Acuerdia y las Autopsicuelas, de Tomás Corominas

Acuerdia-y-las-Autopsicuelas_Tomas-Corominas_primera_vocalEn los últimos meses siento que puedo escapar al fin de un laberinto que me ha mantenido atrapado durante más de 30 años: de palabra ya tengo el alta respecto a lo que llaman mi enfermedad mental, incurable por y para quienes así la designan. Pronto tendré el Informe de Alta Médica y dejaré oficialmente de ser un ‘enfermomental’, seré a-cuerdo, cuerdo y loco a la vez o ya nada de eso, y podré trabajar con mayor legitimidad para contribuir a erradicar el muy nocivo mito de la cronicidad, que condena por inercia e irreflexión a todas las personas que padecen uno de estos diagnósticos psiquiátricos cronificadores.

Mi gran depresión –la más enorme, la infinita– vino a mí a los 22 años. Me había vuelto loco recién cumplidos los 18 y los siguientes habían sido muy duros, de dudas e incertidumbres, de inseguridades y temores, de aislamiento; pero también de búsquedas e investigación. La locura había transformado mi vida; pero en ningún momento me había hecho considerarme un ser defectuoso, como luego. No soy consciente de cuándo fui penetrado por la idea de que mi desgracia iba a ser para siempre; aunque tengo claro que fue durante aquella depresión inmensa. No sé si flotaba en el ambiente de mis lecturas y conversaciones respecto al diagnóstico que me había autoasignado (leído en la enciclopedia familiar) o si surgió de mí como parte del castigo que creía merecer; pero el hecho es que así, espontáneamente, sin educación de esa para engranar como buen usuario, tuve mi “conciencia de enfermedad”, así fui consciente de SER un “enfermomental”, de ser persona con enfermedad crónica e incurable, de que había caído para siempre del lado de los degenerados, los condenados, los malditos…, de que mi cuerpo y mi alma serían errados hasta el fin de mis días. Pensé en matarme, claro, no por primera vez ni última; aunque con la mayor intensidad. Ansiaba abandonar, desaparecer; pero no debía multiplicar el dolor arrojándolo a quienes quería. No pude, tendría que penar hasta que me llegara la muerte, o hasta poder hacer mutis sin mayores consecuencias. El tiempo da forma a la memoria, dicen, las emociones sin duda la deforman. Si las sensaciones y sentimientos construyen recuerdos tanto como las percepciones e ideas conscientes, es natural que lo vivido en estados extremos de turbación y cavilación se recuerde de modos no sencillos de expresar. Se abarcan dimensiones para las que no hay traducción al idioma de los cuerdos y cuerdas que nos nombran y nombran nuestras experiencias con sus interpretaciones planas, según el lado de la esfera o huevo desde el que cada cual nos contemple. Por ello, supongo, he desarrollado versiones diversas de mis episodios más extraordinarios, unas con menos y otras con más palabras, siempre incapaces como es lo normal. Tengo claro que aquella situación de muerte en vida, de infierno sin salida posible, aquel encierro chapoteando en las inmundicias de todo cuanto alguna vez había percibido o imaginado hizo aflorar los sentidos, produjo la sustancia y generó los circuitos que durante los 20 años siguientes constituyeron mis laberintos, alimentaron mis desesperanzas y desesperaciones, crearon el horror…

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