sientes que necesitas menos
  • Sientes que necesitas la misma
  • En el caso de que escuches voces habitualmente, ¿cómo están ahora con respecto a antes de que comenzase el confinamiento?
  • No ha habido ningún cambio
  • Escucho más voces o con más frecuencia
  • Escucho menos voces o con menos frecuencia
  • En el caso de que escuches voces habitualmente, ¿cómo es el contenido de esas voces desde que comenzó el confinamiento?
  • No ha habido ningún cambio
  • Escucho voces más amables
  • Escucho voces menos amables
  • En el caso de que habitualmente tengas experiencias psíquicas inusuales (alucinaciones visuales, olfativas, sensitivas o experiencias de distanciamiento de tu propio cuerpo o de la realidad), ¿cómo están ahora con respecto a antes de que comenzase el confinamiento?
  • No ha habido ningún cambio
  • Experimento más
  • Experimento menos
  • En el caso de que habitualmente tengas pensamientos o ideas intrusivas (ideas que toman el control de tu pensamiento), ¿cómo estás ahora con respecto a antes de que comenzase el confinamiento?
  • No ha habido ningún cambio
  • Tengo más
  • Tengo menos
  • Sea lo que sea lo que hayas respondido, ¿por qué crees que te ocurre esto?

Incremento de las ideas intrusivas:

Se han analizado 115 cuestionarios, y los datos recogidos en ellos reflejan que, en términos generales, las personas que lo cumplimentaron sienten que tanto las voces, como las experiencias psíquicas inusuales y especialmente los pensamientos o ideas intrusivas han aumentado durante el confinamiento. Nos ha llamado especialmente la atención las altas cifras relacionadas con las ideas intrusivas, que el 93,9% de las personas encuestadas tenía antes del confinamiento, y que un 61% de estas personas, según han respondido en el cuestionario, sienten que han aumentado.

Contenido de las respuestas a la pregunta abierta:

Más allá de la información puramente cuantitativa, que os compartimos más abajo, lo que nos ha parecido más interesante ha sido lo que las personas encuestadas han respondido a la última pregunta: ¿Por qué crees que te ocurre esto?

Los comentarios apuntan a la vivencia de encierro, dato muy interesante teniendo en cuenta que una de las principales propuestas que nos hace el sistema cuando estamos en crisis es encerrarnos en una planta de psiquiatría. La gente comenta que esta es una situación extrema que les descoloca y que estar todo el tiempo en casa con pocos estímulos exteriores hace que se pierda el contacto con la realidad y aparezcan ideas intrusivas y voces (de nuevo, relevante para darle una vuelta a lo “terapéutico” del encierro psiquiátrico).

El contacto presencial con amistades se valora mucho y no tenerlo ahora supone para las personas que han respondido una importante pérdida.

Algo que aparece de manera frecuente es la sensación de incertidumbre con respecto al futuro, sobre todo en relación a la falta de perspectivas laborales y a la precariedad económica. Y también incertidumbre en el momento presente, señalando la intranquilidad que genera el exceso de noticias negativas en los medios de comunicación, el miedo a un posible contagio propio o de seres queridos y a las medidas de control que las fuerzas de seguridad del Estado están llevando a cabo.

También se alude como causa de malestar a la pérdida de rutinas que ha supuesto el confinamiento y a la dificultad de establecer otras nuevas.

Otro factor que se señala como causa de malestar es el estar confinado/a solo/a o la intensidad de la convivencia con personas con las que la relación era antes ya difícil y ahora se agrava al complicarse tener un espacio propio o dotado de la suficiente privacidad.

Algunas personas consideran que la pérdida del contacto con profesionales ha hecho que lo estén pasando peor en este tiempo.

Es interesante revisar los comentarios de la gente que ha contestado que se encuentra mejor durante el confinamiento. Lo relacionan, sobre todo, con no sentir ningún tipo de exigencia social ni de contacto con otros en la actual situación.

Varias personas señalan que la vida social, el exterior, ya era hostil antes y ahora tienen más sensación de control de la situación y de sus propios ritmos de vida, además de ser conscientes de que el momento que viven es algo compartido con el resto de la población lo que, en cierto modo, les hace sentir formar parte de algo común y les tranquiliza.

Hay otro grupo de personas para las que no ha habido ningún cambio. Como argumento señalan que su vida transcurría principalmente dentro de casa también antes del confinamiento y que, tras el “descoloque” inicial, han podido seguir haciendo lo que hacían.

Otras comentan estar acostumbradas a experiencias previas de “confinamiento”, voluntario o no, relacionadas con sus problemas de salud mental.

Algunas reflexiones de las personas que hemos confeccionado el cuestionario y recogido los datos:

Desde luego, como ya hemos señalado, este cuestionario no busca ofrecer un reflejo fiel dela influencia del confinamiento entre personas con problemas de salud mental. Pretenderlo sería absurdo, pero nos parece importante destacar esta perogrullada porque con frecuencia se nos exponen datos cuantitativos por parte de profesionales de la salud mental como si fueran verdades objetivas.

Un cuestionario es siempre una herramienta con múltiples limitaciones. En este varias de ellas son: el tamaño de la muestra, el modo de análisis, los sesgos a la hora de realizarlos y el hecho de que su mayor difusión ha sido por redes sociales y grupos de mensajería telefónica. Sin embargo, y como reflexión para enfrentarnos a los resultados que arrojan otros estudios de este tipo, el verdadero problema estaría en no tenerlas en mente a la hora de sentarse a reflexionar sobre los datos.

Pese a que desde un principio quisimos limitar mucho las preguntas, lo cierto es que una vez concluida la recogida de datos hemos echado de menos alguna relacionada con la pertenencia o no de la persona que responde la encuesta a grupos de apoyo mutuo u otros espacios que aborden el sufrimiento psíquico de manera colectiva. Habría sido un elemento que podría haber ayudado en la interpretación de las respuestas.

Nuestra consideración fundamental sobre los comentarios que las personas encuestadas hacen a la pregunta abierta es que la gran mayoría de ellosse refieren a cuestiones que atañen a la población en general, con independencia de haber recibido o no un diagnóstico psiquiátrico. Los efectos del estado en el que estamos viviendo y la preocupación por sus consecuencias, tal como se relatan en las respuestas, son comunes cuando nos situamos como seres sociales y concernidos por la sociedad en la que vivimos.

La experiencia excepcional de un encierro involuntario, en el que los estímulos externos desaparecen y el contacto físico con los otros se suspende, produce efectos de fragilidad sobre la salud mental. Algo que venimos diciendo las personas que hemos sido internadas por el sistema de salud mental desde hace largo tiempo. Y también otras compañeras en relación a los centros de menores, prisiones, centros de internamiento de inmigrantes, y un largo etc. de instituciones de encierro.

La preocupación por el deterioro de las condiciones de existencia pone sobre la mesa que vivimos en una sociedad en la que el contar con unos ingresos económicos mínimos se nos hace necesario para poder pagar un alquiler, asegurar la manutención propia y de familiares, etc. Sostener una vida digna, al fin y al cabo. La aparición del COVID-19 está amenazando las posibilidades de empleo, ya de por sí precarizado, y de obtención de ingresos. Tan relevante es el modo de producción capitalista en el que vivimos quea día de hoy, el debate de primera línea que presenciamos es el de qué criterios han de priorizarse a la hora de levantar las medidas de confinamiento, si los sanitarios o los económicos. La puesta en evidencia en estos momentos de que el capital se pone por delante de la vida, se hace tremendamente dolorosa y atemorizante.

En muchos comentarios recogidos aparece una angustia inespecífica por una sensación de incertidumbre general. Creemos que para que podamos vivir con un nivel de tranquilidad aceptable, necesitamos como seres humanos contar con ciertas certezas sobre el mundo que nos rodea y sobre nuestro lugar y nuestras circunstancias en él. Esta necesidad de certezas que se nombra en los comentarios, además de referirse a cómo será la sociedad en el futuro o las dudas sobre el sustento económico con el que podremos contar que se señalaban antes, pasa por construir una vida con una serie de rutinas. Estas rutinas que nos ayudan a organizar nuestro tiempo y traer calma y seguridad a nuestras cabezas se rompen en este confinamiento y esto causa el “descoloque” que varias personas nombran.

Podemos destacar cuatro aspectos a los que se alude en las respuestas recogidas y que tienen que ver, de nuevo, con la organización social en las que vivimos, más allá de esta situación de emergencia por el COVID-19:

  • La sobreinformación a la que estamos sometidas, generalmente muy negativa en las últimas semanas genera una sensación de desesperanza que no puede cuestionarse o combatirse con otras personas que puedan acompañarnos.
  • En segundo lugar, se hacer referencia a la intensificación de la digitalización de la vida cotidiana fruto de la tecnologización. La recepción de información, el contacto con otras personas y el desarrollo del ocio se hace sobre todo en estos tiempos a través de pantallas. El exceso del contacto con las tecnologías de la información y la comunicación en sus diferentes formatos (móvil, ordenador portátil, tablet, etc.) es señalado como causa de malestar.
  • En un tercer momento, es compartido por varias personas entrevistadas la preocupación por la pérdida de libertad en favor de la seguridad que las fuerzas de seguridad del Estado proporcionan. El hecho de saberse vigilada y la idea de que el cuidado sanitario de toda la sociedad convierte a cada una de nosotras en sospechosa es motivo de inquietud.
  • Por último, destacaremos algo que señalan las personas que en este tiempo de confinamiento dicen encontrarse mejor. La cuestión de la exigencia social. Varias de las personas consideran que su estado emocional ha mejorado cuando se ha pisado el freno a los requerimientos de un sistema laboral exigente y también al no tener que enfrentarse a relaciones sociales no deseadas. El sentirse exprimida laboral y socialmente y ser consciente de una sobreexplotación con la que debemos cumplir a costa de nuestra salud física, psíquica y emocional, merece que reconsideremos por enésima vez los modos de producción social en los que vivimos.

En conclusión, apuntando a la situación específica generada por el COVID-19, del análisis de estas respuestas se desprende que lo que nos afecta a nuestras cabezas es la pérdida de relaciones sociales o lo costoso de mantener otras indeseadas, la escasez de contacto con lo de fuera y la ruptura de la organización diaria, la consecuente alteración de lo que entendemos por “la realidad”, la exigencia de los ritmos y las formas de ser que se nos imponen y nos imponemos, la incertidumbre de cara a un futuro anticipando una mayor precarización de nuestros recursos materiales, y la constricción que los diferentes mecanismos de poder concretos y simbólicos ejercen sobre nuestras vidas. Nada nuevo. Pero, ante estas circunstancias, como leíamos recientemente en una red social, no estamos todas en el mismo barco, más bien estamos todas en el mismo mar, en la misma tempestad, con diferentes embarcaciones para sortear el temporal: unas van en yate, otras en patera y otras nadando con todas sus fuerzas para no hundirse.

La última reflexión que queríamos aportar es acerca de cómo puede influir la trayectoria de las personas en el sistema de salud mental en el momento de hablar sobre su propia salud mental (reflexión que sin duda va más allá de este pequeño conjunto de preguntas). Si asumimos que el diagnóstico psiquiátrico y el tratamiento asociado ofrecen un relato a los pacientes en el cual se inserta su sufrimiento, podemos conjeturar la existencia de un territorio desde el cual uno habla sobre lo que le pasa siguiendo un guión que le es proporcionado. Las críticas que numerosos compañeros y compañeras han realizado a los efectos de la psicoeducación, a ese hablar de lo propio con palabras ajenas, se insertarían en esta línea de pensamiento. En este sentido, el cómo nos encontramos es algo que podría llegar a valorarse con estándares suministrados por los profesionales de la salud mental, al igual que algunos de nosotros hemos llegado a pensar que estamos bien en la medida en la que somos conscientes de que estamos enfermos y nos tomamos puntualmente la medicación (lo que en los dispositivos de salud mental se denomina “conciencia de enfermedad” y “adherencia al tratamiento”).

Además, en numerosas relaciones familiares y sociales, la condición de “enfermo mental” es algo que aparece con fuerza, como principal y a veces única identidad desde la que uno se reconoce y es reconocido por los otros. Nos preguntábamos qué ocurre cuando, en ocasiones como esta, se le pide a la gente que diga si se encuentra mejor o peor con respecto a su salud mental. Si esto anterior entra en juego, quizá uno/a no se siente del todo seguro/a a la hora de reflejar en un documento que se encuentra mejor porque esto puede significar algo parecido a “darse el alta”, y por lo tanto dejar de ser atendido, y por lo tanto dejar de ser cuidado, y por lo tanto quedarse sola.

Datos recogidos:

Del total de las personas encuestadas un 60% se definen como mujeres, un 34% como hombres y un 6% marcó la casilla “otros”.

En cuanto a la edad, más del 70% de las personas encuestadas tienen entre 21 y 40 años.

De entre todas las personas encuestadas, 91 habitualmente toman psicofármacos.

35 de ellas sienten que durante el periodo del confinamiento necesitarían o están necesitando más, 16 sienten que necesitan menos y 40 de ellas sienten que necesitan la misma dosis que antes del confinamiento.

De las personas encuestadas, 43 escuchan voces habitualmente.

Durante el periodo de confinamiento, la cantidad de las voces ha aumentado en 12 de ellas, ha disminuido en 7 y se ha mantenido igual en 24.

Las voces son menos amables en 8 casos, más amables en 5 y no ha variado su cualidad en 30 casos.

De entre las personas encuestadas, 81 tienen experiencias psíquicas inusuales.

39 de ellas dicen estar experimentando más durante la cuarentena, 12 personas dicen experimentar menos y en 30 casos no consideran que haya habido cambios.

108 personas tienen habitualmente pensamientos o ideas intrusivas.

De ellos 66 dicen tener más ahora, 16 menos y 26 igual.

 

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